20091231

2009: Cuadrando caja...


Bueno, un año más que se acaba. Estos suelen ser días de balances, recapitulaciones, buenos propósitos... y yo no voy a ser menos.

La verdad es que éste ha sido un buen año para mí. No me había fijado grandes objetivos. Sacar algo de tiempo de para escribir (yo soy el Hombre Sin Tiempo) y conseguir publicar algo. La verdad es que no he escrito mucho (cinco o seis relatos), pero he tenido suerte y he podido colocarlos casi todos.

He podido publicar un par de relatos, uno en la Antología del Premio Ovelles Eléctriques y otro en la web Prospectiva. Dos relatos más han sido seleccionados para ser publicados el año que viene en las antologías Visiones 2009 y Calabazas en el Trastero: Tijeras.

También he ganado un concurso, el Tierra de Leyendas VIII, de la web Sedice. Allí, en Sedice, también me he embarcado en un proyecto bastante interesante: Las antologías (Per)Versiones. Es un proyecto que acaba de empezar, pero de momento parace ir viento en popa. Ya os hablaré de ellas más en detalle cuando empiecen a concretarse.

¡Ah! Y he abierto este blog.

En resumen, ha sido un buen año.

Para el 2010 no me planteo nada muy ambicioso. Intentar mejorar el ritmo de escritura (¿os he dicho ya que soy el Hombre Sin Tiempo?), y mantener el de publicación, que ya me parece difícil. No sé, ya veremos cómo se nos da...

Para acabar, muchas gracias por vuestro tiempo a los que seguís este humilde blog y feliz 2010. Que sea un buen año para todos.


20091228

N.O.O.S. (11)

11


—¿Y de verdad crees que unos telépatas comunistas le han lavado el cerebro al presidente McCarthy?

Estábamos sentados en una mesa junto a un gran ventanal, justo enfrente de la estación de autobuses. Los ventiladores del techo zumbaban intentando inútilmente disipar el agobiante calor, aunque al menos ahogaban el ruido del intenso tráfico. El joven, que se llamaba James Byron, me hablaba sobre el libro de Dowland, pero yo apenas le hacía caso, menos pendiente de su charla que de la camarera, una rubia algo madurita pero todavía guapísima, con un lunar sobre el labio al que no podía dejar de mirar.

—Oh, no —James se removió en su asiento—. Los telépatas no existen. Además, ya no quedan verdaderos comunistas en el mundo.

—Eso es verdad —concedí riendo—, entre McCarthy y Stalin se los cargaron a todos.

—Todo ese rollo de la telepatía no es más que una metáfora —continuó—. De lo que trata realmente el libro es de la soledad. La soledad que sienten aquellos que ven lo que nadie más ve.

—Ajá. Continúa —me encendí un cigarro, cada vez más interesado.

—Hay un grupo de gente —prosiguió— que puede ver que algo está pasando. Está ahí, delante de todos. Para ellos es evidente. Lo ven. Lo sienten. Todo el día, todos los días.

—Pero nadie más lo ve…

—No, por eso están solos. O lo estaban. Este libro lo cambió todo. Se ha convertido en una señal, un símbolo. A su alrededor nos estamos reuniendo, organizando. Nos llamamos a nosotros mismos los “Jacks”.

—“Para los Jacks de este mundo —cité—. No estáis solos”.

No se me había pasado que James se había metido a sí mismo en el saco de los que ven.

—¿Y qué es lo que está pasando? —le pregunté—. ¿Qué es eso tan evidente que vosotros veis y los demás no?

James miró a un lado y a otro, se inclinó sobre la mesa y me respondió con un susurro.

—Una invasión alienígena.

Vale. Soy un imbécil. Lo admito. Durante un rato le había hecho caso a aquel tío, pero ahora estaba claro que había sido una pérdida de tiempo. Dejé un billete sobre la mesa, cogí mi sombrero y empecé a levantarme de la mesa.

—Lo siento —me disculpé—, pero no me había dado cuenta de lo tarde que es. Debo irme.

—Espere —dijo levantándose también y agarrándome del brazo—. Sé que es difícil de creer, pero debe hacerlo. Tengo pruebas.

En ese momento la camarera se acercó a nuestra mesa con la cafetera en la mano.

—¿Ya os vais, chicos?

Los dos la miramos en silencio, preguntándonos cuánto habría oído. Era realmente bonita. Me fijé en la plaquita de su blusa. Se llamaba Norma.

—No, en realidad no —dije sentándome de nuevo—. Sírvenos otra taza, encanto.

Esperamos en silencio a que sirviera los cafés, estudiándonos mutuamente.

—Muy bien —dije cuando ella se alejó con un vertiginoso balanceo de caderas—, te doy dos minutos. A ver esas pruebas.

James sacó su ejemplar de Qbik y extrajo una foto de su interior. Me la arrojó a través de la mesa. Mostraba un cielo nocturno, plagado de estrellas. En la esquina inferior izquierda (o superior derecha, no había ninguna referencia para saber cuál era la posición correcta) algo cortaba el resplandor de la Vía Láctea. No era un asteroide ni nada de eso. Se trataba de una estructura metálica, regular, artificial.

—Esta foto fue tomada por el telescopio óptico de la Universidad de Berkeley hace cinco años, tres días antes de que fuera clausurado.

—¿Clausurado? —pregunté sin dejar de mirar la foto.

—El patrocinador de la Universidad amenazó con retirar sus fondos en caso contrario.

—¿Quién es ese patrocinador?

—Le aconsejo que no tire de ese hilo si no quiere acabar siendo juzgado por espiar para los soviéticos.

—Pero esta foto puede ser un truco, un montaje… —dije devolviéndole la foto.

—Le aseguro que no es truco —contestó con una sonrisa triste.

—Dios —comprendí de repente—. ¿Fuiste tú? ¿Tú tomaste la foto?

Asintió.

—Era para mi doctorado en radioastronomía.

—¿Y te juzgaron por espiar para los soviéticos?

—Tuve suerte, sólo me cayeron cinco años.

Nos quedamos un rato en silencio, contemplando el tráfico que se espesaba bajo el tórrido sol. Yo fui el primero en hablar.

—Pero no tiene que ser necesariamente alienígena. ¿Y los rusos?

—No —hizo un gesto despectivo—. Los rusos abandonaron su programa espacial en 1959, tres meses después de que McCarthy cancelara el nuestro. Además, esto es demasiado grande: Mide casi un kilómetro de diámetro. Nosotros no podemos construirlo. Nosotros los humanos, quiero decir. Definitivamente es un artefacto alienígena. Y no sabemos cuánto tiempo puede llevar en órbita alrededor de la Tierra.

Miró su reloj e hizo una mueca.

—Mierda —dijo recogiendo sus cosas—. Mi autobús está a punto de irse. Voy a San Francisco a intentar que algún periódico publique la foto. Ninguno en Los Ángeles ha querido hacerlo.

Me levanté y nos estrechamos las manos.

—Suerte —le deseé.

—Gracias. La necesitaremos todos, creo. Adiós.

Salió precipitadamente del café. Le observé mientras cruzaba la calle y entraba en la estación. Me recosté en el mullido asiento y me encendí otro cigarro. Un burócrata del departamento de estado explicaba en la televisión por qué debíamos invadir Cuba. Me giré hacia la barra y vi a Norma observándome mientras hablaba por teléfono. Su mirada fija e inexpresiva parecía taladrarme, escrutando hasta el más hondo rincón de mi alma.


20091221

N.O.O.S. (10)

10




—¿Oiga?

Una voz me llamaba desde muy lejos, pero yo me esforzaba en ignorarla. Estaba muy a gusto, nadando en lo que parecía un océano de melaza caliente, oscura, indolora.

—¿Se encuentra bien?

Me resistía con todas mis fuerzas, intentando hundirme más aún. Era inútil. La voz parecía arrastrarme fuera de aquel mar acogedor, hacia la luz, hacia la consciencia. Hacia el dolor.

Ey, despierte de una vez.

Con un suspiro me di por vencido. Abrí los ojos. Agachado ante mí estaba aquel joven corpulento de la camisa negra que me siguió el día anterior. Aquello era demasiado. Volví a cerrar los ojos, simulando que caía inconsciente de nuevo.

—Eh, venga, déjelo ya. Sé que está despierto.

—Está bien. ¿Qué coño quieres? —le espeté mientras intentaba levantarme—. Te advierto de que si quieres apalearme, amenazarme o advertirme de que no hable con los federales, llegas tarde.

El joven rió y me ayudó a levantarme.

—En realidad sólo quería hablar con usted.

—Sí, eso dicen siempre al principio. Y luego mira cómo acaba uno. ¿De qué quieres hablar conmigo?

—De esto —contestó metiendo la mano en el interior de un viejo petate del ejército. Empezó a rebuscar y finalmente extrajo un libro que puso ante mi cara: Qbik, de Jack Dowland.

Me quedé estupefacto, mirándole a él y al libro.

—¿Cómo sabes…?

—Le vi con él ayer en el parque —contestó encogiéndose de hombros, como avergonzado—. Le seguí porque quería hablar sobre él con usted. Luego apareció aquel tipo que parecía del servicio secreto y decidí esfumarme. Creía que no le volvería a ver. Ha sido una suerte verle aquí en la estación esta mañana mientras esperaba el autobús.

—Sí, una suerte —repetí distraidamente mientras comprobaba mis lesiones. No parecía tener nada roto, aunque estaría dolorido unos cuantos días.

—Enfrente de la estación hay una cafetería donde se come bastante bien. Podríamos almorzar allí y charlar tranquilamente.

—Seguro —contesté—. Pero antes, ¿podrías hacerme un favor? ¿Puedes ayudarme a encontrar mi revólver? —Le ofrecí mi mejor sonrisa lastimera— Debe de estar dentro de alguno de esos retretes.


20091216

N.O.O.S. (9)

9


Un par de horas después seguía sentado en aquel banco, rodeado de colillas, con la cabeza a punto de explotar. El policía uniformado que vigilaba la estación empezaba a mirarme de reojo, dando vueltas a mi alrededor de forma disimulada. Decidí moverme un poco para escapar de su atención. Me levanté y me dirigí a los lavabos, abriéndome paso penosamente entre la multitud, golpeándome las rodillas con las esquinas metálicas de las maletas.

Al llegar a los lavabos respiré aliviado. Allí el aire era agradablemente fresco y apenas había nadie. Me dirigí a las picas y abrí el grifo. Sumergí la cabeza bajo el chorro de agua fría, frotándome la cara y el cabello. Sentía cómo el frío me entumecía y hacía retroceder levemente el dolor. Permanecí así unos segundos, idiotizado por el alivio.

Cuando levanté la cabeza vi en el espejo que había dos hombres detrás de mí, observándome en silencio. Durante un interminable segundo estuvimos mirándonos en el reflejo, paralizados como conejos ante los faros de un coche. Entonces el de mi derecha, un rubio bajito de ojos muy claros que vestía como un vendedor de seguros, me sonrió. Esa sonrisa rompió el equilibrio de la escena. Me giré rápidamente a mi izquierda, lanzando un codazo a la nariz del otro tipo, que parecía un estibador y era al que yo había catalogado como el más peligroso a corto plazo.

Lamentablemente él ya no estaba allí. Y no me dio tiempo ni de empezar a buscarlo cuando él me encontró a mí. Un puño se hundió en mi estómago y me dobló como una navaja. Mi rostro se dirigía directo hacia el suelo, pero se encontró con una rodilla que subía velozmente. Me dio en el ojo. El rodillazo me lanzó hacia atrás y caí violentamente.

Intenté sacar el revólver, pero una serie de patadas me hizo rodar por el suelo. Un pie me pisó la muñeca mientras unas manos rebuscaban en mi chaqueta. Me quitaron el revólver. Oí un chapoteo a mi izquierda, en los retretes. Estibador me agarró de las solapas de la chaqueta, me levantó como si fuera un bebé y me estrelló contra la pared. Siguió golpeándome, centrándose sobretodo en el torso, pero sin desdeñar la cara cuando la bajaba demasiado. Yo me dejaba hacer, toda resistencia era inútil.

Finalmente los golpes cesaron, de forma abrupta, como si alguien hubiese cerrado un interruptor. Me dejé caer al suelo, resbalando por la pared con los ojos cerrados. Me dolía tanto que sentía nauseas. Respiré profundamente, intentando pensar. O mucho había cambiado el negocio, o Estibador ya había acabado y ahora le tocaba el turno a Vendedor de Seguros. Abrí los ojos lentamente. Allí estaba, agachado ante mí, observándome con sus ojos azules y con esa sonrisa de compasión, como si lamentase de verdad tener que llegar a esto.


—¿Y bien? —pregunté. Ya conocía lo que venía ahora y no tenía ganas de alargarlo más de lo estrictamente necesario.

—Ha estado usted hablando con el FBI, señor Dick.

Su voz era plana, monocorde. No admitía refutación, no estaba enunciando una sospecha o una creencia, sino un hecho, una verdad. Una realidad.

—Así es —admití.

—No le conviene volver a hablar con ellos.

—Está bien, me ha convencido. No lo haré nunca más —hice una mueca de dolor—. ¿Es lo que quería oír? ¿Lo he hecho bien?

Me contempló durante unos instantes, como si no acabara de entender mis palabras.

—Recuérdelo —replicó—. No les revelará ningún dato acerca de Dowland.

—¿Dowland? ¿Qué Dowland? —contesté.

Quería hacerme el gracioso. Una de esas ingeniosas réplicas hollywoodienses. “Esta conversación no ha ocurrido”. “¿Qué conversación?”. Pero mientras la pronunciaba una idea explotó en el fondo de mi cerebro. Me incorporé un poco, sintiendo su onda expansiva llenar mi cabeza.

—¿A qué Dowland se refiere? —repetí—. ¿A Jack o a Jane?

Por toda respuesta Vendedor de Seguros se levantó, se hizo a un lado y miró a Estibador, que se acercó lentamente. Inclinándose levemente me lanzó un puñetazo a la cara, de arriba abajo.

Me alegré indeciblemente al comprender que ese golpe me dejaría inconsciente. Durante un rato podría escapar del dolor.


20091209

N.O.O.S. (8)

8


La oficina postal nº 42 era en realidad un pequeño cubículo olvidado en una esquina de la estación de autobuses que la compañía Greyhound tiene en Alameda Street. Después de deambular un rato por el gran vestíbulo repleto de viajeros y carteristas, di finalmente con una puerta de madera en cuyo cristal esmerilado se podía leer lo siguiente: U.S.P.S. Of.42 L.A. (CA). Un funcionario de aspecto desarreglado y barba de tres días estaba tras el mostrador de madera, tarareando mientras intentaba ver al trasluz el contenido de una carta. Parecía estar borracho. Empecé la representación.

—Buenos días, señor eh… —leí la placa sobre el mostrador— Chinaski.

Me miró con ojos enrojecidos sin decir nada. Un público difícil.

—Creo que usted me puede ayudar. Para alquilar uno de esos apartados de correos —dije señalando con el pulgar la pared cubierta de buzones de mi izquierda—, se debe ofrecer una serie de datos, ¿no? El nombre completo, la dirección… ¿Me equivoco?

—No pienso revelar ningún dato de nadie, amigo.

El muy cabrón me había calado a la primera. Recompuse mi cara y proseguí, ya sin rodeos.

—Está bien, le daré cien pavos.

—¿Está usted intentando sobornar a un funcionario del Gobierno de los Estados Unidos? ¿Sabe que eso es un delito federal?

Estaba claro que de aquel tipo no sacaría nada. Sonreí, alcé las manos y me dirigí a la puerta. Mientras salía, el tal Chinaski me llamó.

—¡Eh! —me giré—. ¿Tienes un cigarro, amigo?

—Que te follen —respondí, cerrando de un portazo.

Compré tabaco y fui a sentarme en uno de los bancos de la estación. Ahora mismo mi única opción era esperar. Tarde o temprano Dowland vendría a retirar su correo. Vigilaría la oficina postal con la esperanza de que sería capaz de adivinar quién era cuando lo viese. Reconozco que no era un gran plan. Jack Dowland parecía un tipo bastante paranoico. ¿Y si enviaba a otra persona, a un amigo o a su novia? O simplemente, ¿y si yo no era capaz de reconocerlo? Bien pensado, era una mierda de plan.

Me puse a ojear el libro y me encendí un cigarro. Iba a ser una espera muy larga.


20091203

N.O.O.S. (7)


7

Me había pasado la noche sin dormir, pero tenía trabajo que hacer y, lo que era mejor, tenía una idea. Así que hice más café, me arreglé la barba y me di una ducha rápida. Antes de salir, mientras me anudaba la corbata frente al espejo, el teléfono empezó a sonar.

—Agencia de detectives Dick.

—Buenos días, señor Dick —saludó una voz sensual. Era mi clienta.

—Buenos días, señorita Dowland —contesté con una amplia sonrisa—. Porque es usted señorita, ¿verdad? Parece demasiado joven para estar casada.

—Le pago para que investigue a mi hermano, no a mí. ¿Ha averiguado algo?

—Oh, el caso progresa —dije buscando un cigarro. Luego recordé que se habían acabado—. Un caso muy interesante, ¿sabe?

—¿Ah, sí? —ronroneó ella. Un escalofrío subió por mi espalda y se me erizó el vello de la nuca.

—Sí. Muy enrevesado. Su hermano está muy empeñado en permanecer fuera de escena. Claro que si yo hubiese escrito ese libro también lo haría —resoplé—. Menuda historia —hice una pausa dramática, la alargué el tiempo justo y luego…—. No me extraña que el FBI ande husmeando también en el asunto.

—¿El FBI?

Ahora su voz no era suave y cálida, sino que hacía pensar en algo afilado, hecho de acero. O de hielo, quizás. Empecé a tirar del hilo, poco a poco.

—Sí, el FBI. Pensé que ya lo sabría. Usted me advirtió de que vigilaban mi oficina, ¿recuerda?

—Sí, claro.

Sí, claro. Claro, claro.

—Quizá no les haga gracia que alguien ande por ahí escribiendo novelas sobre matar al presidente —sugerí encogiéndome de hombros.

—Entiendo. ¿Algo más?

—De momento no —decidí no contarle todavía que los federales también andaban tras ella—. Pero si usted me diese un teléfono podría informarla en cuanto averigüe algo más.

—No. Es mejor que sea yo la que se ponga en contacto con usted. Siga investigando. Le volveré a llamar.

Colgué el teléfono, cogí mi sombrero, mi revólver y el libro y salí del apartamento. Mientras bajaba las escaleras no paraba de darle vueltas a algo. Jane Dowland me había advertido de que “ellos” vigilaban mi oficina, pero se había sorprendido cuando mencioné que el FBI estaba metido en el ajo. Por lo tanto “ellos” no eran los federales. Así pues, ¿quiénes demonios eran “ellos”?


20091127

N.O.O.S. (6)

6

Parecía claro que el calor no me iba a dejar dormir, así que me senté junto a una cafetera llena y varios paquetes de cigarrillos y empecé a leer el libro de Dowland, Qbik.

Lo primero que me llamó la atención fue la dedicatoria: “Para los Jacks de este mundo. No estáis solos”. Me pareció, como poco, curiosa. Empecé a sospechar que “Jack Dowland” no era más que un pseudónimo. Pero si era así, ¿por qué Jane no me dio su nombre real? ¿Porque no lo sabía, quizás? ¿No era realmente su hermana, entonces?

Empecé a leer.

El protagonista, llamado Jack, es un hombre normal, casi podría decirse que gris. Tiene una esposa, dos hijas, un buen trabajo en un banco, una casa con jardín en las afueras, un coche familiar. Le gustan el baseball, la cerveza, los westerns.

Un día está viendo en la televisión un discurso del presidente. Dowland no le pone nombre, se refiere siempre a él como “el presidente”, pero por ciertos detalles se puede deducir que se trata del presidente actual, Joseph McCarthy. Acaba de volver de una visita de estado a Berlín Occidental y está haciendo una declaración en la misma pista del aeropuerto, al pie de la escalerilla del avión, rodeado de periodistas. Jack advierte algo extraño en el presidente, en su manera de hablar, de gesticular, de mirar a la cámara. Se lo comenta a su esposa, pero ella no aprecia nada raro. Desde entonces Jack observa atentamente todas las apariciones del presidente en televisión. Cada vez está más convencido: Al presidente le han hecho algo en Berlín. El qué no lo sabe, quizá le han hipnotizado, o le han lavado el cerebro, o le han drogado. Pero sobre lo que no tiene dudas es sobre quién ha sido: Los comunistas.

Jack acude a la oficina local del FBI, donde escuchan sus sospechas amablemente para luego acompañarlo hasta la puerta prometiéndole con una sonrisa que investigarán el asunto. No se da por vencido. Escribe cartas a los periódicos, hace llamadas a las emisoras de televisión y radio, le cuenta sus sospechas a los desconocidos en el autobús. Empieza a padecer insomnio, a ausentarse del trabajo, a desconfiar de todo el mundo.

Finalmente su familia lo interna en un centro psiquiátrico. Allí conoce a otro paciente, llamado Philip, el cual ha sido internado por mostrar el mismo trastorno: Philip también ha observado el comportamiento anómalo del presidente y está convencido de que su mente ha sido alterada por telépatas soviéticos, agentes del KGB.

Una mañana Philip aparece muero en su cama. Los doctores hablan de un colapso cardíaco, pero Jack está seguro de que ha sido asesinado y de que él será el siguiente. Esa misma noche escapa del centro. Roba un coche y en la guantera encuentra un mapa de carreteras, un frasco de anfetaminas y un revólver.

Conduce durante cuatro días atravesando el país, sin comer ni dormir, rumbo a Washington. Cuando llega se está celebrando el congreso del Partido en un céntrico hotel. Jack se mezcla entre la multitud de periodistas y curiosos y espera. El presidente sale por la puerta rodeado de miembros del servicio secreto. Se abre camino a empujones, a codazos. Saca el revólver y dispara al presidente, apuntando al corazón. Puede hacer tres disparos antes de ser derribado por los guardaespaldas. Mientras lo inmovilizan contra el suelo no puede parar de reír histéricamente. Sabe que ha acertado los tres disparos. El presidente ha muerto.

Mucho después, en el hospital psiquiátrico en el que ha sido confinado de por vida, la terapia de electroshock consigue desbloquear los recuerdos que Jack ha reprimido durante años: Su reclutamiento cuando estaba en la universidad, el viaje a Europa, las reuniones con una coronel del KGB, la elaboración minuciosa del plan, las sesiones de hipnosis para provocar respuestas condicionadas, la amnesia inducida… Todo el plan bien enterrado profundamente en su mente, ordenado y perfecto, inexorable como una ley física o una jugada maestra de ajedrez.

La tenue luz del amanecer se filtraba entre las tiras de la persiana. La calle estaba totalmente desierta, sin rastro del vagabundo de anoche. Me dolían los ojos y la cabeza con un dolor intenso, pulsante. Busqué inútilmente un cigarrillo entre los ceniceros repletos y las tazas sucias. Tampoco quedaba café.

Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa cuidadosamente, como si fuera una serpiente venenosa. De una cosa estaba seguro: No era la clase de lectura que me recomendaría mi terapeuta.


20091125

Calabazas en el Trastero: Tijeras


¡Buenas noticias! Hoy se han hecho públicos los relatos seleccionados para la cuarta edición de la antología Calabazas en el Trastero. Y entre los trece relatos seleccionados he conseguido colocar uno mío.

La verdad es que ha sido una gran alegría, este año está siendo muy bueno, con varios relatos publicados, premiados o seleccionados. Espero que el 2010 sea igual o mejor. Yo, por mi parte, prometo seguir intentándolo.

Aquí os dejo el comunicado completo de los seleccionadores:

El Equipo de Calabazas en el Trastero ha hecho pública la selección para la cuarta antología de esta colección, que llevará el título "Calabazas en el trastero: Tijeras".

La cuarta convocatoria de Calabazas en el Trastero concluyó el pasado 28 de Octubre tras recibirse 66 obras válidas a concurso. De ellas se han seleccionado las siguientes trece que compondrán la cuarta antología de la colección, la cual llevará por título "Calabazas en el trastero: Tijeras" y que será publicada por el sello Saco de Huesos:

La senda infinita (por José María Tamparillas)

Las tijeras de Atropos (por Ramón San Miguel Coca)

El rebelde (por Ángel Luis Sucasas Fernández)

La maldición del clérigo (por Andrés Díaz Hidalgo)

Las tijeras del censor (por Roberto Malo)

El tapiz (por Carmen del Pino)

Medianoche (por Juan Ángel Laguna Edroso)

El sastrecillo y el hombre cangrejo (por Alejandro J. Muñoz)

La rueda gira (por Sergio Macías García)

Recortables (por José María Carcelen Mazcuñan)

Tom, Armand el titiritero, y las tijeras de plata (por Ricardo Montesinos)

Láquesis 2.0 (por José María Carcelen Mazcuñan)

El esquilo (por Carlos Martínez Córdoba)

La antología contará con un prologo de Juan de Dios Garduño Cuenca, miembro de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror.

Para cualquier duda, está abierto el correo electrónico del certamen (calabazas@bibliotecafosca.com). Todos aquellos que deseen recibir noticias sobre este y futuros proyectos de Saco de Huesos podrán remitir un correo a pedro.escudero@sacodehuesos.com para unirse a la lista de novedades de la editorial.

Más información en

http://www.bibliotecafosca.com/

http://www.sacodehuesos.com/


Y aquí la portada:


Para acabar, quiero felicitar a todos los demás seleccionados, con algunos de los cuales ya he coincidido en alguna otra antología. Enhorabuena a todos.


20091123

Decidir


Aquí está Decidir, el relato con el que quedé en primer puesto en el Concurso de Relatos tierra de Leyendas VIII. Como ya dije aquí mismo cuando di la notícia, se trata de un relato de ciencia ficción en el que los protagonistas deben enfrentarse a un terrible dilema y tomar una decisión que marcará sus vidas para siempre.

No hace falta decir que estoy muy satisfecho de él. Espero que os guste.


DECIDIR

—Enhorabuena, señor Salgueiro. Lo que acaba de adquirir usted son dos pasajes hacia la vida, hacia el futuro.

El empleado de la FSF me sonríe mientras me tiende las dos pequeñas tarjetas de plástico. Es una sonrisa brillante, que transmite jovialidad y confianza, una de esas sonrisas que se aprenden a esbozar en una Academia de Relaciones Públicas.

Le devuelvo la sonrisa y me inclino sobre el lector retinal. Inmediatamente mi Asistente me indica que el importe ha sido descontado de mi cuenta. Recojo las tarjetas y las guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

El empleado me acompaña hasta la puerta y estrecha mi mano.

—Y procure no llegar tarde al embarque. No habrá próximo vuelo —Ríe de su propio chiste, a pesar de que debe haberlo soltado cientos de veces—.

Afuera hace un día estupendo. Mucha gente ha elegido pasear bajo el sol, así que me es fácil parar un coche vacío.

—Buenos días, señor Salgueiro. ¿Va a conducir usted? —Me saluda la IA del coche. Me ha identificado y, tras acceder a su base de datos, sabe que yo conduzco la mayoría de las veces que cojo un coche.

—No, gracias, conduce tú hoy. Llévame a casa.

—De acuerdo.

El coche se incorpora al tráfico con un suave zumbido. Me pongo cómodo en el asiento y cierro los ojos. Tras mis párpados se abre la pantalla de interfaz de mi Asistente. Reviso mi correo, hago un par de llamadas para cancelar los compromisos de esta tarde y hago la reserva en el restaurante. Después me limito a contemplar las calles, sin pensar en nada.

Cuando llego a casa le digo al coche que espere. Amanda está en el jardín, cuidando de los rosales. Nunca permite que lo haga el robot jardinero.

—Hola, cariño —está sonrojada por el esfuerzo, tiene la melena oscura recogida en un desordenado moño y en su mejilla hay una mancha de barro. Está preciosa, radiante—. ¿Qué haces en casa tan pronto?

—Me he tomado la tarde libre —acaricio su mejilla, limpiando el barro—. ¿Qué te parece si hoy vamos a comer a aquel restaurante junto a la playa?

—¡Bien! ¿Por algún motivo en especial?

—Sí —digo palmeando las tarjetas a través de la chaqueta—. Tengo una sorpresa para ti.



Aún faltaban cuarenta años para que yo naciera cuando Gargantúa fue descubierto.

Hasta entonces siempre se había creído que el agujero negro más cercano a la Tierra era Cygnus X-1, a seis mil años-luz de distancia. Todo cambió el 25 de Junio de 2077, cuando el telescopio orbital Tycho Brahe captó una anomalía en la luz proveniente de la galaxia NGC1658. Al parecer entre la lejana galaxia y la Tierra se había interpuesto un objeto oscuro con un campo gravitatorio tan intenso que alteraba la trayectoria de la propia luz. Los radiotelescopios lo enfocaron y detectaron la radiación Hawking, confirmando las peores sospechas.

Se trataba de un agujero negro.

Estaba realmente cerca y su trayectoria lo llevaría directamente dentro del sistema solar en unos quinientos años, más o menos. Acabaría devorándolo todo, así que fue bautizado Gargantúa.

Fue un golpe muy duro, porque en aquella época la Humanidad (¿quién lo iba a decir?) estaba muy cerca de resolver sus problemas. La fusión nuclear había proporcionado una fuente de energía barata, limpia y prácticamente inagotable. La ingeniería genética y la nanotecnología habían acabado con las enfermedades. Incluso las diferencias entre ricos y pobres se estaban reduciendo: Las naciones ricas habían empezado a entender (por fin) que un mundo justo es un mundo seguro.

A no ser que un agujero negro se cruce en su camino, claro.

Sin embargo, no cundió el pánico. Quinientos años dan para mucho. Hasta para la esperanza. Fue así como se creó la Comisión Xi-Wang, que reunía a las mentes más brillantes de la Tierra con un solo propósito: Pensar en cómo podría la Humanidad librarse de la voracidad de Gargantúa.



El sol se pone tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos.

Desde el mar sopla una suave brisa que agita la falda del ligero vestido de Amanda. Ella lleva sus sandalias en la mano y camina lentamente, dejando que las olas mojen sus pies.

La observo atentamente. Ordeno al Asistente que grabe este momento. Quiero conservarlo en mi memoria para siempre.

—Bueno. ¿Qué pasa?

—Nada —respondo—. ¿Por qué?

—Porque tienes esa cara tuya de “estoy pensando en algo importante” —contesta riendo—. Ésa que se perece tanto a la de “estoy estreñido”.

Me siento en la arena caliente. Cojo un puñado y dejo que los granos resbalen entre mis dedos.

—Pensaba en que me gustaría poder detener el tiempo. Y vivir eternamente en este instante.

Amanda se aparta un mechón de pelo de la cara y deja de sonreír. Cae el último grano de arena. Se sienta junto a mí, abrazando sus rodillas.

—Creo que ha llegado el momento de que me enseñes esa sorpresa.

Alzo la mirada. La noche avanza y el cielo empieza a llenarse de pequeñas luces: Estrellas, cúmulos de satélites, estaciones orbitales y, la mayor de todas (hasta el punto de rivalizar con la Luna), la gran astilla brillante de El Arca.
Saco las dos tarjetas de plástico y miro a Amanda a los ojos.

—Aquí está tu sorpresa: Dos pasajes hacia la vida, hacia el futuro.



Una de las primeras conclusiones a las que llegó la Comisión Xi-Wang fue la de que el agujero negro no podría ser detenido ni desviado.

En consecuencia, era la Humanidad la que debía apartarse de su camino y encontrar otro lugar para seguir su vida. Pero, ¿cómo? Durante años se sucedieron las propuestas y los debates. Finalmente se llegó a un acuerdo: Se construiría una nave generacional, una nave gigantesca capaz de albergar a generaciones y generaciones de personas durante los cientos, quizá miles, de años que duraría el viaje hasta otro mundo habitable. Lamentablemente, ninguna nave sería capaz de embarcar a los once mil millones de personas que vivían en la Tierra en ese momento. Esto abrió otra cuestión. ¿Quién podría subir a bordo de la nave? ¿Qué criterios regirían la selección? En definitiva, ¿quién se salvaría y quién moriría?

Esto desencadenó una nueva serie de debates y discusiones, mucho más acalorados que los anteriores. Pero mientras los expertos discutían alrededor de sutiles argumentos morales, la iniciativa privada vino a dar con la solución. Se fundó la Future Survival Foundation (FSF), un conglomerado de trasnacionales que construiría por su cuenta una de esas naves generacionales. Y el criterio de selección sería muy simple: Embarcaría en ella quien pudiese pagar el billete. Punto.

Y así El Arca empezó a ser construida en los astilleros orbitales. Las empresas que formaban la FSF tuvieron que invertir poco en la construcción. La nave se pagaba prácticamente con las aportaciones de los futuros pasajeros.

Fue, en todos los sentidos, un negocio redondo.



—No pienso embarcar nunca en esa nave.

Amanda me mira fijamente. Tiene el ceño fruncido, realmente está muy disgustada.

—¿Por qué no? —tardo unos segundos en comprender lo que acabo de oír—. En la Tierra no hay futuro.

—Porque es injusto, por eso. La salvación para quien pueda pagarla. ¿Qué clase de solución es ésa?

—La única que tenemos, Amanda. Podemos permitírnoslo, ¿por qué rechazarlo? ¿Qué vamos a cambiar quedándonos aquí? ¿De qué le va a servir a nadie?

Ella se encoje de hombros.

—No cambiaremos nada, pero estaremos haciendo lo correcto. ¿Y qué si morimos? Todos debemos morir algún día.

—Pero, ¿y nuestros hijos? ¿Y los hijos de nuestros hijos? ¿Qué pasa con ellos?

Amanda y yo no tenemos hijos, pero ya hemos empezado a pensar en tenerlos. Hemos visitado algunas clínicas reproductivas y hojeado catálogos de mejoras eugénicas. Quinientos años es mucho tiempo, pero gracias a la biomedicina la esperanza de vida actual es de unos ciento cincuenta años y va aumentando cada generación. Nuestros bisnietos, incluso nuestros nietos, podrían llegar a contemplar la llegada de Gargantúa.

—No puedo creer que seas tan egoísta —concluyo.

—Tú sí que eres egoísta. ¿Quieres arrebatarles esto a nuestros hijos? —hace un gesto que abarca la playa, el mar, el cielo—. ¿Que vivan toda su vida encerrados en una nave? ¿Durante generaciones? Y todo eso, ¿para qué? Para proyectar nuestro ADN hacia el futuro. Dos moléculas y un destino. Prefiero vivir una vida feliz y honesta en la Tierra, y que se acabe cuando deba acabarse.

—No tienes derecho a decidir por ellos.

—Y tú no tienes derecho a decidir por mí.

Amanda se levanta y se aleja, caminado por donde hemos venido. Yo me quedo sentado con las tarjetas en la mano, mirando al cielo.

Al igual que ella, yo ya he decidido.


20091120

N.O.O.S. (5)

5

Cuando llegué a mi oficina encontré en el buzón un sobre a mi nombre. No habían escrito mi dirección ni pegado ningún sello. En el interior había un talón al portador por la cantidad de mil dólares. Eso era lo que yo cobraba, con suerte, por un mes de trabajo. Y sólo era un anticipo. Lo metí entre las páginas del libro, junto a la nota y la foto.

Subí al despacho y espié la calle desde la ventana. No parecía haber nadie sospechoso. Bajé las persianas, puse un disco de Charlie Parker en el tocadiscos y me puse a trabajar.

El primer paso obvio resultó estéril. En la guía no aparecía ningún Jack, Jacob, Jacques, James ni John Dowland. Tampoco me sorprendió. Nadie te paga mil pavos por encontrar a un tipo que sale en la guía.

Llamé a la editorial, Spectrum Books, haciéndome pasar por un reportero del Los Ángeles Times interesado en escribir un artículo sobre Qbik. Después de repetir mi historia a media docena de telefonistas, secretarias y adjuntos, una amable señorita me informó de que era imposible hablar con Dowland. Nadie en la editorial lo había visto nunca. Envió el original de la novela por correo, negociaron su publicación por teléfono y le enviaron el cheque a un apartado de correos, el 3274 de la oficina postal nº 42 de Los Ángeles.

—¿Y no hay ninguna manera de contactar con él? —pregunté descorazonado.

—Sólo a través del apartado de correos, que nosotros sepamos —una pausa pensativa—. Oiga, no será usted del FBI ni nada de eso, ¿verdad? Porque ya les dijimos que no tenemos…

En ese momento la aguja saltó en el disco y empezó a reproducir una y otra vez la misma nota aguda del saxo tenor de Parker, en un desquiciante bucle.

—No soy del FBI —aseguré—. ¿Acaso lo parezco?

—No parece usted periodista —contestó antes de colgar.

Lentamente me levanté y me dirigí hacia el tocadiscos. Me quedé un rato allí, viendo el disco girar, ligeramente mareado. Finalmente le di un pequeño golpe y la aguja salió de aquel círculo infernal.

Fui a la ventana. Afuera anochecía y la calle se empezaba a llenar de gente que salía a pesar del calor húmedo. En la acera de enfrente un vagabundo estaba sentado en un portal, bebiendo de una botella y hablando consigo mismo. De vez en cuando miraba disimuladamente hacia mi ventana.


20091116

N.O.O.S. (4)

4

El coche circulaba sin rumbo aparente por las calles de Los Ángeles, que parecían brillar al rojo blanco bajo el implacable sol. Johnson conducía sin decir nada. El hombre de expresión dura miraba distraídamente por la ventana. Y yo me limitaba a sudar y a esperar, sin atreverme a interrumpir sus cavilaciones. Finalmente se giró hacia mí.

—Como bien debe saber, señor Dick, la nuestra es una nación seriamente amenazada.

Asentí, no muy seguro de dónde quería llegar.

—El comunismo —prosiguió— se extiende por todo el mundo: Rusia, China, el sudeste asiático, África, Sudamérica… Incluso aquí en América corremos el riesgo de vernos subvertidos, como ya demostró nuestro presidente hace diez años.

—Todo eso es cierto, pero no entiendo que tengo yo…

—Sabemos que recientemente ha contactado con usted un agente soviético, con el nombre clave de Jane Dowland.

Me entregó una fotografía. En ella aparecía una mujer de unos treinta años. Era morena, no especialmente guapa, pero sus ojos tenían un descaro y una malicia que la hacían muy atractiva. Llevaba un vestido ligero estampado con flores y en su mano derecha sujetaba unas gafas de sol, una de cuyas patillas mordisqueaba sonriendo. A sus espaldas podía verse el océano. La imaginé hablando con aquella voz sensual, hollywoodiense. Sí, le pegaba. Empecé a sentir una erección.

—Lo lamento mucho —dije encogiéndome de hombros—. Está usted mal informado. No conozco de nada a esta mujer.

El Jefe se inclinó ligeramente hacia mí, taladrándome con su mirada.

—Escúchame, hijo —dijo plácidamente—, yo a los desgraciados como tú los hago desaparecer. ¿Entiendes? No los jodo. Ni los mato. Simplemente desaparecen. Fiu.

Miré de reojo a Johnson y me encontré con su mirada en el espejo retrovisor. Debo reconocer que en aquel momento sentí bastante miedo.

—Así que no te pases de listo conmigo —tenía un brillo demente en los ojos. Se le habían formado dos gotitas blanquecinas de saliva en las comisuras de los labios—. El Mundo Libre está en peligro. Necesita tu colaboración. Te necesita, hijo. ¿Vas a ayudarnos o no?

Había recuperado rápidamente la compostura. La mirada maníaca había desaparecido. Sonreía amablemente, esperando mi respuesta. Johnson se centraba en conducir.

—Le repito que no sé de qué me habla —me obligué a sonreír, aquí no pasa nada—. No obstante permaneceré alerta. Y si esta agente soviética se pusiera en contacto conmigo le avisaría rápidamente. ¿Puedo quedarme la foto?

No respondió. El coche se detuvo junto a la acera y Johnson me abrió la puerta. No esperé a que me invitaran a salir. Antes de que el coche volviera a ponerse en marcha la ventanilla bajó y el Jefe se asomó.

—Tenga cuidado, señor Dick. No es usted tan listo como se piensa.

—Lo sé. Créame. Lo sé.

El coche se perdió en el tráfico y yo me quedé plantado en la acera, mirando la fotografía y sonriendo estúpidamente.


Microrrelato publicado en Prospectiva


Hoy se publica en Prospectiva, una de las páginas españolas de referencia en lo que se refiere a la ciencia ficción, un microrrelato mío, titulado El mensaje que Dios ocultó en las partículas elementales.

Espero que os guste.


20091115

Primer puesto en el concurso Tierra de Leyendas VIII


Después de una fase final diabólicamente emocionante (y estresante), el pasado viernes acabó el Concurso de Relatos Tierra de Leyendas VIII, organizado en la página Sedice.com. Dicho concurso tiene varias particularidades. Una de ellas es que los relatos participantes deben incluir en su temática dos de cinco temas predeterminados. En esta edición los temas eran muerte, supervivencia, caos, sueño y tormenta.

Pues bien, me alegra muchísimo poder anunciar aquí que mi relato Decidir ha ganado dicho concurso. Se trata de una historia de ciencia ficción construida alrededor de un terrible dilema al que se enfrentan sus dos protagonistas, que deben decidir entre la muerte y la supervivencia.

Como es de suponer, estoy contentísimo. Es el primer concurso literario que gano, y es un subidón de moral increíble, que me anima enormemente a seguir escribiendo. Pero lo que más me alegra tiene mucho que ver con otra de las particularidades del Tierra de Leyendas. Se trata del hecho de que los mismos participantes del concurso son los que componen su jurado. Si ya es maravilloso que se reconozca tu trabajo, es genial que lo haga gente, como tú, apasionada por leer y escribir.

Muchas gracias a todos los que valoraron positivamente el relato y a la organización del concurso por hacerlo posible.


20091113

N.O.O.S. (3)


3

Había ido al parque dando un paseo, pero ahora hacía demasiado calor, así que decidí coger un taxi para volver a la oficina. Tomé Wilshire Boulevard en dirección Este, con la intención de parar al primero que se me cruzara.

Antes de llegar a la altura del teatro El Rey, me di cuenta de que alguien me seguía. Me giré disimuladamente y pude verlo entre los transeúntes, a unos veinte metros por detrás de mí. Era un hombre joven y corpulento. Llevaba una camisa negra y tenía el pelo un poco largo, peinado hacia atrás. Pensé en girar en la primera bocacalle que me encontrase y esperarle tras la esquina. Él parecía más fuerte que yo, capaz de darme una buena paliza, pero yo estaba armado y contaba con la sorpresa. Un poco más adelante se abría un callejón a la izquierda. Me pareció perfecto para sorprender a mi perseguidor.

Volví a girarme para comprobar si aún me seguía. Ahora estaba mucho más cerca. Nuestras miradas se encontraron. Supe que él sabía que yo sabía. Adiós a la sorpresa. Bueno, aún me quedaba el arma. Eso me seguía dando ventaja, suponiendo que él estuviese desarmado, claro. Ya casi había llegado al callejón. Ahora podía sentir claramente sus pisadas apresuradas detrás de mí, acercándose cada vez más. Metí la mano en mi chaqueta, rozando con los dedos la empuñadura de madera del treinta y ocho.

Giré la esquina y me encontré cara a cara con un hombre. Llevaba un impoluto traje oscuro y estaba impecablemente afeitado. Podía oler el aroma penetrante de su loción.

—¿El señor Dick? —preguntó cortésmente, como si estuviéramos en la puerta de la iglesia y no en un sucio callejón.

—S-s-sí —balbució el hombre barbudo y sudoroso que se reflejaba en sus gafas negras.

—Soy el agente Johnson, del FBI —su mano mostró una credencial mientras la otra señalaba a un coche detenido tras él—. ¿Puede acompañarnos, por favor?

—¿He hecho algo malo?

—En absoluto, señor Dick —rió—. Sólo queremos hablar un rato con usted.

Miré hacia atrás. El joven corpulento parecía haberse esfumado.

—De acuerdo.

El agente me abrió la puerta. Me senté atrás, junto a un hombre mayor que Johnson, pero igual de bien vestido y afeitado. No me dijo su nombre y Johnson, que se sentó al volante, se dirigió a él en todo momento como “Jefe”.

—Buenas tardes, señor Dick —las comisuras de los labios se retorcieron, en lo más parecido a una sonrisa que aquel rostro podía ofrecer—. Ha llegado para usted el momento de contribuir a la defensa de la nación.


20091111

N.O.O.S. (2)

2

Hacía un calor espantoso, pero yo llevaba puesta la chaqueta para ocultar el revólver del treinta y ocho que se mecía contra mi costado. Hancock Park estaba repleto de jubilados, estudiantes, oficinistas que almorzaban sentados en los bancos y jóvenes madres que empujaban carritos de bebé. Yo los observaba a todos intentando adivinar cual de ellos era uno de “ellos”. Todos parecían candidatos aceptables. La paranoia me había salvado la vida muchas veces en el pasado, pero a niveles demasiado altos se volvía completamente inútil. Pensé que debía dejar el Nembutal. Qué coño, lo que debía dejar era este trabajo.

El banco más al sur frente al pozo de brea estaba vacío, así que me senté y me dediqué a esperar, mirando a los paseantes y a los niños que jugaban. El sudor empezó a correrme por la espalda, empapando mi camisa. Me aflojé el nudo de la corbata. Me encendí un cigarro.

Entonces reparé en que alguien se había dejado un libro olvidado en el banco. Era una novela barata de ciencia ficción. Se titulaba Qbik y estaba escrita por un tal Jack Dowland. Hojeando el libro una hoja de papel doblada cayó en mi regazo. La desdoblé y pude leer una nota escrita con elegante caligrafía, probablemente femenina.

“Estimado señor Dick:

El autor de esta novela se llama Jack Dowland. Es mi hermano y hace años que no sé nada de él. Encuéntrelo.

Le enviaré a su oficina un anticipo para gastos. Más adelante me pondré en contacto con usted.

Jane Dowland.”

Me quedé un rato inmóvil bajo el implacable sol de mediodía releyendo una y otra vez aquella nota.

Ya tenía caso.


20091109

N.O.O.S. (1)

N.O.O.S. es el relato más extenso que he escrito hasta la fecha. Nada menos que 11.000 palabras, que para alguien que escribe tan lentamente como yo no es poco. Representa, entre redacción y corrección, unos seis meses de trabajo. Precisamente debido a su extensión ha sido imposible publicarlo. Durante los últimos años las revistas de papel han ido siendo sustituidas por las electrónicas, que tienden más a publicar relatos breves.

En fin, que no quería que un relato tan especial para mí se quedara en el cajón, así que aquí lo tenéis por entregas, como en los antiguos folletines. Espero que os guste.



N.O.O.S.

Los Ángeles. 1963.

1

Eran las dos de la mañana, pero yo aún estaba despierto cuando el teléfono empezó a sonar. Pensé que se trataría de alguien que se había equivocado al marcar. Ningún cliente llamaba nunca de madrugada. Era algo demasiado hollywoodiense para ser verdad. Lo dejé sonar un rato, esperando que quien fuese se cansase de esperar y colgase. No sucedió. Finalmente me levanté de la cama, me dirigí hacia el teléfono y contesté.

—¿Sí?

—¿Es usted Philip K. Dick? —preguntó una mujer con una voz perfectamente hollywoodiense.

—Sí.

—¿El detective privado?

—No hay ningún otro, que yo sepa.

Un silencio lleno de interferencias se fue alargando al otro lado de la línea hasta hacerse embarazoso.

—¿Oiga? ¿Qué es lo que quiere? —pregunté sacando un cigarro de la cajetilla sobre la mesa.

—Tengo un caso para usted.

Bang.

Me encendí el cigarrillo y miré alrededor, temiendo que los colores de la habitación se difuminasen y todo quedase reducido a un crudo blanco y negro.

—Muy bien. Venga mañana a mi oficina y hablaremos de ello.

—No. Ellos están vigilando su oficina.

—¿Que ellos qué? ¿Quién coño son “ellos”?

Aquello empezaba a mosquearme. Hay gente que se cree con derecho a molestarte a las dos de la madrugada sólo por el hecho de encontrar tu número en la guía.

—Mire —dije señalando con el dedo a aquella persona que no podía ver mi gesto—, si esto es una broma…

—No es una broma. Reúnase conmigo mañana a las doce del mediodía en Hancock Park. En el banco más al sur frente a los pozos de brea. No falte, por favor, Phil.

Bang.

Nadie me llamaba Phil. Nunca. Y sin embargo, en boca de aquella mujer no me había parecido algo nuevo. Era como si estuviese acostumbrado a que aquella voz me llamase así. Como si no fuese la primera vez que una voz que no había escuchado nunca me llamara de una forma que nadie me llamaba.

—¿Oiga? ¿Oiga? ¿Quién es…?

La única respuesta fue un chasquido y el tono de comunicación interrumpida.

Colgué el auricular y fui adonde tenía guardado el Nembutal. Hacía unos meses había sufrido una pequeña crisis nerviosa asociada a episodios de amnesia que había superado gracias a mis amigos los barbitúricos. Pese a que ya estaba totalmente recobrado, aún conservaba unas cuantas píldoras, por si acaso. Y ahora necesitaba tomarme una de verdad.

De repente, una idea me asaltó. Corrí a la ventana y lentamente separé dos tiras de la persiana. Tres pisos más abajo, San Marino Street estaba tranquila. Observé detenidamente los coches aparcados en la oscuridad. En el interior de uno de ellos me pareció ver brillar fugazmente el ascua de un cigarro.

Bang.

Todavía tenía las píldoras de Nembutal en la mano. Me las llevé a la boca y me las tragué. Sin agua.


20090921

Visiones 2009

El pasado nueve de septiembre la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) hizo pública la lista de relatos seleccionados para integrar la antología Visiones 2009.

Me alegra informaros de que entre todas esas jóvenes promesas de la literatura fantástica se ha colado inexplicablemete un servidor.

A continuación, el comunicado oficial:

Una vez concluido el proceso, el Comité Seleccionador del Visiones 2009 ha decidido que los relatos integrantes del volumen sean:

"El monstruo en el armario" de José Javier Bataller Gómez
"Éramos un millón de animalitos ciegos" de Daniel Frini
"Ori Kami" de Héctor Gómez Herrero
"En cabinas individuales" de Alejandro González Gómez
"Una simple cuestión de supervivencia" de María del Pilar Jorge
"Crónica de la muerte cromática" de Miguel Ángel López Muñoz
"Alimañas" de Sergio Macías García
"La ciudad bajo las aguas" de Ricardo Montesinos Valentín
"Centinelas del otro lado" de Julián Muñoz Carrasco
"Indigestión" de Manuel Jesús Osuna Blanco
"La búsqueda" de Salvador Patricio Gómez
"En la oscuridad" de Virginia Pérez Puente
"El incidente Timmy O´toole" de Francisco Javier Sánchez Donate
"La máscara de Isis" de Rubén Serrano Calvo

Queremos destacar también dos relatos que no han podido entrar en la selección final:

"Hoax", de Miguel Ángel López Muñoz. Este autor ha conseguido meter dos relatos en la selección final. Finalmente decidimos dejar este fuera en post de meter a otro autor y ampliar así el número de autores de la selección.

"La Cabeza de la Señora Lucinia" de Alejandro Guardiola. Este relato ha sido uno de los favoritos de los seleccionadores, pero el autor publicó libro después de acabado el plazo de recepción de relatos. Tuvimos la duda de si las bases se debían considerar hasta el momento publicado o también con carácter posterior. Al final se decidió que, ya que el interés de la asociación es promocionar autores nóveles, debíamos dejar este relato fuera, ya que el autor había dejado de serlo. Aún así no podemos dejar de destacar la calidad y simpatía del relato.

14 relatos escogidos entre los 153 recibidos. Este año la selección del Visiones ha sido un tanto atípica por lo apretado de las fechas, al haber sido convocado unos cinco meses más tarde que otras convocatorias. Cabe destacar durante la selección el gran interés demostrado por los alumnos, su gran participación, y la cantidad de relatos leídos por muchos de ellos.

Fdo. Comité seleccionador

Y eso es todo, ya iré informando de las fechas de publicación de la antología cuando sepa algo.

20090917

Las Arcologías Posibles I: NuevaEsparta

Las Arcologías Posibles es una serie de relatos inspirada en Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino, uno de mis libros favoritos. En cada relato visitaremos una de las arcologías que han sustituído a nuestras ciudades como centros fundamentales de población en un futuro no muy lejano. Pero quizá estas megaciudades no estén tan alejadas de las nuestras como podríamos pensar. Quizá cada una de ellas refleje en el fondo algún aspecto de nuestras propias ciudades y de las sociedades que se desarrollan en ellas...





NuevaEsparta cuenta con el ejército más poderoso que ha conocido la Historia.

En la tumultuosa época en la que las naciones estado dieron paso a las primeras arcologías, tuvo que enfrentarse a numerosos enemigos: los últimos restos del gobierno estatal, los señores de la guerra de los yermos, el movimiento colectivista radical conocido como los Nanomantes… NuevaEsparta sobrevivió, y se alzó de este periodo con dos elementos que no la abandonarían nunca: Una profunda neurosis por la seguridad y un imponente ejército para asegurársela.

A grandes rasgos consta de: Treinta divisiones de Infantería Mecanizada equipadas con armaduras de combate Militech, cinco divisiones de Infantería Ligera con trajes de camuflaje termoóptico Alfa-Recon, baterías móviles de micromisiles inteligentes capaces de matar a una persona concreta que se oculta entre una multitud a cien kilómetros de distancia, silos de misiles con cabezas nucleares (estratégicas y tácticas, con poder suficiente para destruir la Tierra diez veces), químicas (neurotoxina MenteMuerta), y biológicas (TurboCólera, ViruelaPlus y Ébola 3.0), hangares con aeronaves de transporte que pueden desplegar un escuadrón de comandos en la otra punta del mundo en menos de tres horas, emplazamientos de cañones EMP (antiaéreos y antiorbitales), dos divisiones de infoperadores especializados en operaciones en el infoespacio y más de seis mil minidrones dedicados a tareas de reconocimiento, infiltración o sabotaje.

Alrededor de NuevaEsparta hay una zona de seguridad de quinientos kilómetros de radio densamente minada y vigilada por sensores de movimiento, calor, espectrométricos y microsísmicos. Cualquier cosa no autorizada mayor que una hormiga que se mueva en esa zona es inmediatamente destruida por potentes láseres de precisión quirúrgica.

La estructura exterior de la arcología está construida en una aleación de titanio acerámico. Podría resistir el impacto directo de un arma nuclear de hasta 10 megatones (suponiendo que dicha arma nuclear no hubiese sido neutralizada antes por las baterías de misiles antimisiles o desviada por el campo estático de repulsión).

Desde el mismo momento de su concepción todo el proceso de desarrollo, crecimiento, educación y maduración de los neoespartanos está diseñado para producir los mejores soldados: Elección de los mejores genes, monitorización continua de los procesos de aprendizaje, competitividad feroz con el fin de seleccionar las actitudes óptimas, implantación de un régimen de severa disciplina… Todo ello tiene como resultado final la creación de la mejor casta militar que ha dado la Humanidad.

Por supuesto, toda la economía de NuevaEsparta está orientada hacia el sector militar. Sus laboratorios y factorías trabajan incansablemente para producir la siguiente generación de tecnología bélica. Todo lo demás (alimentos, energía, ideas) lo compra en los mercados de la Red de Arcologías Corporativas.

Evidentemente, NuevaEsparta solo tiene una moneda con la que pagar. Y así es como las tropas neoespartanas se encuentran presentes en casi todos los conflictos del mundo, a veces en un bando, a veces en otro, en calidad de mercenarios subarrendados.

Es una perversa paradoja que sus ciudadanos-soldado no ignoran.

20090916

"El cielo sobre el puerto...

…tenía el color de una pantalla de televisor sintonizada en un canal muerto. “
William Gibson, Neuromante.


Un monitor. Canal muerto.
Nieve. Ruido. Caos.
Y en medio del desorden aleatorio, surge una pauta, un orden: Información. La información se codifica y se transmite, dando paso al lenguaje. Y cuando el lenguaje tiene como objeto al propio lenguaje surge la literatura.

Bienvenidos a El cielo sobre el Puerto, un pequeño blog literario. Aquí encontraréis relatos, reflexiones, alguna reseña, un poco de todo. Pero siempre girando alrededor de la literatura de género, en particular de la ciencia ficción.

Acompañadme si queréis, hay mucho caos que tenemos que ordenar…