20091127

N.O.O.S. (6)

6

Parecía claro que el calor no me iba a dejar dormir, así que me senté junto a una cafetera llena y varios paquetes de cigarrillos y empecé a leer el libro de Dowland, Qbik.

Lo primero que me llamó la atención fue la dedicatoria: “Para los Jacks de este mundo. No estáis solos”. Me pareció, como poco, curiosa. Empecé a sospechar que “Jack Dowland” no era más que un pseudónimo. Pero si era así, ¿por qué Jane no me dio su nombre real? ¿Porque no lo sabía, quizás? ¿No era realmente su hermana, entonces?

Empecé a leer.

El protagonista, llamado Jack, es un hombre normal, casi podría decirse que gris. Tiene una esposa, dos hijas, un buen trabajo en un banco, una casa con jardín en las afueras, un coche familiar. Le gustan el baseball, la cerveza, los westerns.

Un día está viendo en la televisión un discurso del presidente. Dowland no le pone nombre, se refiere siempre a él como “el presidente”, pero por ciertos detalles se puede deducir que se trata del presidente actual, Joseph McCarthy. Acaba de volver de una visita de estado a Berlín Occidental y está haciendo una declaración en la misma pista del aeropuerto, al pie de la escalerilla del avión, rodeado de periodistas. Jack advierte algo extraño en el presidente, en su manera de hablar, de gesticular, de mirar a la cámara. Se lo comenta a su esposa, pero ella no aprecia nada raro. Desde entonces Jack observa atentamente todas las apariciones del presidente en televisión. Cada vez está más convencido: Al presidente le han hecho algo en Berlín. El qué no lo sabe, quizá le han hipnotizado, o le han lavado el cerebro, o le han drogado. Pero sobre lo que no tiene dudas es sobre quién ha sido: Los comunistas.

Jack acude a la oficina local del FBI, donde escuchan sus sospechas amablemente para luego acompañarlo hasta la puerta prometiéndole con una sonrisa que investigarán el asunto. No se da por vencido. Escribe cartas a los periódicos, hace llamadas a las emisoras de televisión y radio, le cuenta sus sospechas a los desconocidos en el autobús. Empieza a padecer insomnio, a ausentarse del trabajo, a desconfiar de todo el mundo.

Finalmente su familia lo interna en un centro psiquiátrico. Allí conoce a otro paciente, llamado Philip, el cual ha sido internado por mostrar el mismo trastorno: Philip también ha observado el comportamiento anómalo del presidente y está convencido de que su mente ha sido alterada por telépatas soviéticos, agentes del KGB.

Una mañana Philip aparece muero en su cama. Los doctores hablan de un colapso cardíaco, pero Jack está seguro de que ha sido asesinado y de que él será el siguiente. Esa misma noche escapa del centro. Roba un coche y en la guantera encuentra un mapa de carreteras, un frasco de anfetaminas y un revólver.

Conduce durante cuatro días atravesando el país, sin comer ni dormir, rumbo a Washington. Cuando llega se está celebrando el congreso del Partido en un céntrico hotel. Jack se mezcla entre la multitud de periodistas y curiosos y espera. El presidente sale por la puerta rodeado de miembros del servicio secreto. Se abre camino a empujones, a codazos. Saca el revólver y dispara al presidente, apuntando al corazón. Puede hacer tres disparos antes de ser derribado por los guardaespaldas. Mientras lo inmovilizan contra el suelo no puede parar de reír histéricamente. Sabe que ha acertado los tres disparos. El presidente ha muerto.

Mucho después, en el hospital psiquiátrico en el que ha sido confinado de por vida, la terapia de electroshock consigue desbloquear los recuerdos que Jack ha reprimido durante años: Su reclutamiento cuando estaba en la universidad, el viaje a Europa, las reuniones con una coronel del KGB, la elaboración minuciosa del plan, las sesiones de hipnosis para provocar respuestas condicionadas, la amnesia inducida… Todo el plan bien enterrado profundamente en su mente, ordenado y perfecto, inexorable como una ley física o una jugada maestra de ajedrez.

La tenue luz del amanecer se filtraba entre las tiras de la persiana. La calle estaba totalmente desierta, sin rastro del vagabundo de anoche. Me dolían los ojos y la cabeza con un dolor intenso, pulsante. Busqué inútilmente un cigarrillo entre los ceniceros repletos y las tazas sucias. Tampoco quedaba café.

Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa cuidadosamente, como si fuera una serpiente venenosa. De una cosa estaba seguro: No era la clase de lectura que me recomendaría mi terapeuta.


20091125

Calabazas en el Trastero: Tijeras


¡Buenas noticias! Hoy se han hecho públicos los relatos seleccionados para la cuarta edición de la antología Calabazas en el Trastero. Y entre los trece relatos seleccionados he conseguido colocar uno mío.

La verdad es que ha sido una gran alegría, este año está siendo muy bueno, con varios relatos publicados, premiados o seleccionados. Espero que el 2010 sea igual o mejor. Yo, por mi parte, prometo seguir intentándolo.

Aquí os dejo el comunicado completo de los seleccionadores:

El Equipo de Calabazas en el Trastero ha hecho pública la selección para la cuarta antología de esta colección, que llevará el título "Calabazas en el trastero: Tijeras".

La cuarta convocatoria de Calabazas en el Trastero concluyó el pasado 28 de Octubre tras recibirse 66 obras válidas a concurso. De ellas se han seleccionado las siguientes trece que compondrán la cuarta antología de la colección, la cual llevará por título "Calabazas en el trastero: Tijeras" y que será publicada por el sello Saco de Huesos:

La senda infinita (por José María Tamparillas)

Las tijeras de Atropos (por Ramón San Miguel Coca)

El rebelde (por Ángel Luis Sucasas Fernández)

La maldición del clérigo (por Andrés Díaz Hidalgo)

Las tijeras del censor (por Roberto Malo)

El tapiz (por Carmen del Pino)

Medianoche (por Juan Ángel Laguna Edroso)

El sastrecillo y el hombre cangrejo (por Alejandro J. Muñoz)

La rueda gira (por Sergio Macías García)

Recortables (por José María Carcelen Mazcuñan)

Tom, Armand el titiritero, y las tijeras de plata (por Ricardo Montesinos)

Láquesis 2.0 (por José María Carcelen Mazcuñan)

El esquilo (por Carlos Martínez Córdoba)

La antología contará con un prologo de Juan de Dios Garduño Cuenca, miembro de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror.

Para cualquier duda, está abierto el correo electrónico del certamen (calabazas@bibliotecafosca.com). Todos aquellos que deseen recibir noticias sobre este y futuros proyectos de Saco de Huesos podrán remitir un correo a pedro.escudero@sacodehuesos.com para unirse a la lista de novedades de la editorial.

Más información en

http://www.bibliotecafosca.com/

http://www.sacodehuesos.com/


Y aquí la portada:


Para acabar, quiero felicitar a todos los demás seleccionados, con algunos de los cuales ya he coincidido en alguna otra antología. Enhorabuena a todos.


20091123

Decidir


Aquí está Decidir, el relato con el que quedé en primer puesto en el Concurso de Relatos tierra de Leyendas VIII. Como ya dije aquí mismo cuando di la notícia, se trata de un relato de ciencia ficción en el que los protagonistas deben enfrentarse a un terrible dilema y tomar una decisión que marcará sus vidas para siempre.

No hace falta decir que estoy muy satisfecho de él. Espero que os guste.


DECIDIR

—Enhorabuena, señor Salgueiro. Lo que acaba de adquirir usted son dos pasajes hacia la vida, hacia el futuro.

El empleado de la FSF me sonríe mientras me tiende las dos pequeñas tarjetas de plástico. Es una sonrisa brillante, que transmite jovialidad y confianza, una de esas sonrisas que se aprenden a esbozar en una Academia de Relaciones Públicas.

Le devuelvo la sonrisa y me inclino sobre el lector retinal. Inmediatamente mi Asistente me indica que el importe ha sido descontado de mi cuenta. Recojo las tarjetas y las guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

El empleado me acompaña hasta la puerta y estrecha mi mano.

—Y procure no llegar tarde al embarque. No habrá próximo vuelo —Ríe de su propio chiste, a pesar de que debe haberlo soltado cientos de veces—.

Afuera hace un día estupendo. Mucha gente ha elegido pasear bajo el sol, así que me es fácil parar un coche vacío.

—Buenos días, señor Salgueiro. ¿Va a conducir usted? —Me saluda la IA del coche. Me ha identificado y, tras acceder a su base de datos, sabe que yo conduzco la mayoría de las veces que cojo un coche.

—No, gracias, conduce tú hoy. Llévame a casa.

—De acuerdo.

El coche se incorpora al tráfico con un suave zumbido. Me pongo cómodo en el asiento y cierro los ojos. Tras mis párpados se abre la pantalla de interfaz de mi Asistente. Reviso mi correo, hago un par de llamadas para cancelar los compromisos de esta tarde y hago la reserva en el restaurante. Después me limito a contemplar las calles, sin pensar en nada.

Cuando llego a casa le digo al coche que espere. Amanda está en el jardín, cuidando de los rosales. Nunca permite que lo haga el robot jardinero.

—Hola, cariño —está sonrojada por el esfuerzo, tiene la melena oscura recogida en un desordenado moño y en su mejilla hay una mancha de barro. Está preciosa, radiante—. ¿Qué haces en casa tan pronto?

—Me he tomado la tarde libre —acaricio su mejilla, limpiando el barro—. ¿Qué te parece si hoy vamos a comer a aquel restaurante junto a la playa?

—¡Bien! ¿Por algún motivo en especial?

—Sí —digo palmeando las tarjetas a través de la chaqueta—. Tengo una sorpresa para ti.



Aún faltaban cuarenta años para que yo naciera cuando Gargantúa fue descubierto.

Hasta entonces siempre se había creído que el agujero negro más cercano a la Tierra era Cygnus X-1, a seis mil años-luz de distancia. Todo cambió el 25 de Junio de 2077, cuando el telescopio orbital Tycho Brahe captó una anomalía en la luz proveniente de la galaxia NGC1658. Al parecer entre la lejana galaxia y la Tierra se había interpuesto un objeto oscuro con un campo gravitatorio tan intenso que alteraba la trayectoria de la propia luz. Los radiotelescopios lo enfocaron y detectaron la radiación Hawking, confirmando las peores sospechas.

Se trataba de un agujero negro.

Estaba realmente cerca y su trayectoria lo llevaría directamente dentro del sistema solar en unos quinientos años, más o menos. Acabaría devorándolo todo, así que fue bautizado Gargantúa.

Fue un golpe muy duro, porque en aquella época la Humanidad (¿quién lo iba a decir?) estaba muy cerca de resolver sus problemas. La fusión nuclear había proporcionado una fuente de energía barata, limpia y prácticamente inagotable. La ingeniería genética y la nanotecnología habían acabado con las enfermedades. Incluso las diferencias entre ricos y pobres se estaban reduciendo: Las naciones ricas habían empezado a entender (por fin) que un mundo justo es un mundo seguro.

A no ser que un agujero negro se cruce en su camino, claro.

Sin embargo, no cundió el pánico. Quinientos años dan para mucho. Hasta para la esperanza. Fue así como se creó la Comisión Xi-Wang, que reunía a las mentes más brillantes de la Tierra con un solo propósito: Pensar en cómo podría la Humanidad librarse de la voracidad de Gargantúa.



El sol se pone tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos.

Desde el mar sopla una suave brisa que agita la falda del ligero vestido de Amanda. Ella lleva sus sandalias en la mano y camina lentamente, dejando que las olas mojen sus pies.

La observo atentamente. Ordeno al Asistente que grabe este momento. Quiero conservarlo en mi memoria para siempre.

—Bueno. ¿Qué pasa?

—Nada —respondo—. ¿Por qué?

—Porque tienes esa cara tuya de “estoy pensando en algo importante” —contesta riendo—. Ésa que se perece tanto a la de “estoy estreñido”.

Me siento en la arena caliente. Cojo un puñado y dejo que los granos resbalen entre mis dedos.

—Pensaba en que me gustaría poder detener el tiempo. Y vivir eternamente en este instante.

Amanda se aparta un mechón de pelo de la cara y deja de sonreír. Cae el último grano de arena. Se sienta junto a mí, abrazando sus rodillas.

—Creo que ha llegado el momento de que me enseñes esa sorpresa.

Alzo la mirada. La noche avanza y el cielo empieza a llenarse de pequeñas luces: Estrellas, cúmulos de satélites, estaciones orbitales y, la mayor de todas (hasta el punto de rivalizar con la Luna), la gran astilla brillante de El Arca.
Saco las dos tarjetas de plástico y miro a Amanda a los ojos.

—Aquí está tu sorpresa: Dos pasajes hacia la vida, hacia el futuro.



Una de las primeras conclusiones a las que llegó la Comisión Xi-Wang fue la de que el agujero negro no podría ser detenido ni desviado.

En consecuencia, era la Humanidad la que debía apartarse de su camino y encontrar otro lugar para seguir su vida. Pero, ¿cómo? Durante años se sucedieron las propuestas y los debates. Finalmente se llegó a un acuerdo: Se construiría una nave generacional, una nave gigantesca capaz de albergar a generaciones y generaciones de personas durante los cientos, quizá miles, de años que duraría el viaje hasta otro mundo habitable. Lamentablemente, ninguna nave sería capaz de embarcar a los once mil millones de personas que vivían en la Tierra en ese momento. Esto abrió otra cuestión. ¿Quién podría subir a bordo de la nave? ¿Qué criterios regirían la selección? En definitiva, ¿quién se salvaría y quién moriría?

Esto desencadenó una nueva serie de debates y discusiones, mucho más acalorados que los anteriores. Pero mientras los expertos discutían alrededor de sutiles argumentos morales, la iniciativa privada vino a dar con la solución. Se fundó la Future Survival Foundation (FSF), un conglomerado de trasnacionales que construiría por su cuenta una de esas naves generacionales. Y el criterio de selección sería muy simple: Embarcaría en ella quien pudiese pagar el billete. Punto.

Y así El Arca empezó a ser construida en los astilleros orbitales. Las empresas que formaban la FSF tuvieron que invertir poco en la construcción. La nave se pagaba prácticamente con las aportaciones de los futuros pasajeros.

Fue, en todos los sentidos, un negocio redondo.



—No pienso embarcar nunca en esa nave.

Amanda me mira fijamente. Tiene el ceño fruncido, realmente está muy disgustada.

—¿Por qué no? —tardo unos segundos en comprender lo que acabo de oír—. En la Tierra no hay futuro.

—Porque es injusto, por eso. La salvación para quien pueda pagarla. ¿Qué clase de solución es ésa?

—La única que tenemos, Amanda. Podemos permitírnoslo, ¿por qué rechazarlo? ¿Qué vamos a cambiar quedándonos aquí? ¿De qué le va a servir a nadie?

Ella se encoje de hombros.

—No cambiaremos nada, pero estaremos haciendo lo correcto. ¿Y qué si morimos? Todos debemos morir algún día.

—Pero, ¿y nuestros hijos? ¿Y los hijos de nuestros hijos? ¿Qué pasa con ellos?

Amanda y yo no tenemos hijos, pero ya hemos empezado a pensar en tenerlos. Hemos visitado algunas clínicas reproductivas y hojeado catálogos de mejoras eugénicas. Quinientos años es mucho tiempo, pero gracias a la biomedicina la esperanza de vida actual es de unos ciento cincuenta años y va aumentando cada generación. Nuestros bisnietos, incluso nuestros nietos, podrían llegar a contemplar la llegada de Gargantúa.

—No puedo creer que seas tan egoísta —concluyo.

—Tú sí que eres egoísta. ¿Quieres arrebatarles esto a nuestros hijos? —hace un gesto que abarca la playa, el mar, el cielo—. ¿Que vivan toda su vida encerrados en una nave? ¿Durante generaciones? Y todo eso, ¿para qué? Para proyectar nuestro ADN hacia el futuro. Dos moléculas y un destino. Prefiero vivir una vida feliz y honesta en la Tierra, y que se acabe cuando deba acabarse.

—No tienes derecho a decidir por ellos.

—Y tú no tienes derecho a decidir por mí.

Amanda se levanta y se aleja, caminado por donde hemos venido. Yo me quedo sentado con las tarjetas en la mano, mirando al cielo.

Al igual que ella, yo ya he decidido.


20091120

N.O.O.S. (5)

5

Cuando llegué a mi oficina encontré en el buzón un sobre a mi nombre. No habían escrito mi dirección ni pegado ningún sello. En el interior había un talón al portador por la cantidad de mil dólares. Eso era lo que yo cobraba, con suerte, por un mes de trabajo. Y sólo era un anticipo. Lo metí entre las páginas del libro, junto a la nota y la foto.

Subí al despacho y espié la calle desde la ventana. No parecía haber nadie sospechoso. Bajé las persianas, puse un disco de Charlie Parker en el tocadiscos y me puse a trabajar.

El primer paso obvio resultó estéril. En la guía no aparecía ningún Jack, Jacob, Jacques, James ni John Dowland. Tampoco me sorprendió. Nadie te paga mil pavos por encontrar a un tipo que sale en la guía.

Llamé a la editorial, Spectrum Books, haciéndome pasar por un reportero del Los Ángeles Times interesado en escribir un artículo sobre Qbik. Después de repetir mi historia a media docena de telefonistas, secretarias y adjuntos, una amable señorita me informó de que era imposible hablar con Dowland. Nadie en la editorial lo había visto nunca. Envió el original de la novela por correo, negociaron su publicación por teléfono y le enviaron el cheque a un apartado de correos, el 3274 de la oficina postal nº 42 de Los Ángeles.

—¿Y no hay ninguna manera de contactar con él? —pregunté descorazonado.

—Sólo a través del apartado de correos, que nosotros sepamos —una pausa pensativa—. Oiga, no será usted del FBI ni nada de eso, ¿verdad? Porque ya les dijimos que no tenemos…

En ese momento la aguja saltó en el disco y empezó a reproducir una y otra vez la misma nota aguda del saxo tenor de Parker, en un desquiciante bucle.

—No soy del FBI —aseguré—. ¿Acaso lo parezco?

—No parece usted periodista —contestó antes de colgar.

Lentamente me levanté y me dirigí hacia el tocadiscos. Me quedé un rato allí, viendo el disco girar, ligeramente mareado. Finalmente le di un pequeño golpe y la aguja salió de aquel círculo infernal.

Fui a la ventana. Afuera anochecía y la calle se empezaba a llenar de gente que salía a pesar del calor húmedo. En la acera de enfrente un vagabundo estaba sentado en un portal, bebiendo de una botella y hablando consigo mismo. De vez en cuando miraba disimuladamente hacia mi ventana.


20091116

N.O.O.S. (4)

4

El coche circulaba sin rumbo aparente por las calles de Los Ángeles, que parecían brillar al rojo blanco bajo el implacable sol. Johnson conducía sin decir nada. El hombre de expresión dura miraba distraídamente por la ventana. Y yo me limitaba a sudar y a esperar, sin atreverme a interrumpir sus cavilaciones. Finalmente se giró hacia mí.

—Como bien debe saber, señor Dick, la nuestra es una nación seriamente amenazada.

Asentí, no muy seguro de dónde quería llegar.

—El comunismo —prosiguió— se extiende por todo el mundo: Rusia, China, el sudeste asiático, África, Sudamérica… Incluso aquí en América corremos el riesgo de vernos subvertidos, como ya demostró nuestro presidente hace diez años.

—Todo eso es cierto, pero no entiendo que tengo yo…

—Sabemos que recientemente ha contactado con usted un agente soviético, con el nombre clave de Jane Dowland.

Me entregó una fotografía. En ella aparecía una mujer de unos treinta años. Era morena, no especialmente guapa, pero sus ojos tenían un descaro y una malicia que la hacían muy atractiva. Llevaba un vestido ligero estampado con flores y en su mano derecha sujetaba unas gafas de sol, una de cuyas patillas mordisqueaba sonriendo. A sus espaldas podía verse el océano. La imaginé hablando con aquella voz sensual, hollywoodiense. Sí, le pegaba. Empecé a sentir una erección.

—Lo lamento mucho —dije encogiéndome de hombros—. Está usted mal informado. No conozco de nada a esta mujer.

El Jefe se inclinó ligeramente hacia mí, taladrándome con su mirada.

—Escúchame, hijo —dijo plácidamente—, yo a los desgraciados como tú los hago desaparecer. ¿Entiendes? No los jodo. Ni los mato. Simplemente desaparecen. Fiu.

Miré de reojo a Johnson y me encontré con su mirada en el espejo retrovisor. Debo reconocer que en aquel momento sentí bastante miedo.

—Así que no te pases de listo conmigo —tenía un brillo demente en los ojos. Se le habían formado dos gotitas blanquecinas de saliva en las comisuras de los labios—. El Mundo Libre está en peligro. Necesita tu colaboración. Te necesita, hijo. ¿Vas a ayudarnos o no?

Había recuperado rápidamente la compostura. La mirada maníaca había desaparecido. Sonreía amablemente, esperando mi respuesta. Johnson se centraba en conducir.

—Le repito que no sé de qué me habla —me obligué a sonreír, aquí no pasa nada—. No obstante permaneceré alerta. Y si esta agente soviética se pusiera en contacto conmigo le avisaría rápidamente. ¿Puedo quedarme la foto?

No respondió. El coche se detuvo junto a la acera y Johnson me abrió la puerta. No esperé a que me invitaran a salir. Antes de que el coche volviera a ponerse en marcha la ventanilla bajó y el Jefe se asomó.

—Tenga cuidado, señor Dick. No es usted tan listo como se piensa.

—Lo sé. Créame. Lo sé.

El coche se perdió en el tráfico y yo me quedé plantado en la acera, mirando la fotografía y sonriendo estúpidamente.


Microrrelato publicado en Prospectiva


Hoy se publica en Prospectiva, una de las páginas españolas de referencia en lo que se refiere a la ciencia ficción, un microrrelato mío, titulado El mensaje que Dios ocultó en las partículas elementales.

Espero que os guste.


20091115

Primer puesto en el concurso Tierra de Leyendas VIII


Después de una fase final diabólicamente emocionante (y estresante), el pasado viernes acabó el Concurso de Relatos Tierra de Leyendas VIII, organizado en la página Sedice.com. Dicho concurso tiene varias particularidades. Una de ellas es que los relatos participantes deben incluir en su temática dos de cinco temas predeterminados. En esta edición los temas eran muerte, supervivencia, caos, sueño y tormenta.

Pues bien, me alegra muchísimo poder anunciar aquí que mi relato Decidir ha ganado dicho concurso. Se trata de una historia de ciencia ficción construida alrededor de un terrible dilema al que se enfrentan sus dos protagonistas, que deben decidir entre la muerte y la supervivencia.

Como es de suponer, estoy contentísimo. Es el primer concurso literario que gano, y es un subidón de moral increíble, que me anima enormemente a seguir escribiendo. Pero lo que más me alegra tiene mucho que ver con otra de las particularidades del Tierra de Leyendas. Se trata del hecho de que los mismos participantes del concurso son los que componen su jurado. Si ya es maravilloso que se reconozca tu trabajo, es genial que lo haga gente, como tú, apasionada por leer y escribir.

Muchas gracias a todos los que valoraron positivamente el relato y a la organización del concurso por hacerlo posible.


20091113

N.O.O.S. (3)


3

Había ido al parque dando un paseo, pero ahora hacía demasiado calor, así que decidí coger un taxi para volver a la oficina. Tomé Wilshire Boulevard en dirección Este, con la intención de parar al primero que se me cruzara.

Antes de llegar a la altura del teatro El Rey, me di cuenta de que alguien me seguía. Me giré disimuladamente y pude verlo entre los transeúntes, a unos veinte metros por detrás de mí. Era un hombre joven y corpulento. Llevaba una camisa negra y tenía el pelo un poco largo, peinado hacia atrás. Pensé en girar en la primera bocacalle que me encontrase y esperarle tras la esquina. Él parecía más fuerte que yo, capaz de darme una buena paliza, pero yo estaba armado y contaba con la sorpresa. Un poco más adelante se abría un callejón a la izquierda. Me pareció perfecto para sorprender a mi perseguidor.

Volví a girarme para comprobar si aún me seguía. Ahora estaba mucho más cerca. Nuestras miradas se encontraron. Supe que él sabía que yo sabía. Adiós a la sorpresa. Bueno, aún me quedaba el arma. Eso me seguía dando ventaja, suponiendo que él estuviese desarmado, claro. Ya casi había llegado al callejón. Ahora podía sentir claramente sus pisadas apresuradas detrás de mí, acercándose cada vez más. Metí la mano en mi chaqueta, rozando con los dedos la empuñadura de madera del treinta y ocho.

Giré la esquina y me encontré cara a cara con un hombre. Llevaba un impoluto traje oscuro y estaba impecablemente afeitado. Podía oler el aroma penetrante de su loción.

—¿El señor Dick? —preguntó cortésmente, como si estuviéramos en la puerta de la iglesia y no en un sucio callejón.

—S-s-sí —balbució el hombre barbudo y sudoroso que se reflejaba en sus gafas negras.

—Soy el agente Johnson, del FBI —su mano mostró una credencial mientras la otra señalaba a un coche detenido tras él—. ¿Puede acompañarnos, por favor?

—¿He hecho algo malo?

—En absoluto, señor Dick —rió—. Sólo queremos hablar un rato con usted.

Miré hacia atrás. El joven corpulento parecía haberse esfumado.

—De acuerdo.

El agente me abrió la puerta. Me senté atrás, junto a un hombre mayor que Johnson, pero igual de bien vestido y afeitado. No me dijo su nombre y Johnson, que se sentó al volante, se dirigió a él en todo momento como “Jefe”.

—Buenas tardes, señor Dick —las comisuras de los labios se retorcieron, en lo más parecido a una sonrisa que aquel rostro podía ofrecer—. Ha llegado para usted el momento de contribuir a la defensa de la nación.


20091111

N.O.O.S. (2)

2

Hacía un calor espantoso, pero yo llevaba puesta la chaqueta para ocultar el revólver del treinta y ocho que se mecía contra mi costado. Hancock Park estaba repleto de jubilados, estudiantes, oficinistas que almorzaban sentados en los bancos y jóvenes madres que empujaban carritos de bebé. Yo los observaba a todos intentando adivinar cual de ellos era uno de “ellos”. Todos parecían candidatos aceptables. La paranoia me había salvado la vida muchas veces en el pasado, pero a niveles demasiado altos se volvía completamente inútil. Pensé que debía dejar el Nembutal. Qué coño, lo que debía dejar era este trabajo.

El banco más al sur frente al pozo de brea estaba vacío, así que me senté y me dediqué a esperar, mirando a los paseantes y a los niños que jugaban. El sudor empezó a correrme por la espalda, empapando mi camisa. Me aflojé el nudo de la corbata. Me encendí un cigarro.

Entonces reparé en que alguien se había dejado un libro olvidado en el banco. Era una novela barata de ciencia ficción. Se titulaba Qbik y estaba escrita por un tal Jack Dowland. Hojeando el libro una hoja de papel doblada cayó en mi regazo. La desdoblé y pude leer una nota escrita con elegante caligrafía, probablemente femenina.

“Estimado señor Dick:

El autor de esta novela se llama Jack Dowland. Es mi hermano y hace años que no sé nada de él. Encuéntrelo.

Le enviaré a su oficina un anticipo para gastos. Más adelante me pondré en contacto con usted.

Jane Dowland.”

Me quedé un rato inmóvil bajo el implacable sol de mediodía releyendo una y otra vez aquella nota.

Ya tenía caso.


20091109

N.O.O.S. (1)

N.O.O.S. es el relato más extenso que he escrito hasta la fecha. Nada menos que 11.000 palabras, que para alguien que escribe tan lentamente como yo no es poco. Representa, entre redacción y corrección, unos seis meses de trabajo. Precisamente debido a su extensión ha sido imposible publicarlo. Durante los últimos años las revistas de papel han ido siendo sustituidas por las electrónicas, que tienden más a publicar relatos breves.

En fin, que no quería que un relato tan especial para mí se quedara en el cajón, así que aquí lo tenéis por entregas, como en los antiguos folletines. Espero que os guste.



N.O.O.S.

Los Ángeles. 1963.

1

Eran las dos de la mañana, pero yo aún estaba despierto cuando el teléfono empezó a sonar. Pensé que se trataría de alguien que se había equivocado al marcar. Ningún cliente llamaba nunca de madrugada. Era algo demasiado hollywoodiense para ser verdad. Lo dejé sonar un rato, esperando que quien fuese se cansase de esperar y colgase. No sucedió. Finalmente me levanté de la cama, me dirigí hacia el teléfono y contesté.

—¿Sí?

—¿Es usted Philip K. Dick? —preguntó una mujer con una voz perfectamente hollywoodiense.

—Sí.

—¿El detective privado?

—No hay ningún otro, que yo sepa.

Un silencio lleno de interferencias se fue alargando al otro lado de la línea hasta hacerse embarazoso.

—¿Oiga? ¿Qué es lo que quiere? —pregunté sacando un cigarro de la cajetilla sobre la mesa.

—Tengo un caso para usted.

Bang.

Me encendí el cigarrillo y miré alrededor, temiendo que los colores de la habitación se difuminasen y todo quedase reducido a un crudo blanco y negro.

—Muy bien. Venga mañana a mi oficina y hablaremos de ello.

—No. Ellos están vigilando su oficina.

—¿Que ellos qué? ¿Quién coño son “ellos”?

Aquello empezaba a mosquearme. Hay gente que se cree con derecho a molestarte a las dos de la madrugada sólo por el hecho de encontrar tu número en la guía.

—Mire —dije señalando con el dedo a aquella persona que no podía ver mi gesto—, si esto es una broma…

—No es una broma. Reúnase conmigo mañana a las doce del mediodía en Hancock Park. En el banco más al sur frente a los pozos de brea. No falte, por favor, Phil.

Bang.

Nadie me llamaba Phil. Nunca. Y sin embargo, en boca de aquella mujer no me había parecido algo nuevo. Era como si estuviese acostumbrado a que aquella voz me llamase así. Como si no fuese la primera vez que una voz que no había escuchado nunca me llamara de una forma que nadie me llamaba.

—¿Oiga? ¿Oiga? ¿Quién es…?

La única respuesta fue un chasquido y el tono de comunicación interrumpida.

Colgué el auricular y fui adonde tenía guardado el Nembutal. Hacía unos meses había sufrido una pequeña crisis nerviosa asociada a episodios de amnesia que había superado gracias a mis amigos los barbitúricos. Pese a que ya estaba totalmente recobrado, aún conservaba unas cuantas píldoras, por si acaso. Y ahora necesitaba tomarme una de verdad.

De repente, una idea me asaltó. Corrí a la ventana y lentamente separé dos tiras de la persiana. Tres pisos más abajo, San Marino Street estaba tranquila. Observé detenidamente los coches aparcados en la oscuridad. En el interior de uno de ellos me pareció ver brillar fugazmente el ascua de un cigarro.

Bang.

Todavía tenía las píldoras de Nembutal en la mano. Me las llevé a la boca y me las tragué. Sin agua.