20091123

Decidir


Aquí está Decidir, el relato con el que quedé en primer puesto en el Concurso de Relatos tierra de Leyendas VIII. Como ya dije aquí mismo cuando di la notícia, se trata de un relato de ciencia ficción en el que los protagonistas deben enfrentarse a un terrible dilema y tomar una decisión que marcará sus vidas para siempre.

No hace falta decir que estoy muy satisfecho de él. Espero que os guste.


DECIDIR

—Enhorabuena, señor Salgueiro. Lo que acaba de adquirir usted son dos pasajes hacia la vida, hacia el futuro.

El empleado de la FSF me sonríe mientras me tiende las dos pequeñas tarjetas de plástico. Es una sonrisa brillante, que transmite jovialidad y confianza, una de esas sonrisas que se aprenden a esbozar en una Academia de Relaciones Públicas.

Le devuelvo la sonrisa y me inclino sobre el lector retinal. Inmediatamente mi Asistente me indica que el importe ha sido descontado de mi cuenta. Recojo las tarjetas y las guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

El empleado me acompaña hasta la puerta y estrecha mi mano.

—Y procure no llegar tarde al embarque. No habrá próximo vuelo —Ríe de su propio chiste, a pesar de que debe haberlo soltado cientos de veces—.

Afuera hace un día estupendo. Mucha gente ha elegido pasear bajo el sol, así que me es fácil parar un coche vacío.

—Buenos días, señor Salgueiro. ¿Va a conducir usted? —Me saluda la IA del coche. Me ha identificado y, tras acceder a su base de datos, sabe que yo conduzco la mayoría de las veces que cojo un coche.

—No, gracias, conduce tú hoy. Llévame a casa.

—De acuerdo.

El coche se incorpora al tráfico con un suave zumbido. Me pongo cómodo en el asiento y cierro los ojos. Tras mis párpados se abre la pantalla de interfaz de mi Asistente. Reviso mi correo, hago un par de llamadas para cancelar los compromisos de esta tarde y hago la reserva en el restaurante. Después me limito a contemplar las calles, sin pensar en nada.

Cuando llego a casa le digo al coche que espere. Amanda está en el jardín, cuidando de los rosales. Nunca permite que lo haga el robot jardinero.

—Hola, cariño —está sonrojada por el esfuerzo, tiene la melena oscura recogida en un desordenado moño y en su mejilla hay una mancha de barro. Está preciosa, radiante—. ¿Qué haces en casa tan pronto?

—Me he tomado la tarde libre —acaricio su mejilla, limpiando el barro—. ¿Qué te parece si hoy vamos a comer a aquel restaurante junto a la playa?

—¡Bien! ¿Por algún motivo en especial?

—Sí —digo palmeando las tarjetas a través de la chaqueta—. Tengo una sorpresa para ti.



Aún faltaban cuarenta años para que yo naciera cuando Gargantúa fue descubierto.

Hasta entonces siempre se había creído que el agujero negro más cercano a la Tierra era Cygnus X-1, a seis mil años-luz de distancia. Todo cambió el 25 de Junio de 2077, cuando el telescopio orbital Tycho Brahe captó una anomalía en la luz proveniente de la galaxia NGC1658. Al parecer entre la lejana galaxia y la Tierra se había interpuesto un objeto oscuro con un campo gravitatorio tan intenso que alteraba la trayectoria de la propia luz. Los radiotelescopios lo enfocaron y detectaron la radiación Hawking, confirmando las peores sospechas.

Se trataba de un agujero negro.

Estaba realmente cerca y su trayectoria lo llevaría directamente dentro del sistema solar en unos quinientos años, más o menos. Acabaría devorándolo todo, así que fue bautizado Gargantúa.

Fue un golpe muy duro, porque en aquella época la Humanidad (¿quién lo iba a decir?) estaba muy cerca de resolver sus problemas. La fusión nuclear había proporcionado una fuente de energía barata, limpia y prácticamente inagotable. La ingeniería genética y la nanotecnología habían acabado con las enfermedades. Incluso las diferencias entre ricos y pobres se estaban reduciendo: Las naciones ricas habían empezado a entender (por fin) que un mundo justo es un mundo seguro.

A no ser que un agujero negro se cruce en su camino, claro.

Sin embargo, no cundió el pánico. Quinientos años dan para mucho. Hasta para la esperanza. Fue así como se creó la Comisión Xi-Wang, que reunía a las mentes más brillantes de la Tierra con un solo propósito: Pensar en cómo podría la Humanidad librarse de la voracidad de Gargantúa.



El sol se pone tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos.

Desde el mar sopla una suave brisa que agita la falda del ligero vestido de Amanda. Ella lleva sus sandalias en la mano y camina lentamente, dejando que las olas mojen sus pies.

La observo atentamente. Ordeno al Asistente que grabe este momento. Quiero conservarlo en mi memoria para siempre.

—Bueno. ¿Qué pasa?

—Nada —respondo—. ¿Por qué?

—Porque tienes esa cara tuya de “estoy pensando en algo importante” —contesta riendo—. Ésa que se perece tanto a la de “estoy estreñido”.

Me siento en la arena caliente. Cojo un puñado y dejo que los granos resbalen entre mis dedos.

—Pensaba en que me gustaría poder detener el tiempo. Y vivir eternamente en este instante.

Amanda se aparta un mechón de pelo de la cara y deja de sonreír. Cae el último grano de arena. Se sienta junto a mí, abrazando sus rodillas.

—Creo que ha llegado el momento de que me enseñes esa sorpresa.

Alzo la mirada. La noche avanza y el cielo empieza a llenarse de pequeñas luces: Estrellas, cúmulos de satélites, estaciones orbitales y, la mayor de todas (hasta el punto de rivalizar con la Luna), la gran astilla brillante de El Arca.
Saco las dos tarjetas de plástico y miro a Amanda a los ojos.

—Aquí está tu sorpresa: Dos pasajes hacia la vida, hacia el futuro.



Una de las primeras conclusiones a las que llegó la Comisión Xi-Wang fue la de que el agujero negro no podría ser detenido ni desviado.

En consecuencia, era la Humanidad la que debía apartarse de su camino y encontrar otro lugar para seguir su vida. Pero, ¿cómo? Durante años se sucedieron las propuestas y los debates. Finalmente se llegó a un acuerdo: Se construiría una nave generacional, una nave gigantesca capaz de albergar a generaciones y generaciones de personas durante los cientos, quizá miles, de años que duraría el viaje hasta otro mundo habitable. Lamentablemente, ninguna nave sería capaz de embarcar a los once mil millones de personas que vivían en la Tierra en ese momento. Esto abrió otra cuestión. ¿Quién podría subir a bordo de la nave? ¿Qué criterios regirían la selección? En definitiva, ¿quién se salvaría y quién moriría?

Esto desencadenó una nueva serie de debates y discusiones, mucho más acalorados que los anteriores. Pero mientras los expertos discutían alrededor de sutiles argumentos morales, la iniciativa privada vino a dar con la solución. Se fundó la Future Survival Foundation (FSF), un conglomerado de trasnacionales que construiría por su cuenta una de esas naves generacionales. Y el criterio de selección sería muy simple: Embarcaría en ella quien pudiese pagar el billete. Punto.

Y así El Arca empezó a ser construida en los astilleros orbitales. Las empresas que formaban la FSF tuvieron que invertir poco en la construcción. La nave se pagaba prácticamente con las aportaciones de los futuros pasajeros.

Fue, en todos los sentidos, un negocio redondo.



—No pienso embarcar nunca en esa nave.

Amanda me mira fijamente. Tiene el ceño fruncido, realmente está muy disgustada.

—¿Por qué no? —tardo unos segundos en comprender lo que acabo de oír—. En la Tierra no hay futuro.

—Porque es injusto, por eso. La salvación para quien pueda pagarla. ¿Qué clase de solución es ésa?

—La única que tenemos, Amanda. Podemos permitírnoslo, ¿por qué rechazarlo? ¿Qué vamos a cambiar quedándonos aquí? ¿De qué le va a servir a nadie?

Ella se encoje de hombros.

—No cambiaremos nada, pero estaremos haciendo lo correcto. ¿Y qué si morimos? Todos debemos morir algún día.

—Pero, ¿y nuestros hijos? ¿Y los hijos de nuestros hijos? ¿Qué pasa con ellos?

Amanda y yo no tenemos hijos, pero ya hemos empezado a pensar en tenerlos. Hemos visitado algunas clínicas reproductivas y hojeado catálogos de mejoras eugénicas. Quinientos años es mucho tiempo, pero gracias a la biomedicina la esperanza de vida actual es de unos ciento cincuenta años y va aumentando cada generación. Nuestros bisnietos, incluso nuestros nietos, podrían llegar a contemplar la llegada de Gargantúa.

—No puedo creer que seas tan egoísta —concluyo.

—Tú sí que eres egoísta. ¿Quieres arrebatarles esto a nuestros hijos? —hace un gesto que abarca la playa, el mar, el cielo—. ¿Que vivan toda su vida encerrados en una nave? ¿Durante generaciones? Y todo eso, ¿para qué? Para proyectar nuestro ADN hacia el futuro. Dos moléculas y un destino. Prefiero vivir una vida feliz y honesta en la Tierra, y que se acabe cuando deba acabarse.

—No tienes derecho a decidir por ellos.

—Y tú no tienes derecho a decidir por mí.

Amanda se levanta y se aleja, caminado por donde hemos venido. Yo me quedo sentado con las tarjetas en la mano, mirando al cielo.

Al igual que ella, yo ya he decidido.


2 comentarios:

  1. Ahora que lo releo, me ha gustado más que antes. No sé si lo has revisado o si es pura impresión mía. No me entiendas mal: no es mal relato. Pero es tan convencional, tan prototípico de lo que es un relato efectivo que me sorprendió mucho su victoria en TDL.

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  2. Supongo que, como todo, es cuestión de gustos. Es imposible escribir un relato que guste a todo el mundo. Aún así, cuando lo escribí no era consciente de estar escribiendo un relato prototípico. De hecho, tampoco tengo muy claro qué es un relato típicamente "efectivo".

    Pero bueno, gracias por tu valoración. Me siento halagado por la parte positiva e intentaré corregir lo negativo en adelante.

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