20091113

N.O.O.S. (3)


3

Había ido al parque dando un paseo, pero ahora hacía demasiado calor, así que decidí coger un taxi para volver a la oficina. Tomé Wilshire Boulevard en dirección Este, con la intención de parar al primero que se me cruzara.

Antes de llegar a la altura del teatro El Rey, me di cuenta de que alguien me seguía. Me giré disimuladamente y pude verlo entre los transeúntes, a unos veinte metros por detrás de mí. Era un hombre joven y corpulento. Llevaba una camisa negra y tenía el pelo un poco largo, peinado hacia atrás. Pensé en girar en la primera bocacalle que me encontrase y esperarle tras la esquina. Él parecía más fuerte que yo, capaz de darme una buena paliza, pero yo estaba armado y contaba con la sorpresa. Un poco más adelante se abría un callejón a la izquierda. Me pareció perfecto para sorprender a mi perseguidor.

Volví a girarme para comprobar si aún me seguía. Ahora estaba mucho más cerca. Nuestras miradas se encontraron. Supe que él sabía que yo sabía. Adiós a la sorpresa. Bueno, aún me quedaba el arma. Eso me seguía dando ventaja, suponiendo que él estuviese desarmado, claro. Ya casi había llegado al callejón. Ahora podía sentir claramente sus pisadas apresuradas detrás de mí, acercándose cada vez más. Metí la mano en mi chaqueta, rozando con los dedos la empuñadura de madera del treinta y ocho.

Giré la esquina y me encontré cara a cara con un hombre. Llevaba un impoluto traje oscuro y estaba impecablemente afeitado. Podía oler el aroma penetrante de su loción.

—¿El señor Dick? —preguntó cortésmente, como si estuviéramos en la puerta de la iglesia y no en un sucio callejón.

—S-s-sí —balbució el hombre barbudo y sudoroso que se reflejaba en sus gafas negras.

—Soy el agente Johnson, del FBI —su mano mostró una credencial mientras la otra señalaba a un coche detenido tras él—. ¿Puede acompañarnos, por favor?

—¿He hecho algo malo?

—En absoluto, señor Dick —rió—. Sólo queremos hablar un rato con usted.

Miré hacia atrás. El joven corpulento parecía haberse esfumado.

—De acuerdo.

El agente me abrió la puerta. Me senté atrás, junto a un hombre mayor que Johnson, pero igual de bien vestido y afeitado. No me dijo su nombre y Johnson, que se sentó al volante, se dirigió a él en todo momento como “Jefe”.

—Buenas tardes, señor Dick —las comisuras de los labios se retorcieron, en lo más parecido a una sonrisa que aquel rostro podía ofrecer—. Ha llegado para usted el momento de contribuir a la defensa de la nación.


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