20091116

N.O.O.S. (4)

4

El coche circulaba sin rumbo aparente por las calles de Los Ángeles, que parecían brillar al rojo blanco bajo el implacable sol. Johnson conducía sin decir nada. El hombre de expresión dura miraba distraídamente por la ventana. Y yo me limitaba a sudar y a esperar, sin atreverme a interrumpir sus cavilaciones. Finalmente se giró hacia mí.

—Como bien debe saber, señor Dick, la nuestra es una nación seriamente amenazada.

Asentí, no muy seguro de dónde quería llegar.

—El comunismo —prosiguió— se extiende por todo el mundo: Rusia, China, el sudeste asiático, África, Sudamérica… Incluso aquí en América corremos el riesgo de vernos subvertidos, como ya demostró nuestro presidente hace diez años.

—Todo eso es cierto, pero no entiendo que tengo yo…

—Sabemos que recientemente ha contactado con usted un agente soviético, con el nombre clave de Jane Dowland.

Me entregó una fotografía. En ella aparecía una mujer de unos treinta años. Era morena, no especialmente guapa, pero sus ojos tenían un descaro y una malicia que la hacían muy atractiva. Llevaba un vestido ligero estampado con flores y en su mano derecha sujetaba unas gafas de sol, una de cuyas patillas mordisqueaba sonriendo. A sus espaldas podía verse el océano. La imaginé hablando con aquella voz sensual, hollywoodiense. Sí, le pegaba. Empecé a sentir una erección.

—Lo lamento mucho —dije encogiéndome de hombros—. Está usted mal informado. No conozco de nada a esta mujer.

El Jefe se inclinó ligeramente hacia mí, taladrándome con su mirada.

—Escúchame, hijo —dijo plácidamente—, yo a los desgraciados como tú los hago desaparecer. ¿Entiendes? No los jodo. Ni los mato. Simplemente desaparecen. Fiu.

Miré de reojo a Johnson y me encontré con su mirada en el espejo retrovisor. Debo reconocer que en aquel momento sentí bastante miedo.

—Así que no te pases de listo conmigo —tenía un brillo demente en los ojos. Se le habían formado dos gotitas blanquecinas de saliva en las comisuras de los labios—. El Mundo Libre está en peligro. Necesita tu colaboración. Te necesita, hijo. ¿Vas a ayudarnos o no?

Había recuperado rápidamente la compostura. La mirada maníaca había desaparecido. Sonreía amablemente, esperando mi respuesta. Johnson se centraba en conducir.

—Le repito que no sé de qué me habla —me obligué a sonreír, aquí no pasa nada—. No obstante permaneceré alerta. Y si esta agente soviética se pusiera en contacto conmigo le avisaría rápidamente. ¿Puedo quedarme la foto?

No respondió. El coche se detuvo junto a la acera y Johnson me abrió la puerta. No esperé a que me invitaran a salir. Antes de que el coche volviera a ponerse en marcha la ventanilla bajó y el Jefe se asomó.

—Tenga cuidado, señor Dick. No es usted tan listo como se piensa.

—Lo sé. Créame. Lo sé.

El coche se perdió en el tráfico y yo me quedé plantado en la acera, mirando la fotografía y sonriendo estúpidamente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario