20091120

N.O.O.S. (5)

5

Cuando llegué a mi oficina encontré en el buzón un sobre a mi nombre. No habían escrito mi dirección ni pegado ningún sello. En el interior había un talón al portador por la cantidad de mil dólares. Eso era lo que yo cobraba, con suerte, por un mes de trabajo. Y sólo era un anticipo. Lo metí entre las páginas del libro, junto a la nota y la foto.

Subí al despacho y espié la calle desde la ventana. No parecía haber nadie sospechoso. Bajé las persianas, puse un disco de Charlie Parker en el tocadiscos y me puse a trabajar.

El primer paso obvio resultó estéril. En la guía no aparecía ningún Jack, Jacob, Jacques, James ni John Dowland. Tampoco me sorprendió. Nadie te paga mil pavos por encontrar a un tipo que sale en la guía.

Llamé a la editorial, Spectrum Books, haciéndome pasar por un reportero del Los Ángeles Times interesado en escribir un artículo sobre Qbik. Después de repetir mi historia a media docena de telefonistas, secretarias y adjuntos, una amable señorita me informó de que era imposible hablar con Dowland. Nadie en la editorial lo había visto nunca. Envió el original de la novela por correo, negociaron su publicación por teléfono y le enviaron el cheque a un apartado de correos, el 3274 de la oficina postal nº 42 de Los Ángeles.

—¿Y no hay ninguna manera de contactar con él? —pregunté descorazonado.

—Sólo a través del apartado de correos, que nosotros sepamos —una pausa pensativa—. Oiga, no será usted del FBI ni nada de eso, ¿verdad? Porque ya les dijimos que no tenemos…

En ese momento la aguja saltó en el disco y empezó a reproducir una y otra vez la misma nota aguda del saxo tenor de Parker, en un desquiciante bucle.

—No soy del FBI —aseguré—. ¿Acaso lo parezco?

—No parece usted periodista —contestó antes de colgar.

Lentamente me levanté y me dirigí hacia el tocadiscos. Me quedé un rato allí, viendo el disco girar, ligeramente mareado. Finalmente le di un pequeño golpe y la aguja salió de aquel círculo infernal.

Fui a la ventana. Afuera anochecía y la calle se empezaba a llenar de gente que salía a pesar del calor húmedo. En la acera de enfrente un vagabundo estaba sentado en un portal, bebiendo de una botella y hablando consigo mismo. De vez en cuando miraba disimuladamente hacia mi ventana.


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