20091127

N.O.O.S. (6)

6

Parecía claro que el calor no me iba a dejar dormir, así que me senté junto a una cafetera llena y varios paquetes de cigarrillos y empecé a leer el libro de Dowland, Qbik.

Lo primero que me llamó la atención fue la dedicatoria: “Para los Jacks de este mundo. No estáis solos”. Me pareció, como poco, curiosa. Empecé a sospechar que “Jack Dowland” no era más que un pseudónimo. Pero si era así, ¿por qué Jane no me dio su nombre real? ¿Porque no lo sabía, quizás? ¿No era realmente su hermana, entonces?

Empecé a leer.

El protagonista, llamado Jack, es un hombre normal, casi podría decirse que gris. Tiene una esposa, dos hijas, un buen trabajo en un banco, una casa con jardín en las afueras, un coche familiar. Le gustan el baseball, la cerveza, los westerns.

Un día está viendo en la televisión un discurso del presidente. Dowland no le pone nombre, se refiere siempre a él como “el presidente”, pero por ciertos detalles se puede deducir que se trata del presidente actual, Joseph McCarthy. Acaba de volver de una visita de estado a Berlín Occidental y está haciendo una declaración en la misma pista del aeropuerto, al pie de la escalerilla del avión, rodeado de periodistas. Jack advierte algo extraño en el presidente, en su manera de hablar, de gesticular, de mirar a la cámara. Se lo comenta a su esposa, pero ella no aprecia nada raro. Desde entonces Jack observa atentamente todas las apariciones del presidente en televisión. Cada vez está más convencido: Al presidente le han hecho algo en Berlín. El qué no lo sabe, quizá le han hipnotizado, o le han lavado el cerebro, o le han drogado. Pero sobre lo que no tiene dudas es sobre quién ha sido: Los comunistas.

Jack acude a la oficina local del FBI, donde escuchan sus sospechas amablemente para luego acompañarlo hasta la puerta prometiéndole con una sonrisa que investigarán el asunto. No se da por vencido. Escribe cartas a los periódicos, hace llamadas a las emisoras de televisión y radio, le cuenta sus sospechas a los desconocidos en el autobús. Empieza a padecer insomnio, a ausentarse del trabajo, a desconfiar de todo el mundo.

Finalmente su familia lo interna en un centro psiquiátrico. Allí conoce a otro paciente, llamado Philip, el cual ha sido internado por mostrar el mismo trastorno: Philip también ha observado el comportamiento anómalo del presidente y está convencido de que su mente ha sido alterada por telépatas soviéticos, agentes del KGB.

Una mañana Philip aparece muero en su cama. Los doctores hablan de un colapso cardíaco, pero Jack está seguro de que ha sido asesinado y de que él será el siguiente. Esa misma noche escapa del centro. Roba un coche y en la guantera encuentra un mapa de carreteras, un frasco de anfetaminas y un revólver.

Conduce durante cuatro días atravesando el país, sin comer ni dormir, rumbo a Washington. Cuando llega se está celebrando el congreso del Partido en un céntrico hotel. Jack se mezcla entre la multitud de periodistas y curiosos y espera. El presidente sale por la puerta rodeado de miembros del servicio secreto. Se abre camino a empujones, a codazos. Saca el revólver y dispara al presidente, apuntando al corazón. Puede hacer tres disparos antes de ser derribado por los guardaespaldas. Mientras lo inmovilizan contra el suelo no puede parar de reír histéricamente. Sabe que ha acertado los tres disparos. El presidente ha muerto.

Mucho después, en el hospital psiquiátrico en el que ha sido confinado de por vida, la terapia de electroshock consigue desbloquear los recuerdos que Jack ha reprimido durante años: Su reclutamiento cuando estaba en la universidad, el viaje a Europa, las reuniones con una coronel del KGB, la elaboración minuciosa del plan, las sesiones de hipnosis para provocar respuestas condicionadas, la amnesia inducida… Todo el plan bien enterrado profundamente en su mente, ordenado y perfecto, inexorable como una ley física o una jugada maestra de ajedrez.

La tenue luz del amanecer se filtraba entre las tiras de la persiana. La calle estaba totalmente desierta, sin rastro del vagabundo de anoche. Me dolían los ojos y la cabeza con un dolor intenso, pulsante. Busqué inútilmente un cigarrillo entre los ceniceros repletos y las tazas sucias. Tampoco quedaba café.

Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa cuidadosamente, como si fuera una serpiente venenosa. De una cosa estaba seguro: No era la clase de lectura que me recomendaría mi terapeuta.


2 comentarios:

  1. Humm, estoy intrigadísima con esta historia. Con cada nueva entrega la trama se complica y no tengo la menor idea de cómo se resolverá. ¿Y qué es N.O.O.S.? Ah, me tienes en ascuas...

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  2. Buena pregunta. ¿Que qué es N.O.O.S.? Pues muy sencillo, N.O.O.S. es...

    ;)

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