20091231

2009: Cuadrando caja...


Bueno, un año más que se acaba. Estos suelen ser días de balances, recapitulaciones, buenos propósitos... y yo no voy a ser menos.

La verdad es que éste ha sido un buen año para mí. No me había fijado grandes objetivos. Sacar algo de tiempo de para escribir (yo soy el Hombre Sin Tiempo) y conseguir publicar algo. La verdad es que no he escrito mucho (cinco o seis relatos), pero he tenido suerte y he podido colocarlos casi todos.

He podido publicar un par de relatos, uno en la Antología del Premio Ovelles Eléctriques y otro en la web Prospectiva. Dos relatos más han sido seleccionados para ser publicados el año que viene en las antologías Visiones 2009 y Calabazas en el Trastero: Tijeras.

También he ganado un concurso, el Tierra de Leyendas VIII, de la web Sedice. Allí, en Sedice, también me he embarcado en un proyecto bastante interesante: Las antologías (Per)Versiones. Es un proyecto que acaba de empezar, pero de momento parace ir viento en popa. Ya os hablaré de ellas más en detalle cuando empiecen a concretarse.

¡Ah! Y he abierto este blog.

En resumen, ha sido un buen año.

Para el 2010 no me planteo nada muy ambicioso. Intentar mejorar el ritmo de escritura (¿os he dicho ya que soy el Hombre Sin Tiempo?), y mantener el de publicación, que ya me parece difícil. No sé, ya veremos cómo se nos da...

Para acabar, muchas gracias por vuestro tiempo a los que seguís este humilde blog y feliz 2010. Que sea un buen año para todos.


20091228

N.O.O.S. (11)

11


—¿Y de verdad crees que unos telépatas comunistas le han lavado el cerebro al presidente McCarthy?

Estábamos sentados en una mesa junto a un gran ventanal, justo enfrente de la estación de autobuses. Los ventiladores del techo zumbaban intentando inútilmente disipar el agobiante calor, aunque al menos ahogaban el ruido del intenso tráfico. El joven, que se llamaba James Byron, me hablaba sobre el libro de Dowland, pero yo apenas le hacía caso, menos pendiente de su charla que de la camarera, una rubia algo madurita pero todavía guapísima, con un lunar sobre el labio al que no podía dejar de mirar.

—Oh, no —James se removió en su asiento—. Los telépatas no existen. Además, ya no quedan verdaderos comunistas en el mundo.

—Eso es verdad —concedí riendo—, entre McCarthy y Stalin se los cargaron a todos.

—Todo ese rollo de la telepatía no es más que una metáfora —continuó—. De lo que trata realmente el libro es de la soledad. La soledad que sienten aquellos que ven lo que nadie más ve.

—Ajá. Continúa —me encendí un cigarro, cada vez más interesado.

—Hay un grupo de gente —prosiguió— que puede ver que algo está pasando. Está ahí, delante de todos. Para ellos es evidente. Lo ven. Lo sienten. Todo el día, todos los días.

—Pero nadie más lo ve…

—No, por eso están solos. O lo estaban. Este libro lo cambió todo. Se ha convertido en una señal, un símbolo. A su alrededor nos estamos reuniendo, organizando. Nos llamamos a nosotros mismos los “Jacks”.

—“Para los Jacks de este mundo —cité—. No estáis solos”.

No se me había pasado que James se había metido a sí mismo en el saco de los que ven.

—¿Y qué es lo que está pasando? —le pregunté—. ¿Qué es eso tan evidente que vosotros veis y los demás no?

James miró a un lado y a otro, se inclinó sobre la mesa y me respondió con un susurro.

—Una invasión alienígena.

Vale. Soy un imbécil. Lo admito. Durante un rato le había hecho caso a aquel tío, pero ahora estaba claro que había sido una pérdida de tiempo. Dejé un billete sobre la mesa, cogí mi sombrero y empecé a levantarme de la mesa.

—Lo siento —me disculpé—, pero no me había dado cuenta de lo tarde que es. Debo irme.

—Espere —dijo levantándose también y agarrándome del brazo—. Sé que es difícil de creer, pero debe hacerlo. Tengo pruebas.

En ese momento la camarera se acercó a nuestra mesa con la cafetera en la mano.

—¿Ya os vais, chicos?

Los dos la miramos en silencio, preguntándonos cuánto habría oído. Era realmente bonita. Me fijé en la plaquita de su blusa. Se llamaba Norma.

—No, en realidad no —dije sentándome de nuevo—. Sírvenos otra taza, encanto.

Esperamos en silencio a que sirviera los cafés, estudiándonos mutuamente.

—Muy bien —dije cuando ella se alejó con un vertiginoso balanceo de caderas—, te doy dos minutos. A ver esas pruebas.

James sacó su ejemplar de Qbik y extrajo una foto de su interior. Me la arrojó a través de la mesa. Mostraba un cielo nocturno, plagado de estrellas. En la esquina inferior izquierda (o superior derecha, no había ninguna referencia para saber cuál era la posición correcta) algo cortaba el resplandor de la Vía Láctea. No era un asteroide ni nada de eso. Se trataba de una estructura metálica, regular, artificial.

—Esta foto fue tomada por el telescopio óptico de la Universidad de Berkeley hace cinco años, tres días antes de que fuera clausurado.

—¿Clausurado? —pregunté sin dejar de mirar la foto.

—El patrocinador de la Universidad amenazó con retirar sus fondos en caso contrario.

—¿Quién es ese patrocinador?

—Le aconsejo que no tire de ese hilo si no quiere acabar siendo juzgado por espiar para los soviéticos.

—Pero esta foto puede ser un truco, un montaje… —dije devolviéndole la foto.

—Le aseguro que no es truco —contestó con una sonrisa triste.

—Dios —comprendí de repente—. ¿Fuiste tú? ¿Tú tomaste la foto?

Asintió.

—Era para mi doctorado en radioastronomía.

—¿Y te juzgaron por espiar para los soviéticos?

—Tuve suerte, sólo me cayeron cinco años.

Nos quedamos un rato en silencio, contemplando el tráfico que se espesaba bajo el tórrido sol. Yo fui el primero en hablar.

—Pero no tiene que ser necesariamente alienígena. ¿Y los rusos?

—No —hizo un gesto despectivo—. Los rusos abandonaron su programa espacial en 1959, tres meses después de que McCarthy cancelara el nuestro. Además, esto es demasiado grande: Mide casi un kilómetro de diámetro. Nosotros no podemos construirlo. Nosotros los humanos, quiero decir. Definitivamente es un artefacto alienígena. Y no sabemos cuánto tiempo puede llevar en órbita alrededor de la Tierra.

Miró su reloj e hizo una mueca.

—Mierda —dijo recogiendo sus cosas—. Mi autobús está a punto de irse. Voy a San Francisco a intentar que algún periódico publique la foto. Ninguno en Los Ángeles ha querido hacerlo.

Me levanté y nos estrechamos las manos.

—Suerte —le deseé.

—Gracias. La necesitaremos todos, creo. Adiós.

Salió precipitadamente del café. Le observé mientras cruzaba la calle y entraba en la estación. Me recosté en el mullido asiento y me encendí otro cigarro. Un burócrata del departamento de estado explicaba en la televisión por qué debíamos invadir Cuba. Me giré hacia la barra y vi a Norma observándome mientras hablaba por teléfono. Su mirada fija e inexpresiva parecía taladrarme, escrutando hasta el más hondo rincón de mi alma.


20091221

N.O.O.S. (10)

10




—¿Oiga?

Una voz me llamaba desde muy lejos, pero yo me esforzaba en ignorarla. Estaba muy a gusto, nadando en lo que parecía un océano de melaza caliente, oscura, indolora.

—¿Se encuentra bien?

Me resistía con todas mis fuerzas, intentando hundirme más aún. Era inútil. La voz parecía arrastrarme fuera de aquel mar acogedor, hacia la luz, hacia la consciencia. Hacia el dolor.

Ey, despierte de una vez.

Con un suspiro me di por vencido. Abrí los ojos. Agachado ante mí estaba aquel joven corpulento de la camisa negra que me siguió el día anterior. Aquello era demasiado. Volví a cerrar los ojos, simulando que caía inconsciente de nuevo.

—Eh, venga, déjelo ya. Sé que está despierto.

—Está bien. ¿Qué coño quieres? —le espeté mientras intentaba levantarme—. Te advierto de que si quieres apalearme, amenazarme o advertirme de que no hable con los federales, llegas tarde.

El joven rió y me ayudó a levantarme.

—En realidad sólo quería hablar con usted.

—Sí, eso dicen siempre al principio. Y luego mira cómo acaba uno. ¿De qué quieres hablar conmigo?

—De esto —contestó metiendo la mano en el interior de un viejo petate del ejército. Empezó a rebuscar y finalmente extrajo un libro que puso ante mi cara: Qbik, de Jack Dowland.

Me quedé estupefacto, mirándole a él y al libro.

—¿Cómo sabes…?

—Le vi con él ayer en el parque —contestó encogiéndose de hombros, como avergonzado—. Le seguí porque quería hablar sobre él con usted. Luego apareció aquel tipo que parecía del servicio secreto y decidí esfumarme. Creía que no le volvería a ver. Ha sido una suerte verle aquí en la estación esta mañana mientras esperaba el autobús.

—Sí, una suerte —repetí distraidamente mientras comprobaba mis lesiones. No parecía tener nada roto, aunque estaría dolorido unos cuantos días.

—Enfrente de la estación hay una cafetería donde se come bastante bien. Podríamos almorzar allí y charlar tranquilamente.

—Seguro —contesté—. Pero antes, ¿podrías hacerme un favor? ¿Puedes ayudarme a encontrar mi revólver? —Le ofrecí mi mejor sonrisa lastimera— Debe de estar dentro de alguno de esos retretes.


20091216

N.O.O.S. (9)

9


Un par de horas después seguía sentado en aquel banco, rodeado de colillas, con la cabeza a punto de explotar. El policía uniformado que vigilaba la estación empezaba a mirarme de reojo, dando vueltas a mi alrededor de forma disimulada. Decidí moverme un poco para escapar de su atención. Me levanté y me dirigí a los lavabos, abriéndome paso penosamente entre la multitud, golpeándome las rodillas con las esquinas metálicas de las maletas.

Al llegar a los lavabos respiré aliviado. Allí el aire era agradablemente fresco y apenas había nadie. Me dirigí a las picas y abrí el grifo. Sumergí la cabeza bajo el chorro de agua fría, frotándome la cara y el cabello. Sentía cómo el frío me entumecía y hacía retroceder levemente el dolor. Permanecí así unos segundos, idiotizado por el alivio.

Cuando levanté la cabeza vi en el espejo que había dos hombres detrás de mí, observándome en silencio. Durante un interminable segundo estuvimos mirándonos en el reflejo, paralizados como conejos ante los faros de un coche. Entonces el de mi derecha, un rubio bajito de ojos muy claros que vestía como un vendedor de seguros, me sonrió. Esa sonrisa rompió el equilibrio de la escena. Me giré rápidamente a mi izquierda, lanzando un codazo a la nariz del otro tipo, que parecía un estibador y era al que yo había catalogado como el más peligroso a corto plazo.

Lamentablemente él ya no estaba allí. Y no me dio tiempo ni de empezar a buscarlo cuando él me encontró a mí. Un puño se hundió en mi estómago y me dobló como una navaja. Mi rostro se dirigía directo hacia el suelo, pero se encontró con una rodilla que subía velozmente. Me dio en el ojo. El rodillazo me lanzó hacia atrás y caí violentamente.

Intenté sacar el revólver, pero una serie de patadas me hizo rodar por el suelo. Un pie me pisó la muñeca mientras unas manos rebuscaban en mi chaqueta. Me quitaron el revólver. Oí un chapoteo a mi izquierda, en los retretes. Estibador me agarró de las solapas de la chaqueta, me levantó como si fuera un bebé y me estrelló contra la pared. Siguió golpeándome, centrándose sobretodo en el torso, pero sin desdeñar la cara cuando la bajaba demasiado. Yo me dejaba hacer, toda resistencia era inútil.

Finalmente los golpes cesaron, de forma abrupta, como si alguien hubiese cerrado un interruptor. Me dejé caer al suelo, resbalando por la pared con los ojos cerrados. Me dolía tanto que sentía nauseas. Respiré profundamente, intentando pensar. O mucho había cambiado el negocio, o Estibador ya había acabado y ahora le tocaba el turno a Vendedor de Seguros. Abrí los ojos lentamente. Allí estaba, agachado ante mí, observándome con sus ojos azules y con esa sonrisa de compasión, como si lamentase de verdad tener que llegar a esto.


—¿Y bien? —pregunté. Ya conocía lo que venía ahora y no tenía ganas de alargarlo más de lo estrictamente necesario.

—Ha estado usted hablando con el FBI, señor Dick.

Su voz era plana, monocorde. No admitía refutación, no estaba enunciando una sospecha o una creencia, sino un hecho, una verdad. Una realidad.

—Así es —admití.

—No le conviene volver a hablar con ellos.

—Está bien, me ha convencido. No lo haré nunca más —hice una mueca de dolor—. ¿Es lo que quería oír? ¿Lo he hecho bien?

Me contempló durante unos instantes, como si no acabara de entender mis palabras.

—Recuérdelo —replicó—. No les revelará ningún dato acerca de Dowland.

—¿Dowland? ¿Qué Dowland? —contesté.

Quería hacerme el gracioso. Una de esas ingeniosas réplicas hollywoodienses. “Esta conversación no ha ocurrido”. “¿Qué conversación?”. Pero mientras la pronunciaba una idea explotó en el fondo de mi cerebro. Me incorporé un poco, sintiendo su onda expansiva llenar mi cabeza.

—¿A qué Dowland se refiere? —repetí—. ¿A Jack o a Jane?

Por toda respuesta Vendedor de Seguros se levantó, se hizo a un lado y miró a Estibador, que se acercó lentamente. Inclinándose levemente me lanzó un puñetazo a la cara, de arriba abajo.

Me alegré indeciblemente al comprender que ese golpe me dejaría inconsciente. Durante un rato podría escapar del dolor.


20091209

N.O.O.S. (8)

8


La oficina postal nº 42 era en realidad un pequeño cubículo olvidado en una esquina de la estación de autobuses que la compañía Greyhound tiene en Alameda Street. Después de deambular un rato por el gran vestíbulo repleto de viajeros y carteristas, di finalmente con una puerta de madera en cuyo cristal esmerilado se podía leer lo siguiente: U.S.P.S. Of.42 L.A. (CA). Un funcionario de aspecto desarreglado y barba de tres días estaba tras el mostrador de madera, tarareando mientras intentaba ver al trasluz el contenido de una carta. Parecía estar borracho. Empecé la representación.

—Buenos días, señor eh… —leí la placa sobre el mostrador— Chinaski.

Me miró con ojos enrojecidos sin decir nada. Un público difícil.

—Creo que usted me puede ayudar. Para alquilar uno de esos apartados de correos —dije señalando con el pulgar la pared cubierta de buzones de mi izquierda—, se debe ofrecer una serie de datos, ¿no? El nombre completo, la dirección… ¿Me equivoco?

—No pienso revelar ningún dato de nadie, amigo.

El muy cabrón me había calado a la primera. Recompuse mi cara y proseguí, ya sin rodeos.

—Está bien, le daré cien pavos.

—¿Está usted intentando sobornar a un funcionario del Gobierno de los Estados Unidos? ¿Sabe que eso es un delito federal?

Estaba claro que de aquel tipo no sacaría nada. Sonreí, alcé las manos y me dirigí a la puerta. Mientras salía, el tal Chinaski me llamó.

—¡Eh! —me giré—. ¿Tienes un cigarro, amigo?

—Que te follen —respondí, cerrando de un portazo.

Compré tabaco y fui a sentarme en uno de los bancos de la estación. Ahora mismo mi única opción era esperar. Tarde o temprano Dowland vendría a retirar su correo. Vigilaría la oficina postal con la esperanza de que sería capaz de adivinar quién era cuando lo viese. Reconozco que no era un gran plan. Jack Dowland parecía un tipo bastante paranoico. ¿Y si enviaba a otra persona, a un amigo o a su novia? O simplemente, ¿y si yo no era capaz de reconocerlo? Bien pensado, era una mierda de plan.

Me puse a ojear el libro y me encendí un cigarro. Iba a ser una espera muy larga.


20091203

N.O.O.S. (7)


7

Me había pasado la noche sin dormir, pero tenía trabajo que hacer y, lo que era mejor, tenía una idea. Así que hice más café, me arreglé la barba y me di una ducha rápida. Antes de salir, mientras me anudaba la corbata frente al espejo, el teléfono empezó a sonar.

—Agencia de detectives Dick.

—Buenos días, señor Dick —saludó una voz sensual. Era mi clienta.

—Buenos días, señorita Dowland —contesté con una amplia sonrisa—. Porque es usted señorita, ¿verdad? Parece demasiado joven para estar casada.

—Le pago para que investigue a mi hermano, no a mí. ¿Ha averiguado algo?

—Oh, el caso progresa —dije buscando un cigarro. Luego recordé que se habían acabado—. Un caso muy interesante, ¿sabe?

—¿Ah, sí? —ronroneó ella. Un escalofrío subió por mi espalda y se me erizó el vello de la nuca.

—Sí. Muy enrevesado. Su hermano está muy empeñado en permanecer fuera de escena. Claro que si yo hubiese escrito ese libro también lo haría —resoplé—. Menuda historia —hice una pausa dramática, la alargué el tiempo justo y luego…—. No me extraña que el FBI ande husmeando también en el asunto.

—¿El FBI?

Ahora su voz no era suave y cálida, sino que hacía pensar en algo afilado, hecho de acero. O de hielo, quizás. Empecé a tirar del hilo, poco a poco.

—Sí, el FBI. Pensé que ya lo sabría. Usted me advirtió de que vigilaban mi oficina, ¿recuerda?

—Sí, claro.

Sí, claro. Claro, claro.

—Quizá no les haga gracia que alguien ande por ahí escribiendo novelas sobre matar al presidente —sugerí encogiéndome de hombros.

—Entiendo. ¿Algo más?

—De momento no —decidí no contarle todavía que los federales también andaban tras ella—. Pero si usted me diese un teléfono podría informarla en cuanto averigüe algo más.

—No. Es mejor que sea yo la que se ponga en contacto con usted. Siga investigando. Le volveré a llamar.

Colgué el teléfono, cogí mi sombrero, mi revólver y el libro y salí del apartamento. Mientras bajaba las escaleras no paraba de darle vueltas a algo. Jane Dowland me había advertido de que “ellos” vigilaban mi oficina, pero se había sorprendido cuando mencioné que el FBI estaba metido en el ajo. Por lo tanto “ellos” no eran los federales. Así pues, ¿quiénes demonios eran “ellos”?