20091228

N.O.O.S. (11)

11


—¿Y de verdad crees que unos telépatas comunistas le han lavado el cerebro al presidente McCarthy?

Estábamos sentados en una mesa junto a un gran ventanal, justo enfrente de la estación de autobuses. Los ventiladores del techo zumbaban intentando inútilmente disipar el agobiante calor, aunque al menos ahogaban el ruido del intenso tráfico. El joven, que se llamaba James Byron, me hablaba sobre el libro de Dowland, pero yo apenas le hacía caso, menos pendiente de su charla que de la camarera, una rubia algo madurita pero todavía guapísima, con un lunar sobre el labio al que no podía dejar de mirar.

—Oh, no —James se removió en su asiento—. Los telépatas no existen. Además, ya no quedan verdaderos comunistas en el mundo.

—Eso es verdad —concedí riendo—, entre McCarthy y Stalin se los cargaron a todos.

—Todo ese rollo de la telepatía no es más que una metáfora —continuó—. De lo que trata realmente el libro es de la soledad. La soledad que sienten aquellos que ven lo que nadie más ve.

—Ajá. Continúa —me encendí un cigarro, cada vez más interesado.

—Hay un grupo de gente —prosiguió— que puede ver que algo está pasando. Está ahí, delante de todos. Para ellos es evidente. Lo ven. Lo sienten. Todo el día, todos los días.

—Pero nadie más lo ve…

—No, por eso están solos. O lo estaban. Este libro lo cambió todo. Se ha convertido en una señal, un símbolo. A su alrededor nos estamos reuniendo, organizando. Nos llamamos a nosotros mismos los “Jacks”.

—“Para los Jacks de este mundo —cité—. No estáis solos”.

No se me había pasado que James se había metido a sí mismo en el saco de los que ven.

—¿Y qué es lo que está pasando? —le pregunté—. ¿Qué es eso tan evidente que vosotros veis y los demás no?

James miró a un lado y a otro, se inclinó sobre la mesa y me respondió con un susurro.

—Una invasión alienígena.

Vale. Soy un imbécil. Lo admito. Durante un rato le había hecho caso a aquel tío, pero ahora estaba claro que había sido una pérdida de tiempo. Dejé un billete sobre la mesa, cogí mi sombrero y empecé a levantarme de la mesa.

—Lo siento —me disculpé—, pero no me había dado cuenta de lo tarde que es. Debo irme.

—Espere —dijo levantándose también y agarrándome del brazo—. Sé que es difícil de creer, pero debe hacerlo. Tengo pruebas.

En ese momento la camarera se acercó a nuestra mesa con la cafetera en la mano.

—¿Ya os vais, chicos?

Los dos la miramos en silencio, preguntándonos cuánto habría oído. Era realmente bonita. Me fijé en la plaquita de su blusa. Se llamaba Norma.

—No, en realidad no —dije sentándome de nuevo—. Sírvenos otra taza, encanto.

Esperamos en silencio a que sirviera los cafés, estudiándonos mutuamente.

—Muy bien —dije cuando ella se alejó con un vertiginoso balanceo de caderas—, te doy dos minutos. A ver esas pruebas.

James sacó su ejemplar de Qbik y extrajo una foto de su interior. Me la arrojó a través de la mesa. Mostraba un cielo nocturno, plagado de estrellas. En la esquina inferior izquierda (o superior derecha, no había ninguna referencia para saber cuál era la posición correcta) algo cortaba el resplandor de la Vía Láctea. No era un asteroide ni nada de eso. Se trataba de una estructura metálica, regular, artificial.

—Esta foto fue tomada por el telescopio óptico de la Universidad de Berkeley hace cinco años, tres días antes de que fuera clausurado.

—¿Clausurado? —pregunté sin dejar de mirar la foto.

—El patrocinador de la Universidad amenazó con retirar sus fondos en caso contrario.

—¿Quién es ese patrocinador?

—Le aconsejo que no tire de ese hilo si no quiere acabar siendo juzgado por espiar para los soviéticos.

—Pero esta foto puede ser un truco, un montaje… —dije devolviéndole la foto.

—Le aseguro que no es truco —contestó con una sonrisa triste.

—Dios —comprendí de repente—. ¿Fuiste tú? ¿Tú tomaste la foto?

Asintió.

—Era para mi doctorado en radioastronomía.

—¿Y te juzgaron por espiar para los soviéticos?

—Tuve suerte, sólo me cayeron cinco años.

Nos quedamos un rato en silencio, contemplando el tráfico que se espesaba bajo el tórrido sol. Yo fui el primero en hablar.

—Pero no tiene que ser necesariamente alienígena. ¿Y los rusos?

—No —hizo un gesto despectivo—. Los rusos abandonaron su programa espacial en 1959, tres meses después de que McCarthy cancelara el nuestro. Además, esto es demasiado grande: Mide casi un kilómetro de diámetro. Nosotros no podemos construirlo. Nosotros los humanos, quiero decir. Definitivamente es un artefacto alienígena. Y no sabemos cuánto tiempo puede llevar en órbita alrededor de la Tierra.

Miró su reloj e hizo una mueca.

—Mierda —dijo recogiendo sus cosas—. Mi autobús está a punto de irse. Voy a San Francisco a intentar que algún periódico publique la foto. Ninguno en Los Ángeles ha querido hacerlo.

Me levanté y nos estrechamos las manos.

—Suerte —le deseé.

—Gracias. La necesitaremos todos, creo. Adiós.

Salió precipitadamente del café. Le observé mientras cruzaba la calle y entraba en la estación. Me recosté en el mullido asiento y me encendí otro cigarro. Un burócrata del departamento de estado explicaba en la televisión por qué debíamos invadir Cuba. Me giré hacia la barra y vi a Norma observándome mientras hablaba por teléfono. Su mirada fija e inexpresiva parecía taladrarme, escrutando hasta el más hondo rincón de mi alma.


No hay comentarios:

Publicar un comentario