20091216

N.O.O.S. (9)

9


Un par de horas después seguía sentado en aquel banco, rodeado de colillas, con la cabeza a punto de explotar. El policía uniformado que vigilaba la estación empezaba a mirarme de reojo, dando vueltas a mi alrededor de forma disimulada. Decidí moverme un poco para escapar de su atención. Me levanté y me dirigí a los lavabos, abriéndome paso penosamente entre la multitud, golpeándome las rodillas con las esquinas metálicas de las maletas.

Al llegar a los lavabos respiré aliviado. Allí el aire era agradablemente fresco y apenas había nadie. Me dirigí a las picas y abrí el grifo. Sumergí la cabeza bajo el chorro de agua fría, frotándome la cara y el cabello. Sentía cómo el frío me entumecía y hacía retroceder levemente el dolor. Permanecí así unos segundos, idiotizado por el alivio.

Cuando levanté la cabeza vi en el espejo que había dos hombres detrás de mí, observándome en silencio. Durante un interminable segundo estuvimos mirándonos en el reflejo, paralizados como conejos ante los faros de un coche. Entonces el de mi derecha, un rubio bajito de ojos muy claros que vestía como un vendedor de seguros, me sonrió. Esa sonrisa rompió el equilibrio de la escena. Me giré rápidamente a mi izquierda, lanzando un codazo a la nariz del otro tipo, que parecía un estibador y era al que yo había catalogado como el más peligroso a corto plazo.

Lamentablemente él ya no estaba allí. Y no me dio tiempo ni de empezar a buscarlo cuando él me encontró a mí. Un puño se hundió en mi estómago y me dobló como una navaja. Mi rostro se dirigía directo hacia el suelo, pero se encontró con una rodilla que subía velozmente. Me dio en el ojo. El rodillazo me lanzó hacia atrás y caí violentamente.

Intenté sacar el revólver, pero una serie de patadas me hizo rodar por el suelo. Un pie me pisó la muñeca mientras unas manos rebuscaban en mi chaqueta. Me quitaron el revólver. Oí un chapoteo a mi izquierda, en los retretes. Estibador me agarró de las solapas de la chaqueta, me levantó como si fuera un bebé y me estrelló contra la pared. Siguió golpeándome, centrándose sobretodo en el torso, pero sin desdeñar la cara cuando la bajaba demasiado. Yo me dejaba hacer, toda resistencia era inútil.

Finalmente los golpes cesaron, de forma abrupta, como si alguien hubiese cerrado un interruptor. Me dejé caer al suelo, resbalando por la pared con los ojos cerrados. Me dolía tanto que sentía nauseas. Respiré profundamente, intentando pensar. O mucho había cambiado el negocio, o Estibador ya había acabado y ahora le tocaba el turno a Vendedor de Seguros. Abrí los ojos lentamente. Allí estaba, agachado ante mí, observándome con sus ojos azules y con esa sonrisa de compasión, como si lamentase de verdad tener que llegar a esto.


—¿Y bien? —pregunté. Ya conocía lo que venía ahora y no tenía ganas de alargarlo más de lo estrictamente necesario.

—Ha estado usted hablando con el FBI, señor Dick.

Su voz era plana, monocorde. No admitía refutación, no estaba enunciando una sospecha o una creencia, sino un hecho, una verdad. Una realidad.

—Así es —admití.

—No le conviene volver a hablar con ellos.

—Está bien, me ha convencido. No lo haré nunca más —hice una mueca de dolor—. ¿Es lo que quería oír? ¿Lo he hecho bien?

Me contempló durante unos instantes, como si no acabara de entender mis palabras.

—Recuérdelo —replicó—. No les revelará ningún dato acerca de Dowland.

—¿Dowland? ¿Qué Dowland? —contesté.

Quería hacerme el gracioso. Una de esas ingeniosas réplicas hollywoodienses. “Esta conversación no ha ocurrido”. “¿Qué conversación?”. Pero mientras la pronunciaba una idea explotó en el fondo de mi cerebro. Me incorporé un poco, sintiendo su onda expansiva llenar mi cabeza.

—¿A qué Dowland se refiere? —repetí—. ¿A Jack o a Jane?

Por toda respuesta Vendedor de Seguros se levantó, se hizo a un lado y miró a Estibador, que se acercó lentamente. Inclinándose levemente me lanzó un puñetazo a la cara, de arriba abajo.

Me alegré indeciblemente al comprender que ese golpe me dejaría inconsciente. Durante un rato podría escapar del dolor.


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