20100125

N.O.O.S. (15)

15

Llevaba un buen rato tosiendo cuando comprendí que no estaba muerto. Como parecía que nadie estaba intentando matarme no hice nada y me quedé tirado en el suelo, disfrutando de la sensación del aire entrando en mis pulmones. Estaba mareado y tenía nauseas. Sentía un horrible dolor en… Bueno, creo que en el pie izquierdo había un par de dedos que no me dolían.

Cuando se me empezó a aclarar la vista me incorporé. Estibador estaba tirado junto a mí, sobre un charco de sangre que se iba extendiendo lentamente. Junto a su cabeza había una vieja máquina de escribir de hierro colado, destrozada. Había alguien más, de espaldas, observando a través de la puerta entreabierta. La cerró y echó el cerrojo.

—Todo despejado. Nadie parece haberse enterado de nada. Qué ciudad.

Era Chinaski.

—Supongo que debo darte las gracias —dije señalando a Estibador y a la máquina de escribir—. ¿No te has pasado un poco?

—Lo intenté con besos, pero no funcionó. ¿Está muerto?

Me levanté y le tomé el pulso.

—No. Pero cuando despierte se va a sentir furioso.

—Y también muy solo. Venga, vámonos.

Recogí mi revólver, mi sombrero y el sobre marrón. Salimos de la oficina de correos.

—Tu autobús sale dentro de diez minutos del andén ocho —dijo Chinaski mientras nos abríamos paso entre la gente. Me ofreció la mano—. Creo que esto es una despedida.

—Hay una cosa que no entiendo —contesté estrechándosela—. ¿Por qué me has ayudado con ese gigante?

—No podía dejar que mataran al gran Jack Dowland en mi oficina.

—¿Sabías desde el principio que yo era Dowland?

Por toda respuesta, Chinaski sonrió.

—¿Y por qué no me ayudaste con lo del apartado de correos? Me habrías ahorrado dos palizas.

—Tú mismo me lo prohibiste. “No le hables a nadie de mí” dijiste. “Ni siquiera a mí mismo”. Insististe mucho en eso. No lo recuerdas, ¿verdad?

No, no lo recordaba. Y empezaba a estar muy harto de eso.

—Adiós, Dowland. Buena suerte.

Empezó a escurrirse entre los viajeros, camino de la calle.

—¡Adiós! —le grité—. ¡Y no me llamo Dowland!

Se giró y volvió a sonreír.

—¡Ni yo Chinaski!

Y desapareció entre la gente.


20100118

N.O.O.S. (14)

14

Me dirigí hacia la puerta lentamente, como en un sueño. Tardé unos siete años en llegar hasta ella. La abrí un poco y observé el vestíbulo de la estación. La multitud parecía haber alcanzado su densidad crítica. Se había solidificado en una masa comprimida en la que nadie podía moverse.

Y entonces lo vi. Estibador se abría paso entre la gente a empujones, sin ningún cuidado, su mirada fija en mí. Me recordó a uno de esos barcos rompehielos que se abren paso a través del casquete polar fracturándolo todo a su paso. Volví a cerrar la puerta. Apoyé mi espalda contra la pared y saqué mi revólver, agarrándolo por el cañón. Esperé durante una eternidad que sólo llenaban los latidos desbocados de mi corazón y el estruendo que hacía el segundero del reloj colgado de la pared.

Estibador entró en la oficina. Debió de verme por el rabillo del ojo, porque empezó a girarse hacia mí, pero ya era demasiado tarde. Le golpeé con la empuñadura del revólver justo detrás de la oreja. Debo confesar que no me contuve en absoluto. Le di con todas mis fuerzas. Cayó de rodillas, echándose la mano a la oreja. Hilillos de sangre corrieron entre sus dedos. Apoyó la otra mano en el suelo y empezó a levantarse, sin soltar una palabra, ni un quejido siquiera. Hay que reconocerlo, el tipo sabía encajar. Volví a levantar el revólver para acabar de dejarlo fuera de combate. Pero no pude volver a golpear. La mano con que se sujetaba la oreja salió disparada y antes de que pudiese hacer nada me agarró del tobillo y estiró. De repente estaba tumbado en el suelo, con un lacerante dolor en la espalda y un montón de moscas bailando ante mis ojos. Las moscas se desvanecieron y entonces pude ver cómo Estibador se abalanzaba sobre mí.

Vale. Estaba en dificultades. Había perdido el factor sorpresa. Y también la iniciativa. Y estaba en una posición de desventaja. Pero aún tenía mi revólver. Lo alcé y, al intentar amartillarlo, recordé que lo tenía cogido del revés. El gigante me miró como si le estuviese apuntando con un plátano. Lanzó un manotazo y me arrancó el arma de la mano, lanzándola a un rincón de la oficina.

Vale. Mis opciones se reducían. Cogí aire (otra punzada de dolor en las costillas) y me dispuse a pedir ayuda, pero las manazas de Estibador se cerraron sobre mi garganta. Empecé a lanzar puñetazos contra sus costillas, una y otra vez, machaconamente. Ni siquiera parecía notarlo. Estaba inclinado sobre mí, sus garras alrededor de mi cuello, apretando cada vez más. Me observaba sin expresión alguna, con indiferencia. La sangre le corría por el cuello y la oreja, goteando sobre mi cara. Mis puñetazos eran cada vez más débiles. Las moscas habían vuelto y eran tantas que no podía ver nada. La cabeza estaba a punto de estallarme, con el corazón latiéndome estruendosamente en los oídos. Los pulmones me ardían.

De pronto recordé las palabras del Jefe: “Es igual de malo como detective que como escritor”, había dicho. “Y al final le acabará ocurriendo algo horrible”. Con la última hebra de consciencia que me quedaba le di la razón.


20100111

N.O.O.S. (13)

13

No os voy a engañar, fue una noche dura. Cuando uno se está recuperando de un episodio psicótico, lo que menos le ayuda es descubrir que, sin saberlo, ha escrito y publicado una novela, y que por ello es perseguido por una atractiva agente soviética y sus matones, que además lo han contratado a uno sin saber que el sabueso y la presa son la misma persona. Por no mencionar que había sido investigado por el FBI y que me había convertido en un símbolo para una banda de lunáticos convencidos de que la Tierra estaba sufriendo una invasión alienígena. Lo que os decía, una noche difícil.

Pero el Nembutal y el whisky ayudaron a pasarla y cuando desperté a la mañana siguiente, dolorido y resacoso, ya me sentía un poco mejor. Y lo más importante, había tomado una resolución: Iría a la oficina postal y le apretaría las tuercas al gilipollas de Chinaski hasta que me diese los datos completos del apartado de correos 3274. Y si realmente yo era Dowland, yo mismo iría por mi propio pie al hospital psiquiátrico y no pararía hasta que me dejasen entrar.

La estación estaba, si era posible, aún más atestada que el día anterior. Hacía un calor húmedo, espeso, y todos parecíamos nadar en un océano de aceite caliente. Crucé el vestíbulo rápidamente, girando la cabeza en todas direcciones. No había rastro de Vendedor de Seguros ni de Estibador.

Abrí violentamente la puerta de cristal esmerilado, sobresaltando a Chinaski, que dormitaba inclinado sobre el mostrador de madera pulida. Me acerqué rápidamente a él y antes de que pudiera hacer nada le agarré de la corbata y lo atraje hacia mí, por encima del mostrador.

—Se acabaron las contemplaciones, Chinaski. Me vas a dar ahora mismo toda la información del apartado de correos 3274.

Me miró con los ojos desorbitados.

—¿Sabes que esto que estás haciendo…?

—Sí, es un delito, lo sé —le interrumpí—. La información. Ahora.

—No te la puedo dar, tío —tartamudeó—. Esos datos están en la oficina central de Grand Avenue. Créeme. Es la verdad, tío. Créeme.

—Vale, cállate ya.

Le solté. Corrió a encerrarse en el pequeño despacho que había en la parte trasera de la oficina. Sin duda ahora mismo estaba llamando a la policía. Tenía que salir de allí deprisa. Estaba otra vez como al principio. A no ser…

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y saqué mi llavero. Allí estaba. Entre todas las demás viejas conocidas había una llave pequeña que no había visto nunca. O, por lo menos, yo no recordaba haberla visto nunca. Hasta ahora. Me dirigí lentamente al pequeño buzón con el número 3274 e introduje la llave en su cerradura. Sentía un ligero vértigo. Giré la llave y el buzón se abrió con un chasquido.

En su interior había algunas cartas (de “Jacks” admiradores, supuse) y un sobre grande, de color marrón, con un billete de autobús sujeto con un clip. El sobre estaba dirigido a la atención de Philip K. Dick. Me costó un par de segundos recordar que ése era yo. Un poco más abajo podía leerse escrito en mayúsculas: “SI ESTÁS LEYENDO ESTO, ESTÁS EN GRAVE PELIGRO. SAL DE LA OFICINA Y COGE EL AUTOBÚS AHORA MISMO O ELLOS NOS MATARÁN”.

20100104

N.O.O.S. (12)

12

Salí del café y me dirigí a la oficina, arrastrándome por las calles como un perro apaleado. No quise coger un taxi. Necesitaba reflexionar. Hay gente que sólo puede pensar sentada en una cómoda butaca, o con un viejo sombrero puesto, o mirando al mar. Mi manera de hacerlo es caminando. Cuando llegué a la oficina no había sacado nada en claro, pero al menos había llegado a algunas conclusiones.

Primera: Iba a pasar totalmente de James Byron. Realmente yo no sabía si el joven estaba loco, o se había quedado colgado por las drogas, o si simplemente se había reído de mí. Pero estaba claro que el asunto de la cancelación del programa espacial y la invasión alienígena no tenía nada que ver con el caso. Así que lo ignoraría, aunque fuera sólo por simplificar.

Segunda: Me hallaba en un callejón sin salida respecto a Jack Dowland. Estaba casi seguro de que era un pseudónimo: Podía ser cualquiera y la única pista era aquel jodido apartado postal. Si no cambiaban mucho las cosas, me aguardaban muchas horas de espera en aquella estación.

Tercera: Jane Dowland era sin duda la pieza más interesante del rompecabezas. Y la más difícil de encajar. Tenía claro que ella tampoco usaba su verdadero nombre y, por supuesto, que no era la hermana de Jack. ¿Por qué lo buscaba, entonces? ¿Y por qué los federales la buscaban a ella?

Conclusión: Era inútil darle vueltas una y otra vez a lo mismo. Necesitaba datos nuevos y sabía exactamente quién me los podía dar. Y qué me iba a pedir a cambio.

Una vez en la oficina me aflojé el nudo de la corbata, me puse una copa y me encendí un cigarro. Dudé un poco ante la colección de discos, pero viendo el cariz que tomaba el caso, me decidí por Ornette Coleman. Me senté en la mesa de mi despacho con una tarjeta en la mano y el auricular del teléfono en la otra. Respiré hondo (una punzada de dolor en las costillas) y marqué el número.

—Johnson —respondió una voz casi al instante.

—¿Agente Johnson? Soy Philip K. Dick, de la agencia de detectives Dick. Hablamos ayer, ¿recuerda?

—Sí, claro que le recuerdo.

Su voz sonaba tranquila y neutra. Podía imaginármelo, recién afeitado y con la camisa impoluta, sin una sola arruga.

—Creo que he cambiado de opinión. Quizá sí pueda colaborar con ustedes en ese asunto de Jane Dowland.

—Espere un momento, Dick.

Del auricular surgieron algunos ruidos apagados. Y luego otra voz, la del Jefe.
—Sí. Hola, Dick.

—Hola, Jefe. Le decía a Johnson que…

—Olvídelo, Dick —me interrumpió—. La investigación se ha cancelado. El caso ha sido archivado.

—¿Pero cómo…?

—La orden ha llegado esta tarde, sobre las cuatro —calculé mentalmente, a esa hora a mí me estaban dando una paliza en los aseos de la estación de autobuses de Alameda Street—. Al parecer ha venido de muy arriba. Del mismísimo John Edgar Hoover, quizá.

—¿Y a Jack Dowland? ¿A él le siguen buscando?

El jefe tardó un poco en responder.

—No. No lo hemos hecho nunca. Hicimos algunas averiguaciones cuando sacó ese libro suyo. Pero en seguida nos quedó claro que no es ninguna amenaza para el presidente. De todas maneras, no debería ponerse usted así, Dick. Es nuestro trabajo. En el fondo es culpa suya, por escribir esa basura. Pero quédese tranquilo, su secreto está a salvo. Nadie sabrá por nosotros que usted es Dowland.

El mundo entero estalló en mil millones de pedazos, para volver a recomponerse un instante después. No había durado más de un segundo, como el latido de un corazón: Sístole-diástole. Explosión-implosión. Pero yo no estaba seguro de que se hubiese unido de la forma correcta, tal y como estaba antes. Todo parecía estar en su sitio, igual que siempre, pero bajo la superficie del mundo algo había cambiado, algo se había roto y yo sabía que nunca volvería a ser lo mismo.

—¿Cómo dice? —balbuceé.

—¿Se encuentra bien, Dick? —preguntó Jefe—. Mire, hijo, le voy a dar un consejo: Búsquese un trabajo. Es igual de malo como detective que como escritor. Y al final le acabará ocurriendo algo horrible. Busque un trabajo, busque una buena chica. Cásese. Vote a los republicanos —rió—. Hágame caso, Dick. Hágame caso.

Y colgó.

Me quedé con el auricular en la mano, en silencio. En ese momento sonaba Kaleidoscope en el tocadiscos. Reí amargamente. Me parecía terriblemente adecuado.