20100111

N.O.O.S. (13)

13

No os voy a engañar, fue una noche dura. Cuando uno se está recuperando de un episodio psicótico, lo que menos le ayuda es descubrir que, sin saberlo, ha escrito y publicado una novela, y que por ello es perseguido por una atractiva agente soviética y sus matones, que además lo han contratado a uno sin saber que el sabueso y la presa son la misma persona. Por no mencionar que había sido investigado por el FBI y que me había convertido en un símbolo para una banda de lunáticos convencidos de que la Tierra estaba sufriendo una invasión alienígena. Lo que os decía, una noche difícil.

Pero el Nembutal y el whisky ayudaron a pasarla y cuando desperté a la mañana siguiente, dolorido y resacoso, ya me sentía un poco mejor. Y lo más importante, había tomado una resolución: Iría a la oficina postal y le apretaría las tuercas al gilipollas de Chinaski hasta que me diese los datos completos del apartado de correos 3274. Y si realmente yo era Dowland, yo mismo iría por mi propio pie al hospital psiquiátrico y no pararía hasta que me dejasen entrar.

La estación estaba, si era posible, aún más atestada que el día anterior. Hacía un calor húmedo, espeso, y todos parecíamos nadar en un océano de aceite caliente. Crucé el vestíbulo rápidamente, girando la cabeza en todas direcciones. No había rastro de Vendedor de Seguros ni de Estibador.

Abrí violentamente la puerta de cristal esmerilado, sobresaltando a Chinaski, que dormitaba inclinado sobre el mostrador de madera pulida. Me acerqué rápidamente a él y antes de que pudiera hacer nada le agarré de la corbata y lo atraje hacia mí, por encima del mostrador.

—Se acabaron las contemplaciones, Chinaski. Me vas a dar ahora mismo toda la información del apartado de correos 3274.

Me miró con los ojos desorbitados.

—¿Sabes que esto que estás haciendo…?

—Sí, es un delito, lo sé —le interrumpí—. La información. Ahora.

—No te la puedo dar, tío —tartamudeó—. Esos datos están en la oficina central de Grand Avenue. Créeme. Es la verdad, tío. Créeme.

—Vale, cállate ya.

Le solté. Corrió a encerrarse en el pequeño despacho que había en la parte trasera de la oficina. Sin duda ahora mismo estaba llamando a la policía. Tenía que salir de allí deprisa. Estaba otra vez como al principio. A no ser…

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y saqué mi llavero. Allí estaba. Entre todas las demás viejas conocidas había una llave pequeña que no había visto nunca. O, por lo menos, yo no recordaba haberla visto nunca. Hasta ahora. Me dirigí lentamente al pequeño buzón con el número 3274 e introduje la llave en su cerradura. Sentía un ligero vértigo. Giré la llave y el buzón se abrió con un chasquido.

En su interior había algunas cartas (de “Jacks” admiradores, supuse) y un sobre grande, de color marrón, con un billete de autobús sujeto con un clip. El sobre estaba dirigido a la atención de Philip K. Dick. Me costó un par de segundos recordar que ése era yo. Un poco más abajo podía leerse escrito en mayúsculas: “SI ESTÁS LEYENDO ESTO, ESTÁS EN GRAVE PELIGRO. SAL DE LA OFICINA Y COGE EL AUTOBÚS AHORA MISMO O ELLOS NOS MATARÁN”.

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