20100104

N.O.O.S. (12)

12

Salí del café y me dirigí a la oficina, arrastrándome por las calles como un perro apaleado. No quise coger un taxi. Necesitaba reflexionar. Hay gente que sólo puede pensar sentada en una cómoda butaca, o con un viejo sombrero puesto, o mirando al mar. Mi manera de hacerlo es caminando. Cuando llegué a la oficina no había sacado nada en claro, pero al menos había llegado a algunas conclusiones.

Primera: Iba a pasar totalmente de James Byron. Realmente yo no sabía si el joven estaba loco, o se había quedado colgado por las drogas, o si simplemente se había reído de mí. Pero estaba claro que el asunto de la cancelación del programa espacial y la invasión alienígena no tenía nada que ver con el caso. Así que lo ignoraría, aunque fuera sólo por simplificar.

Segunda: Me hallaba en un callejón sin salida respecto a Jack Dowland. Estaba casi seguro de que era un pseudónimo: Podía ser cualquiera y la única pista era aquel jodido apartado postal. Si no cambiaban mucho las cosas, me aguardaban muchas horas de espera en aquella estación.

Tercera: Jane Dowland era sin duda la pieza más interesante del rompecabezas. Y la más difícil de encajar. Tenía claro que ella tampoco usaba su verdadero nombre y, por supuesto, que no era la hermana de Jack. ¿Por qué lo buscaba, entonces? ¿Y por qué los federales la buscaban a ella?

Conclusión: Era inútil darle vueltas una y otra vez a lo mismo. Necesitaba datos nuevos y sabía exactamente quién me los podía dar. Y qué me iba a pedir a cambio.

Una vez en la oficina me aflojé el nudo de la corbata, me puse una copa y me encendí un cigarro. Dudé un poco ante la colección de discos, pero viendo el cariz que tomaba el caso, me decidí por Ornette Coleman. Me senté en la mesa de mi despacho con una tarjeta en la mano y el auricular del teléfono en la otra. Respiré hondo (una punzada de dolor en las costillas) y marqué el número.

—Johnson —respondió una voz casi al instante.

—¿Agente Johnson? Soy Philip K. Dick, de la agencia de detectives Dick. Hablamos ayer, ¿recuerda?

—Sí, claro que le recuerdo.

Su voz sonaba tranquila y neutra. Podía imaginármelo, recién afeitado y con la camisa impoluta, sin una sola arruga.

—Creo que he cambiado de opinión. Quizá sí pueda colaborar con ustedes en ese asunto de Jane Dowland.

—Espere un momento, Dick.

Del auricular surgieron algunos ruidos apagados. Y luego otra voz, la del Jefe.
—Sí. Hola, Dick.

—Hola, Jefe. Le decía a Johnson que…

—Olvídelo, Dick —me interrumpió—. La investigación se ha cancelado. El caso ha sido archivado.

—¿Pero cómo…?

—La orden ha llegado esta tarde, sobre las cuatro —calculé mentalmente, a esa hora a mí me estaban dando una paliza en los aseos de la estación de autobuses de Alameda Street—. Al parecer ha venido de muy arriba. Del mismísimo John Edgar Hoover, quizá.

—¿Y a Jack Dowland? ¿A él le siguen buscando?

El jefe tardó un poco en responder.

—No. No lo hemos hecho nunca. Hicimos algunas averiguaciones cuando sacó ese libro suyo. Pero en seguida nos quedó claro que no es ninguna amenaza para el presidente. De todas maneras, no debería ponerse usted así, Dick. Es nuestro trabajo. En el fondo es culpa suya, por escribir esa basura. Pero quédese tranquilo, su secreto está a salvo. Nadie sabrá por nosotros que usted es Dowland.

El mundo entero estalló en mil millones de pedazos, para volver a recomponerse un instante después. No había durado más de un segundo, como el latido de un corazón: Sístole-diástole. Explosión-implosión. Pero yo no estaba seguro de que se hubiese unido de la forma correcta, tal y como estaba antes. Todo parecía estar en su sitio, igual que siempre, pero bajo la superficie del mundo algo había cambiado, algo se había roto y yo sabía que nunca volvería a ser lo mismo.

—¿Cómo dice? —balbuceé.

—¿Se encuentra bien, Dick? —preguntó Jefe—. Mire, hijo, le voy a dar un consejo: Búsquese un trabajo. Es igual de malo como detective que como escritor. Y al final le acabará ocurriendo algo horrible. Busque un trabajo, busque una buena chica. Cásese. Vote a los republicanos —rió—. Hágame caso, Dick. Hágame caso.

Y colgó.

Me quedé con el auricular en la mano, en silencio. En ese momento sonaba Kaleidoscope en el tocadiscos. Reí amargamente. Me parecía terriblemente adecuado.


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