20100118

N.O.O.S. (14)

14

Me dirigí hacia la puerta lentamente, como en un sueño. Tardé unos siete años en llegar hasta ella. La abrí un poco y observé el vestíbulo de la estación. La multitud parecía haber alcanzado su densidad crítica. Se había solidificado en una masa comprimida en la que nadie podía moverse.

Y entonces lo vi. Estibador se abría paso entre la gente a empujones, sin ningún cuidado, su mirada fija en mí. Me recordó a uno de esos barcos rompehielos que se abren paso a través del casquete polar fracturándolo todo a su paso. Volví a cerrar la puerta. Apoyé mi espalda contra la pared y saqué mi revólver, agarrándolo por el cañón. Esperé durante una eternidad que sólo llenaban los latidos desbocados de mi corazón y el estruendo que hacía el segundero del reloj colgado de la pared.

Estibador entró en la oficina. Debió de verme por el rabillo del ojo, porque empezó a girarse hacia mí, pero ya era demasiado tarde. Le golpeé con la empuñadura del revólver justo detrás de la oreja. Debo confesar que no me contuve en absoluto. Le di con todas mis fuerzas. Cayó de rodillas, echándose la mano a la oreja. Hilillos de sangre corrieron entre sus dedos. Apoyó la otra mano en el suelo y empezó a levantarse, sin soltar una palabra, ni un quejido siquiera. Hay que reconocerlo, el tipo sabía encajar. Volví a levantar el revólver para acabar de dejarlo fuera de combate. Pero no pude volver a golpear. La mano con que se sujetaba la oreja salió disparada y antes de que pudiese hacer nada me agarró del tobillo y estiró. De repente estaba tumbado en el suelo, con un lacerante dolor en la espalda y un montón de moscas bailando ante mis ojos. Las moscas se desvanecieron y entonces pude ver cómo Estibador se abalanzaba sobre mí.

Vale. Estaba en dificultades. Había perdido el factor sorpresa. Y también la iniciativa. Y estaba en una posición de desventaja. Pero aún tenía mi revólver. Lo alcé y, al intentar amartillarlo, recordé que lo tenía cogido del revés. El gigante me miró como si le estuviese apuntando con un plátano. Lanzó un manotazo y me arrancó el arma de la mano, lanzándola a un rincón de la oficina.

Vale. Mis opciones se reducían. Cogí aire (otra punzada de dolor en las costillas) y me dispuse a pedir ayuda, pero las manazas de Estibador se cerraron sobre mi garganta. Empecé a lanzar puñetazos contra sus costillas, una y otra vez, machaconamente. Ni siquiera parecía notarlo. Estaba inclinado sobre mí, sus garras alrededor de mi cuello, apretando cada vez más. Me observaba sin expresión alguna, con indiferencia. La sangre le corría por el cuello y la oreja, goteando sobre mi cara. Mis puñetazos eran cada vez más débiles. Las moscas habían vuelto y eran tantas que no podía ver nada. La cabeza estaba a punto de estallarme, con el corazón latiéndome estruendosamente en los oídos. Los pulmones me ardían.

De pronto recordé las palabras del Jefe: “Es igual de malo como detective que como escritor”, había dicho. “Y al final le acabará ocurriendo algo horrible”. Con la última hebra de consciencia que me quedaba le di la razón.


2 comentarios:

  1. Este fragmento parece ser autónomo, parece funcionar solo, con su propia estructura.
    Me ha gustado, Ricardo. La lucha está muy bien descrita, el cómo falla también. Y el punto ácido del cierre, muy adecuado, le da un ribete.
    "densidad crítica" y el símil con el rompehielos, también me han llamado la atención.
    El primer "vale", no me ha gustado, pero luego lo he encontrado natural, por repetición. Y las moscas, cuando la sangre deja de fluir por el cerebro, otro hallazgo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por tus comentarios, Igor. Me encanta que haya este feedback con los lectores.
    En un principio este capítulo debería haber sido un poco más onírico. De hecho, empieza de una manera un poco surrealista. Pero a la hora de escribirlo la dura realidad acabó abriéndose paso, como un rompehielos.
    Me alegra que te haya gustado.

    ResponderEliminar