20100222

N.O.O.S. (19)

19

La niebla era tan densa que apenas podía ver la punta de mis zapatos. Se condensaba en gotas que colgaban del ala de mi sombrero y resbalaban por la gabardina. Oía el chapoteo del agua no muy lejos frente a mí. Me dirigí hacia allá y casi caigo al mar. Me había detenido en el borde de un muelle. Gigantes herrumbrosos se mecían en las aguas aceitosas, escorados.

A lo lejos, la luz de los reflectores surcaba la oscuridad para iluminar la barriga hinchada de las nubes. El rumor apagado de los motores llenaba el cielo, acompañado de sirenas y explosiones.

Me giré. A lo largo del muelle se sucedían las moles informes de los almacenes y las amenazantes grúas. A unos cien metros un parpadeante cono de luz colgaba de un farol, dibujando un círculo de penumbra en medio del muelle. Dos figuras me contemplaban desde allí, muy quietos, sus rostros ocultos por sus sombreros.

Me encendí un cigarro y caminé poco a poco hacia ellos, estudiándolos. Un hombre y una mujer. El hombre llevaba un oscuro abrigo largo y un sobrero. Más cerca de los cuarenta que de los treinta, rostro serio, pero se adivinaba que esto era una excepción. Su cara parecía acostumbrada a sonreír, incómoda con tanta severidad.

Ella llevaba gabardina clara, medias negras, zapatos de tacón y sombrero con velo de redecilla. Se había pintado los labios de rojo, a juego con las uñas. Treinta años. Morena. No especialmente guapa, pero con la misma mirada descarada de la foto.

—Buenas noches, señor Dick.

—Buenas noches, señorita Dowland —contesté—. Aunque todavía no me ha aclarado si es señora o…

—Llámeme Jane —me interrumpió.

—Y usted es Jack Dowland, supongo —dije volviéndome al hombre.

Éste me sonrió y me guiñó un ojo.

—Hola, Philip. ¿Cómo estás?

Preferí ignorar su pregunta. Le di una calada al cigarro e hice un gesto vago que abarcaba el cielo, el muelle y los buques hundidos.

—¿Qué se supone que es todo esto?

—¿No lo adivina, señor Dick? —contestó Jane.

—Es el interior de mi cabeza, ¿no?

—No exactamente —intervino Jack—. Se trata más bien de una representación. Una metáfora de lo que está pasando realmente en tu cabeza.

—Pues como metáfora no es gran cosa. ¿Qué está ocurriendo exactamente?

—Se está librando una guerra. Hace doce nanosegundos se inició la transferencia de mi personalidad a tu cerebro —dijo Jane—. Se trata de una copia simplificada de la Jane original, por lo que la transferencia se completó en sólo tres nanosegundos. Después inicié la búsqueda de Jack. La mayoría de sus estructuras mentales se alojaban en ese noventa y cinco por ciento del cerebro que los humanos no usáis, aunque había ramificaciones que llegaban hasta las zonas que procesan los estímulos visuales y auditivos y los centros del lenguaje y proceso lógico.

>>Hace seis nanosegundos empecé a eliminar la personalidad de Jack. Sus débiles intentos de resistencia fueron inútiles ante una Auditora de Noveno Grado de la Ortodoxia de N.O.O.S. Los despojos de su mente (cerca de un dieciocho por ciento del original) se refugiaron en las zonas ocupadas por usted, señor Dick, en un intento de protegerse. Eso ocurrió hace un nanosegundo.

>>Desde ese momento hasta ahora me he dedicado a construir esta representación con el objeto de poder reunirnos los tres. La Ortodoxia Noética no tiene ningún interés en dañar a un colaborador humano. Sólo estamos interesados en el traidor Jack Dowland. Coopere con nosotros, ayúdenos a eliminarle y su mente no sufrirá ningún daño…

Levanté las manos, interrumpiéndola.

—¿Qué ha querido decir con eso de “colaborador humano”? —pregunté.

Jane sacó de su bolso una pequeña pitillera plateada. La abrió delicadamente y sacó un cigarrillo. Se lo colocó en los labios cuidadosamente, con la punta de los dedos. Empezó a buscar el mechero. Me adelanté, impaciente, y se lo encendí con el mío. A la luz de la llama observé su rostro. No todo debía ir tan bien como ella decía, bajo su seguridad inexpresiva pude ver un brillo nervioso en los ojos, un ligero temblor en la mano. Miré de reojo a Jack, que seguía mirándonos, sonriendo.

—Usted trabaja para nosotros, señor Dick —dijo Jane envuelta en una nube de humo—, como detective. Localizando a los rebeldes o criminales noéticos que se descargan ilegalmente en cerebros humanos. No puede recordarlo porque Dowland ha borrado sus recuerdos…

—Eso es mentira —la cortó Jack—. Yo no he borrado tus recuerdos. Son ellos los que lo hacen cada vez que concluyes una búsqueda, para proteger su secreto. Si supieras cuántas veces alguno de nosotros te ha advertido de la invasión, a cuántos de nosotros has encontrado para que luego ellos…

No acabó la frase. Los tres sabíamos qué pasaba cuando la Ortodoxia descubría dónde se ocultaba un rebelde. Jack se había quedado callado, mirando con expresión triste el cielo surcado por círculos de luz. Jane me miraba fijamente, como si esperara que yo dijese algo. Una idea empezó a tomar forma en mi cabeza, y cuanto más pensaba en ella más seguro estaba que era cierta.

—¡Hijo de puta! —le dije a Jack—. Por eso te descargaste en mi cerebro. Sabías que me encargarían encontrarte y que cuando lo hiciera me eliminarían contigo…

—Querían eliminarle, señor Dick —ahora era Jane la que parecía divertirse con la escena—, para que no volviese a trabajar con nosotros. Ya ve que los motivos del señor Dowland no son tan ejemplares como pretende hacerle creer. Desde que se descargó en su cabeza no ha dejado de manipularle, alterando todo lo que ve y oye. Incluso lo que piensa —Jane estaba gritando ahora para hacerse oír sobre el ruido de los motores, que era cada vez más fuerte—. ¿De verdad se había creído todo eso de la colaboración y la simbiosis?

—¿Es vuestra alternativa mejor? —le espetó Jack.

Empezaron a discutir, chillándose mutuamente, pero yo ya no podía oír sus voces, ahogadas por el atronador estruendo de una gigantesca flota de aeronaves que nos sobrevolaba. Eran cientos, miles de aviones que aparecían y desaparecían entre las nubes. Me llevé las manos a los oídos.

—¿Qué coño está pasando ahora? —les grité.

Dejaron de discutir. Jane me miró con expresión triunfante.

—Mientra yo hacía perder el tiempo a Dowland hablando, ha sido descargada una segunda copia de mi mente. Ahora procederá a eliminar a…

Sus palabras se congelaron en su garganta. Había intentado agarrar a Jack del hombro pero su mano lo había atravesado, como si estuviese hecho de aire. Lo miró con estupefacción. Jack sonrió una vez más. Estaba empezando a desvanecerse.

—Lo siento, Jane, pero yo apenas estoy aquí ya. He utilizado la señal de retorno del láser rosa para reenviar la mayor parte de mi mente de vuelta a N.O.O.S. Al área estanca de pretransmisión, concretamente. Allí he modificado las instrucciones de tu segunda copia, que estaba a punto de ser descargada —la voz de Jack era muy débil, casi había desaparecido del todo—. Me temo que es a ti a quien va a proceder a eliminar. Adiós, Jane. Adiós, Philip…

Se había esfumado, como un jirón de niebla al sol. Un silbido agudo cortó el cielo en dos. Allá arriba los bombarderos habían abierto sus compuertas y miles de pequeños puntitos se precipitaban sobre nosotros. A mí todo me daba igual ya, pero Jane parecía aterrada.

—¡Interrumpid la secuencia! —gritaba—. ¡Dowland ha escapado! ¡Interrumpid…!

Los silbidos ahogaron su voz. Eran tan agudos que parecían arañar mi cerebro con puntas de diamante. Me pregunté si me daría tiempo de acercarme a ella y besarla antes de que cayeran las bombas. Aquellos labios rojos. ¿Podría? No. Mier


20100218

Revista Redes

Un breve apunte.

El próximo lunes 22 de febrero llegará a los kioscos el primer número de la revista Redes. Básicamente se trata de la versión en papel del programa de TVE dirigido por Eduard Punset.

La revista contará con una sección dedicada a la publicación de relatos ultracortos de ciencia ficción. Y en este primer número aparecerá en dicha sección un pequeño relato mío.

La verdad es que ha sido una gran alegría recibir esta noticia. El hecho de superar el filtro, el número de lectores a los que llegará, poder llegar a gente de fuera del fandom... Sí, estoy muy feliz con esto.

Así que ya sabéis, nos vemos el próximo lunes en los kioscos ;)

20100215

N.O.O.S. (18)

18



No sabía qué diablos se suponía que tenía que pasar ahora, pero fuese lo que fuese, no me iba a quedar allí plantado, sudando como un cerdo y con la incómoda sensación de ser observado, como si un gigantesco ojo me escrutara desde el cielo. Me dirigí hacia la cafetería. Necesitaba un café. Necesitaba tiempo para pensar. Necesitaba un poco de sombra, joder.

Justo cuando me disponía a entrar empezó a sonar el teléfono público que había junto a la puerta. Me quedé paralizado, como si sonaran las trompetas que anuncian el Juicio Final. Me acerqué lentamente al teléfono, que seguía repiqueteando insistentemente. Su timbre parecía sonar cada vez más fuerte, llenado mi cabeza hasta amenazar con hacerla estallar. Debía de hacer callar aquel ruido. Alargué la mano hacia el auricular. Y me detuve. La cabina estaba llena de grafitos, escritos sobre la pintura con objetos metálicos, llaves, tornillos y cosas así. Entre la multitud de iniciales, corazones y fechas había una frase que decía: “No lo cojas, Dick”.

Una náusea contrajo mi estómago y empecé a vomitar entre mis pies, con las manos en las rodillas. Estaba mareado, a punto de desmayarme, y tenía mucho frío, a pesar del sol que sentía en la espalda.

La puerta de la cafetería se abrió con un campanilleo y un joven con un mono manchado de grasa salió del local.

—Eh, amigo, ¿se encuentra bien? —preguntó.

—Tranquilo —contesté haciendo un gesto con la mano— ya se me está pasando.

—¿Ya está mejor?

—Sí.

—Entonces, ¿va a contestar al teléfono?

Me erguí, escupí y me limpié los labios con el dorso de la mano.

—Creo que no —respondí.

—Debería hacerlo, señor Dick. Podría ser importante.

Nos miramos unos segundos. Finalmente aparté mis ojos de los suyos, para ponerlos sobre el teléfono, que seguía sonando. El mensaje había cambiado. Ahora decía “¡No se quede quieto!”

Volví a mirar al joven, que ahora miraba hacia arriba, hacia el cielo. Antes de poder pensar siquiera lo que estaba haciendo, alcé la vista yo también. En el cielo, pese a ser mediodía, brillaba una nueva estrella. Era hermosa, brillante, de un color rosa pálido. Y de la estrella surgió un rayo de luz, también de color rosa, que me acertó justo en medio de la frente.


20100208

N.O.O.S. (17)

17

Encontré un asiento libre en la parte de atrás del autobús y me dejé caer en él, apoyando la cabeza en el cristal y sintiendo el sol en la frente y los párpados cerrados. Permanecí así un rato, demasiado cansado y dolorido para nada que no fuera sentir lástima por mí mismo. Cuando abrí los ojos ya habíamos salido del centro y atravesábamos la interminable sucesión de suburbios de Los Ángeles.

Abrí el sobre marrón. En su interior había un fajo de hojas mecanografiadas, una lista de nombres. También había lo que parecía una carta, unas cuantas hojas manuscritas. Guardé la lista en el sobre y empecé a leer la carta.

“Señor Dick:

Doy por supuesto que es usted el señor Philip K. Dick. Si no lo es, eso significa que los dos estamos muertos y poco importa ya lo que quiero explicarle.

En primer lugar, déjeme felicitarle por haberme encontrado. No era tarea fácil. He dicho “haberme encontrado” cuando sería más correcto decir “haberse dado cuenta de que en realidad siempre he estado aquí”. Sí, aquí, con usted, dentro de esta caja de hueso, compartiendo como buenos compañeros un estrecho apartamento del tamaño de un melón.

Será mejor que empiece por el principio para no confundirle más. Pero debo advertirle de que lo que voy a explicarle no va a ser fácil de creer. Le pido que abra su mente, suspenda su incredulidad y haga un esfuerzo por creer en algo que, en principio, le parecerá absurdo o imposible.

Esta historia empieza, decía, en Oechalia, un mundo a cientos de años-luz de distancia. Este mundo estaba habitado por una raza de seres inteligentes que construyeron una poderosa civilización basada, de manera similar a la humana, en el poder de la ciencia y la tecnología.

Se habrá dado cuenta de que he hablado en pasado. En efecto, esta civilización sucumbió. Como ustedes los humanos están empezando a descubrir, ningún sistema finito puede sostener un crecimiento ilimitado. Este axioma tan elemental fue ignorado por nuestra raza, que se limitó a continuar consumiendo los recursos de Oechalia para alimentar las calderas del progreso, desdeñando las cada vez más alarmantes señales de peligro.

Finalmente llegó el desastre y a la escasez de recursos y fuentes de energía se sumaron las luchas por el control de lo poco que quedaba. La extinción completa parecía inevitable. Sin embargo, nos quedaba una salida. Aberrante y horrible, sí, pero era la única alternativa a la muerte segura de toda nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestra especie.

Ahora debo hacer una pequeña digresión. No voy a aburrirle explicándole nuestra biología, anatomía y demás. Bástele saber que nuestra especie se basaba en una bioquímica similar a la humana y que, aunque nuestra morfología era muy diferente a la suya, teníamos algunos elementos muy similares. El cerebro, por ejemplo. Poseíamos un cerebro desarrollado que funcionaba de una manera idéntica a la de los humanos: Impulsos eléctricos en una red neuronal extensa y compleja, en la que aparecía como fenómeno emergente una función metareferencial, la consciencia. Nuestros científicos habían descubierto la manera de mapear esa red y reproducirla en una matriz de cristal. Es decir, habían desarrollado un método para realizar copias de nuestras mentes. Hasta entonces esa tecnología se había usado sólo para realizar simulaciones individuales, con fines políticos. En ese momento, sin embargo, parecía la única puerta de escape de aquel callejón sin salida.

Y así es como se emprendió la construcción del N.O.O.S. (Noetic Observation Orbital Sistem), empresa que consumió los últimos recursos de nuestra moribunda civilización. Nuestros cuerpos nunca podrían sobrevivir a las abismales distancias del viaje interestelar, pero sí lo harían las copias de nuestras mentes, registradas y almacenadas a bordo de una nave que viajaría durante miles de años hasta encontrar un mundo que albergase las condiciones necesarias para empezar de nuevo. Estas condiciones incluirían la existencia de una forma de vida con un cerebro lo suficientemente complejo como para descargar en él nuestras personalidades.

A estas alturas, señor Dick, ya debe usted haber atado los suficientes cabos. La lista de nombres que le adjunto es la relación de personas que han sido “ocupadas” por los noéticos (así llamamos a las mentes oechalianas almacenadas en N.O.O.S.). Revísela cuidadosamente y se llevará varias sorpresas: Los noéticos hemos ocupado ya los puestos clave de sus estructuras de poder, para facilitar así la inminente descarga en masa que nos permitirá apropiarnos de su mundo.

Ahora mismo se estará preguntando por qué le estoy desvelando todos nuestros planes. La respuesta es obvia. No todos los noéticos estamos de acuerdo con este plan de acción. Algunos de nosotros consideramos contraproducente la eliminación de su civilización y creemos que la colaboración sería mucho más deseable. Lamentablemente, los partidarios de la cooperación somos una minoría perseguida, considerados traidores por el resto de noéticos. Pero claro, eso usted ya lo sabe, a estas alturas seguramente ya habrá conocido a alguno de los sabuesos que N.O.O.S. pone tras nosotros.

Bien, ahora ya sabe usted por qué me descargué en su cerebro (descuide, tuve mucho cuidado de no dañar ninguna estructura mental importante) y escribí esa novela. Y por qué le persiguen implacablemente unas inteligencias alienígenas. Probablemente quiera saber qué hacer a continuación. No tengo ni idea. Improvise sobre la marcha. Lo más importante ahora es escapar de Jane y sus esbirros. Después ya pensaremos en algo.

Y recuerde, no está solo. Yo estoy siempre aquí, justo detrás de sus ojos.

Atentamente.

ColanDamDeng/OeChaLia/N.O.O.S.

(Jack Dowland)

PD: Si no me equivoco, su parada es la próxima.”

Alcé la vista, sobresaltado. El autobús se aproximaba a un pequeño pueblo. Había unas cuantas casas, una gasolinera, una cafetería y una parada de autobús. El conductor detuvo el vehículo con un chirrido de frenos y una nube de polvo. Las puertas se abrieron. Me puse en pie y miré a mi alrededor. Los pasajeros me observaban. Bajé y el sol me aplastó contra el suelo como a una cucaracha. Empecé a sudar inmediatamente. El autobús arrancó y me dejó allí, en medio de la nada, bajo el inmenso cielo azul.

20100201

N.O.O.S. (16)

16

Tardé un buen rato en cruzar el vestíbulo y salir por la puerta que daba a las cocheras. Cuando llegué a la número ocho el autobús ya tenía el motor en marcha. Era un Ford de color óxido que probablemente ya era viejo cuando transportaba reclutas durante la I Guerra Mundial. Estaba lleno de negros y mexicanos.

Aporreé la puerta hasta que el conductor, tan viejo como el autobús, me abrió. Me disponía a subir cuando a mi espalda sonó una voz plana, monótona.

—Está usted cometiendo un error, señor Dick.

Me quedé congelado con un pie en la escalerilla del autobús y el otro en el recalentado asfalto. Me giré lentamente, mi mano buscando el bulto bajo mi sobaco izquierdo.

—¿Ah, sí? —contesté—. ¿Y qué va a hacer para sacarme de él? ¿Matarme delante de toda esta gente?

Vendedor de Seguros levantó las manos y sonrió con aquella expresión que parecía lamentar que todo se hubiera desarrollado de aquella manera.

—No sea estúpido, Dick. No queremos matarle, sino ayudarle. Nosotros podemos sacarle a Dowland de la cabeza. Somos su única salida.

—¿Quienes son “nosotros”? —pregunté.

No contestó. Nos observamos un rato, bajo la tensa mirada del conductor y los pasajeros. Una parte de mí quería creerle. Ceder. Que me sacasen a Dowland. Que se acabara toda aquella locura, aunque me tuvieran que freír el cerebro con electroshocks. Pero otra parte quería darle una oportunidad a Dowland, y no estaba dispuesta a acabar el asunto sin antes oír lo que él tenía que decir.

—Lo siento, pero le he cogido cariño a Jack —contesté tocándome la sien con el dedo—. Es casi como de la familia.

Subí al autobús y las puertas se cerraron detrás de mí. Vendedor empezó a golpearlas con los puños.

—¡La está cagando, Dick! —gritaba, los ojos azules muy abiertos—. ¡Dowland está alterando todo lo que ve y oye! ¡No puede confiar en él!

El autobús se puso en marcha y salió de la estación. Avancé por el pasillo, todos los pasajeros evitaban mirarme a los ojos. La voz de Vendedor se seguía oyendo, pero cada vez más lejana. Ya no se entendían sus palabras.