20100215

N.O.O.S. (18)

18



No sabía qué diablos se suponía que tenía que pasar ahora, pero fuese lo que fuese, no me iba a quedar allí plantado, sudando como un cerdo y con la incómoda sensación de ser observado, como si un gigantesco ojo me escrutara desde el cielo. Me dirigí hacia la cafetería. Necesitaba un café. Necesitaba tiempo para pensar. Necesitaba un poco de sombra, joder.

Justo cuando me disponía a entrar empezó a sonar el teléfono público que había junto a la puerta. Me quedé paralizado, como si sonaran las trompetas que anuncian el Juicio Final. Me acerqué lentamente al teléfono, que seguía repiqueteando insistentemente. Su timbre parecía sonar cada vez más fuerte, llenado mi cabeza hasta amenazar con hacerla estallar. Debía de hacer callar aquel ruido. Alargué la mano hacia el auricular. Y me detuve. La cabina estaba llena de grafitos, escritos sobre la pintura con objetos metálicos, llaves, tornillos y cosas así. Entre la multitud de iniciales, corazones y fechas había una frase que decía: “No lo cojas, Dick”.

Una náusea contrajo mi estómago y empecé a vomitar entre mis pies, con las manos en las rodillas. Estaba mareado, a punto de desmayarme, y tenía mucho frío, a pesar del sol que sentía en la espalda.

La puerta de la cafetería se abrió con un campanilleo y un joven con un mono manchado de grasa salió del local.

—Eh, amigo, ¿se encuentra bien? —preguntó.

—Tranquilo —contesté haciendo un gesto con la mano— ya se me está pasando.

—¿Ya está mejor?

—Sí.

—Entonces, ¿va a contestar al teléfono?

Me erguí, escupí y me limpié los labios con el dorso de la mano.

—Creo que no —respondí.

—Debería hacerlo, señor Dick. Podría ser importante.

Nos miramos unos segundos. Finalmente aparté mis ojos de los suyos, para ponerlos sobre el teléfono, que seguía sonando. El mensaje había cambiado. Ahora decía “¡No se quede quieto!”

Volví a mirar al joven, que ahora miraba hacia arriba, hacia el cielo. Antes de poder pensar siquiera lo que estaba haciendo, alcé la vista yo también. En el cielo, pese a ser mediodía, brillaba una nueva estrella. Era hermosa, brillante, de un color rosa pálido. Y de la estrella surgió un rayo de luz, también de color rosa, que me acertó justo en medio de la frente.


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