20100327

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (1 de 10)

Como es natural, no todo van a ser buenas noticias. Así pues, os informo que el próximo volumen de Calabazas en el Trastero, titulado Terror Oriental, no incluirá el relato que les envié. Qué le vamos a hacer, no se puede ganar siempre. Quisiera, eso sí, felicitar a los seleccionados, algunos de ellos buenos compañeros de fatigas literarias. Enhorabuena.

La parte buena es que no tendréis que esperar a Julio para leerlo. Podreis hacerlo aquí, en cómodos fascículos.

Aquí lo teneis, recién llegado de las lejanas y misteriosas tierras de Oriente. Con todos ustedes...



MARCO POLO Y EL MISTERIO DE LA CONCUBINA IMPERIAL


“…Y de todo lo que vi, no he contado ni la mitad.”
Marco Polo.


a celda que maese Polo y yo compartíamos estaba por debajo del nivel del mar, encajada entre los cimientos del castillo genovés del Capitano del Popolo. Dos veces al día, cada vez que subía la marea, el agua salobre se filtraba y corría por las paredes de granito, anegando la mazmorra hasta nuestras rodillas. Dos veces al día debíamos achicar el agua para no ahogarnos, arrojándola por un alto y estrecho ventanuco con nuestros cuencos para la comida.

Después, extenuados, nos sentábamos en el suelo fangoso y él me explicaba historias sobre su viaje a Oriente, a la corte del Gran Khan. Durante horas hablaba sin parar de los inmensos desiertos que había cruzado, de los ricos palacios que había visitado, de los enjoyados príncipes que había conocido, de las inmensas montañas de seda, perlas, joyas y especias que había contemplado…

Estuvimos juntos en aquella celda durante tres años, desde que los genoveses lo capturaron en la batalla que se libró en Curzola en 1298 hasta que su familia pudo pagar su liberación, en 1301. Fueron tres largos años, pero recuerdo perfectamente el día en que me explicó la historia que os voy a relatar a continuación. Aquél había sido un día de tormenta y la mazmorra se había inundado más de lo habitual. Cuando acabamos de vaciarla estábamos totalmente exhaustos y no dijimos nada durante un buen rato. Fui yo quien rompió el silencio.

—Maese Polo —dije—, siempre me contáis maravillas de vuestro viaje a Oriente. No puedo creer que no pasarais ningún mal trago como en el que ahora estamos. ¿Nunca os ocurrió ningún suceso terrible? ¿No contemplasteis ningún horror, allá en Catay?

Marco Polo estuvo mucho tiempo en silencio antes de contestar.

—Sí, maese Rusticchello, la verdad es que en una ocasión fui testigo de un suceso que debo calificar como terrible.

—Soy todo oídos —contesté acomodándome—.

—Todo ocurrió en el año de Nuestro Señor de 1290. Mi padre, mi tío y yo llevábamos ya quince años en la corte del Gran Khan, dedicados a nuestros negocios y a servirle como funcionarios y embajadores. Yo acababa de regresar de un largo viaje a la ciudad de Yangzhou cuando…


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