20100425

Antología del II Premio Ovelles Eléctriques

Ya está disponible en Bubok la antología del II Premio Ovelles Eléctriques, que recoge los relatos ganadores y finalistas de dicho premio. El libro puede adquirirse físicamente o descargarse de forma gratuita en formato pdf o epub.

La antología incluye los siguientes relatos:

-"Una idea ridícula", de José Manuel Fernández Aguilera

-"Plaga d'humanitat", de menut

-"La decisión", de Serafín Gimeno Solà

-"Órbita Koimeterion", de José María Pérez Hernández

-"El arte de la guerra según Charles Darwin", de Ricardo Montesinos

-"Crímenes periódicos", de Iván Olmedo Fernández

-"Feel The Horror Experience", de Ignacio Cid Hermoso

-"Kristallnacht", de Luisa Fernández

-"La Sangre de la Flor Blanca", de Héctor Gómez Herrero

-"A la luz del faro", de Serafín Gimeno Solà

-"Crideu les qui oloren les bruixes", de menut

-"Una creu de gules sobre un camper d’argent", de Alícia Gili Abad

-"Náufrago Cuántico", de Manuel Mije

-"Odiar sense límits", de Uwe Vegas

-"Patucos verdes, pulsera roja", de Sara Sacristán Horcajada

-"Suerte 1.0", de Jorge Asteguieta Reguero

-"Tres, dos, uno... ", de José Ignacio Becerril Polo

-"Un cuento heleno", de Sergio Generelo Tresaco

-"La protagonista", de Sara Sacristán Horcajada

-"Instintos", de Uwe Vegas

-"Éste es el fin", de Miguel Martín Cruz


En definitiva, un puñado de buenos relatos de ciencia ficción, fantasía y terror que ningún aficionado a la literatura fantástica se debería perder.

20100423

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (5 de 10)

as nubes de incienso se elevaban en la penumbra del templo y eran atrapadas por la luz del ocaso, que se filtraba por los estrechos ventanucos. La volutas de humo se retorcían como los símbolos blanquinegros que decoraban las paredes. Un grupo de sacerdotes se postraban ante un altar presidido por estatuas de los Ocho Inmortales, que contemplaban la ofrenda con miradas terribles.

Un novicio les guió hasta las estancias interiores y les dejó en la celda de un monje tan viejo y delgado que parecía un montón de ramas secas.

—¿Así que vos preparasteis el cuerpo de la dama Xiang-Hua para su entierro?

—Así es —asintió el anciano—, yo lavé y purifiqué su cuerpo y lo dispuse para las transmutaciones que debía afrontar en su último viaje.

—Y decidme, ¿pudisteis adivinar cual fue la causa de su muerte?

El anciano dio un respingo e hizo un casi imperceptible signo con los dedos.

—Si tuviera que juzgar por la expresión de su rostro, os diría que murió de terror.

—¿Pero no observasteis nada fuera de lo común? —insistió Marco—. Una herida, una marca…

—Bueno —el monje se inclinó hacia delante y bajó la voz—, la verdad es que en su cuello había unas marcas, unos moretones…

—¿Cómo si hubiera sido estrangulada por unas manos fantasmales? —sugirió el veneciano.

—¡Sí! ¡Exacto! Y encontré también un pequeño arañazo. Era muy pequeño pero pude verlo claramente, dama Xiang-Hua tenía la piel tan fina…

—Bien, debemos marcharnos ya —interrumpió Marco, levantándose—. Muchas gracias, nos habéis sido de mucha ayuda.

Ya fuera del templo, se dirigieron a un pequeño jardín para despejarse de la atmósfera viciada que habían respirado. Se sentaron bajo un árbol, junto a un pequeño estanque en el que chapoteaban las carpas.

—Y bien, Wang-Sun, ¿qué opinas de las respuestas que nos dio el monje?

—Que es un cerdo —contestó el joven—. Sin duda examinó el cuerpo de la concubina demasiado minuciosamente.

Marco rió.

—La verdad es que ha sido una suerte para nosotros. ¿Recuerdas las marcas que mencionó? El arañazo debió ser causado cuando fue estrangulada, por un anillo o una sortija.

Wang-Sun arrugó el ceño.

—¿Como el que llevaría el fantasma de una emperatriz muerta?

—Como el que podría llevar cualquiera, muerto o vivo.

—¿No creéis en los fantasmas, señor Po-Lo?

Marco arrancó una brizna de hierba y empezó a desmenuzarla con los dedos.

—Te voy a contar una historia —dijo arrojando los trozos al estanque—. En nuestro viaje hacia Catay mi padre, mi tío y yo tuvimos que atravesar Takla-Makan, el desierto más desolado del mundo. Dicen que está poblado por espíritus, y que en las noches de tormenta hablan a los viajeros con voces fantasmales para confundirlos y extraviarlos. Una vez perdidos de su ruta, nunca se vuelve a saber de ellos.

—¿Y vos las sentisteis? —el eunuco lo miraba con los ojos muy abiertos—. ¿Las voces de los espíritus?

—Lo único que sentí —contestó Marco levantándose— fue al viento gemir entre las rocas. Vámonos, se está haciendo de noche.

—¿Adonde vamos ahora, Po-Lo?

—A cazar un fantasma.

—Pero si acabáis de decir que…

—Exacto.


20100415

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (4 de 10)

l sirviente, un joven eunuco de aspecto despierto, se presentó en sus aposentos cuando los criados de Marco estaban acabando de vestirle, después del baño. Traía consigo el salvoconducto oficial, escrito en elegante caligrafía estilo li-shu. “Por el poder del Cielo”, decía, “santo es el nombre del Khan. Quien no le rinda cortesía al portador de este documento, será hombre muerto”.

—Gracias —dijo guardándolo en la manga de su túnica—, puedes retirarte.

—Mi señor el Gran Khan me ha ordenado que os acompañe y os asista en vuestra investigación, señor Po-Lo.

Marco midió al joven con la mirada.

—Está bien —dijo saliendo de sus aposentos—. ¿Cuál es tu nombre?

—Me llamo Wang-Sun, señor.

—Bien, Wang-Sun, llévame a la zona de palacio donde viven la concubinas. Deseo hablar con las doncellas y los sirvientes que servían a la dama Xiang-Hua.

—Me temo que eso no será posible, señor. Todos sus sirvientes fueron sacrificados y enterrados con ella.

Marco se detuvo en seco, incrédulo. Una concubina imperial podía llegar a tener decenas de criados.

—Es la primera vez que oigo hablar de ese tipo de sacrificio.

—Es el rito funerario del Quan Tao, el Camino Perfecto.

—Una ceremonia taoísta, entonces.

—Una corriente dentro del Taoísmo. Últimamente tienen mucho poder en palacio —explicó hablando en susurros—. Gozan del apoyo de cortesanos importantes.

Realmente muchas cosas habían cambiado en la corte durante sus cinco años de ausencia. Bien pensado, el joven eunuco le resultaría de gran ayuda. A lo lejos, el reloj de agua que regía los ritmos de Palacio marcó el octavo schi, la hora que en Europa conocían como vísperas.

—Pongámonos en marcha —dijo Marco apresurándose por el pasillo—, empieza a hacerse tarde.

—¿Adónde vamos?

—Al templo del Quan Tao. Si Xiang-Hua fue enterrada según su rito, el cadáver debió ser preparado allí. Quiero hablar con la persona que contempló ese cadáver.


20100408

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (3 de 10)

aminaban entre los árboles, ascendiendo por la colina artificial en la que el soberano había hecho plantar árboles traídos desde todos los rincones de su imperio. Cada vez que pasaban junto a uno, Kublai acariciaba su corteza, en un gesto que Marco no supo interpretar del todo.

—Tienes una perspicacia y un ingenio fuera de lo común, Po-Lo. Siempre te he admirado por ello —dijo deteniéndose junto a un árbol de la vainilla. En privado siempre le tuteaba.

—No es nada, majestad. Sólo soy un veneciano con cierta habilidad para los negocios.

—En vuestra tierra los venecianos debéis ser una plaga.

—Lo seríamos de no ser por lo genoveses.

Ambos rieron. Estaban cerca de la cima. Desde allí podían contemplar todo el complejo de palacios y jardines de la Ciudad Prohibida. Más allá de las murallas se extendía Dadu, la capital imperial construida sobre las ruinas de la antigua Zhongdu, que fue destruida por Gengis Khan.

—Debo pedirte un favor —dijo Kublai sentándose en una piedra. Parecía cansado. Viejo y cansado.

—Pedidme lo que sea, majestad.

—Hace dos semanas la dama Xiang-Hua, una de mis concubinas, apareció muerta en sus aposentos.

—Lo siento mucho, majestad. ¿Sentíais un afecto especial por ella?

Kublai Khan tenía cuatro esposas y un sinnúmero de concubinas, originarias de todas las naciones de su imperio. Por su nombre, Xiang-Hua debía pertenecer a la aristocracia de la dinastía Song, en el poder antes de la llegada de los mogoles.

—Ningún afecto especial —desechó la idea con un gesto vago—. Sólo era una concubina. La cuestión es que en esas mismas habitaciones murió hace muchos años mi primera esposa, Tegulen Khatun. Empiezan a oírse estúpidos rumores acerca de gui, fantasmas y espíritus vengativos. Quiero que tú, haciendo uso de tu “habilidad para los negocios”, intentes esclarecer la verdad tras esos hechos. No quiero tener un fantasma recorriendo mi palacio, pero mucho menos a un asesino.

—¿Y vuestros magistrados? ¿No cumplirán ellos mejor esa tarea?

Kublai puso cara de fastidio.

—Los tiempos del juez Di ya han pasado. Mis funcionarios no son más que una pandilla de inútiles que sólo se preocupan de engordar y enriquecerse. Si alguien puede aclarar esta muerte, eres tú, Po-Lo.

—Como ordenéis, majestad —aceptó finalmente, haciendo una reverencia—. Permitid que me retire para asearme y enseguida emprenderé las pesquisas.

—Te enviaré a un sirviente con un documento que te permitirá acceder a la casi totalidad del palacio. Puedes retirarte.

Marco empezó a bajar la colina, dejando a Kublai Khan sentado en la piedra, solo, contemplando su Imperio. O sólo su jardín, quizá.