20100423

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (5 de 10)

as nubes de incienso se elevaban en la penumbra del templo y eran atrapadas por la luz del ocaso, que se filtraba por los estrechos ventanucos. La volutas de humo se retorcían como los símbolos blanquinegros que decoraban las paredes. Un grupo de sacerdotes se postraban ante un altar presidido por estatuas de los Ocho Inmortales, que contemplaban la ofrenda con miradas terribles.

Un novicio les guió hasta las estancias interiores y les dejó en la celda de un monje tan viejo y delgado que parecía un montón de ramas secas.

—¿Así que vos preparasteis el cuerpo de la dama Xiang-Hua para su entierro?

—Así es —asintió el anciano—, yo lavé y purifiqué su cuerpo y lo dispuse para las transmutaciones que debía afrontar en su último viaje.

—Y decidme, ¿pudisteis adivinar cual fue la causa de su muerte?

El anciano dio un respingo e hizo un casi imperceptible signo con los dedos.

—Si tuviera que juzgar por la expresión de su rostro, os diría que murió de terror.

—¿Pero no observasteis nada fuera de lo común? —insistió Marco—. Una herida, una marca…

—Bueno —el monje se inclinó hacia delante y bajó la voz—, la verdad es que en su cuello había unas marcas, unos moretones…

—¿Cómo si hubiera sido estrangulada por unas manos fantasmales? —sugirió el veneciano.

—¡Sí! ¡Exacto! Y encontré también un pequeño arañazo. Era muy pequeño pero pude verlo claramente, dama Xiang-Hua tenía la piel tan fina…

—Bien, debemos marcharnos ya —interrumpió Marco, levantándose—. Muchas gracias, nos habéis sido de mucha ayuda.

Ya fuera del templo, se dirigieron a un pequeño jardín para despejarse de la atmósfera viciada que habían respirado. Se sentaron bajo un árbol, junto a un pequeño estanque en el que chapoteaban las carpas.

—Y bien, Wang-Sun, ¿qué opinas de las respuestas que nos dio el monje?

—Que es un cerdo —contestó el joven—. Sin duda examinó el cuerpo de la concubina demasiado minuciosamente.

Marco rió.

—La verdad es que ha sido una suerte para nosotros. ¿Recuerdas las marcas que mencionó? El arañazo debió ser causado cuando fue estrangulada, por un anillo o una sortija.

Wang-Sun arrugó el ceño.

—¿Como el que llevaría el fantasma de una emperatriz muerta?

—Como el que podría llevar cualquiera, muerto o vivo.

—¿No creéis en los fantasmas, señor Po-Lo?

Marco arrancó una brizna de hierba y empezó a desmenuzarla con los dedos.

—Te voy a contar una historia —dijo arrojando los trozos al estanque—. En nuestro viaje hacia Catay mi padre, mi tío y yo tuvimos que atravesar Takla-Makan, el desierto más desolado del mundo. Dicen que está poblado por espíritus, y que en las noches de tormenta hablan a los viajeros con voces fantasmales para confundirlos y extraviarlos. Una vez perdidos de su ruta, nunca se vuelve a saber de ellos.

—¿Y vos las sentisteis? —el eunuco lo miraba con los ojos muy abiertos—. ¿Las voces de los espíritus?

—Lo único que sentí —contestó Marco levantándose— fue al viento gemir entre las rocas. Vámonos, se está haciendo de noche.

—¿Adonde vamos ahora, Po-Lo?

—A cazar un fantasma.

—Pero si acabáis de decir que…

—Exacto.


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