20100528

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (8 de 10)

os guardias apostados ante los aposentos de la emperatriz les miraban impasibles mientras agitaban ante ellos el salvoconducto oficial. Totalmente inmóviles, vestidos con sus armaduras completas y los brazos cruzados sobre su pecho, parecían esculpidos en terracota.

—Está bien —dijo Marco fingiéndose afrentado—, nos marcharemos, pero responderéis ante los dioses por esto. Es imprescindible que hablemos con la emperatriz para que los desdichados espíritus de Tegulen y Xiang-Hua puedan al fin descansar en paz. Si nos impedís pasar, no reposarán hasta descargar sobre vosotros su terrible venganza.

La duda vidrió durante un latido de corazón los ojos de los guardias, que se miraron de reojo. Fue sólo un momento, pero fue suficiente. Marco pateó la espinilla de un guardia mientras Wang-Sun se escabullía entre las piernas del otro, que había quedado distraído por la sorpresa. En cuanto reaccionaron les fue fácil agarrarle e inmovilizarse, pero para entonces el joven eunuco ya había cruzado la puerta dorada y corría por el pasillo hacia los aposentos de la emperatriz.

Uno de los guardias salió corriendo en pos de Wang-Sun mientras el otro empujaba a Marco hacia el interior, sin dejar de retorcerle el brazo. Una vez dentro, lo arrojó al suelo, junto a su asistente, que yacía postrado frente a un grupo de personas entre los cuales destacaba con fulgor dorado la figura de la emperatriz.

—Os deseo salud —dijo Marco con la frente pegada al suelo— sabia y prudente Chabi Khatun, emperatriz de los mogoles y señora de las tierras de…

—Basta —le interrumpió una voz áspera—. No creas que adulándome harás que olvide tu ofensa. ¿Cómo te atreves a irrumpir en mis habitaciones?

Marco levantó poco a poco la cabeza. Frente a él, observándole con mirada disgustada, se hallaba la emperatriz, vestida con un elaborado vestido de seda bordado con oro y piedras preciosas. A su alrededor se congregaban un buen número de cortesanos y sacerdotes taoístas. Más allá, los sirvientes y los eunucos cuchicheaban, señalándole con dedos enjoyados. Una cabra degollada yacía sobre un pequeño altar. Al parecer, habían interrumpido algún tipo de ceremonia del Quan Tao.

—Os ruego que me perdonéis, señora —dijo levantándose dubitativamente—, pero dispongo de este permiso especial del Khan para acceder a cualquier parte de Palacio.

Un guardia le arrebató el documento y se lo entregó a Chabi Khatun, que lo recorrió con sus oscuros ojos rasgados.

—Mi esposo es demasiado generoso con los extranjeros —declaró—. ¿Qué es lo que os trae aquí, pues?

—Quisiera preguntaros por la difunta Xiang-Hua. Me consta que últimamente pasaba mucho tiempo con su majestad el emperador y me preguntaba qué tipo de relación os unía con…

—¿Cómo osas nombrar a esa perra Song en mi presencia? —gritó la emperatriz, interrumpiéndole una vez más—. ¿Qué insinúas, miserable? ¿Qué estaba celosa? ¿De una concubina?

La emperatriz se adelantó y se colocó justo frente a él, traspasándole con su mirada furiosa. Con un movimiento fluido a pesar de sus recargadas ropas, desenvainó la espada del guardia más próximo y la colocó en su cuello. Un murmullo consternado recorrió la sala.

—Yo soy Chabi Khatun, del pueblo de los Onggirat —siseó—. Mi abuelo cabalgó junto al mismísimo Gengis Khan. No dejes que estas ropas te engañen, extranjero, por mis venas corre sangre mogol. Recuérdalo la próxima vez que decidas insultarme.

La emperatriz le devolvió la espada al guardia y volvió junto a su séquito.

—Mi hijo será el próximo Gran Khan de los Mogoles —añadió, más serena—, no tengo nada que envidiar a esa concubina paliducha. Nada. Lleváoslos.

Marco y Wang-Sun se inclinaron y se dejaron acompañar hasta la puerta, agradecidos de seguir con vida. Una vez fuera se miraron.

—Lo sé, no hace falta que me lo digas —se apresuró a decir Marco antes de que el joven abriese la boca—. Pero en lugar de reprocharme nada, respóndeme una pregunta. ¿Quién era aquel eunuco anciano y gordo que estaba en el fondo de la sala?

—Era Wu-Bao, uno de los eunucos más viejos de Palacio.

—Entiendo —Marco arrugó el ceño—. ¿Y ha servido siempre a Chabi Khatun?

—No —respondió Wang-Sun—. Por lo que sé, antes estaba al servicio de Tegulen Khatun, pero poco antes de morir ésta pasó a la casa de Chabi, que lo acogió y lo convirtió en uno de sus principales sirvientes. ¿Por qué me preguntáis por él?

—¿No observaste que sus sandalias estaban sucias de barro seco? Y su túnica estaba arrugada y manchada de polvo en su hombro…

—¿Y qué significa eso, Po-Lo?

—Que vamos a ir ahora mismo a hablar con el Gran Khan.

—Pero no podemos acceder a él hasta mañana —se lamentó el joven—, la emperatriz nos ha arrebatado el salvoconducto. No podremos llegar hasta sus habitaciones. Y no pienso volver a pelear con ningún guardia, os lo advierto.

—No será necesario. Si no me equivoco, podremos escabullirnos hasta su alcoba por un camino que nadie, o casi nadie, conoce.

—¿Y por qué tanta prisa? ¿Ya habéis resuelto el asesinato?

—En realidad —contestó Marco sonriendo— he resuelto dos asesinatos.


20100521

Las Arcologías Posibles, en Nanoediciones.

Hace unos meses ya hablé de Las Arcologías Posibles, una serie de microrrelatos inspirados en Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino. Después de dejar este proyecto un poco abandonado, lo he retomado recientemente y aquí os presento una nueva entrega.

Se trata de Las Arcologías Posibles: Polis-Mitaca, y está listo para descargar en Nanoediciones. Esta nanoeditorial merece una mención a parte. Se trata de un fascinante proyecto editorial que está llevando a cabo Iulius, un gran compañero de aventuras literarias. Nanoediciones está especializada en microliteratura, que edita en una única página de pdf, lista para imprimir y convertir en un pequeño nanovolumen.

Ya sabéis, descargad, imprimid, plegad y leed. Que lo disfrutéis.



20100517

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (7 de 10)

l pintor de la corte, Zhao-Mengfu, les guiaba por el taller envuelto en su bata de seda, refunfuñando sin parar. Sus criados revoloteaban a su alrededor, encendiendo lámparas y braseros para iluminar y caldear la amplia sala. Marco lo había obligado a enseñarle su taller en mitad de la noche haciendo uso del documento, arrancándolo de su cama y arrastrándolo por interminables y gélidos pasillos.

—Bueno, ya estamos aquí —rezongó el anciano—. ¿Qué es eso tan importante que queréis ver y que no puede esperar a mañana?

—Maestro Zhao-Mengfu, os pido disculpas una vez más, pero vuestra ayuda es vital para esclarecer la trágica muerte de la dama Xiang-Hua —se excusó Marco—. Mi asistente Wang-Sun me comentó que vuestra pintura se ha ido orientando en los últimos años hacia temas más cotidianos.

—Sí, en efecto, he llegado a la conclusión que sólo a través de la quietud y la paz que emanan las escenas de la vida diaria, puede transmitirse la armonía necesaria para el perfeccionamiento moral que…

—Entiendo —le interrumpió Marco y luego esbozó su mejor sonrisa—. Lo que quisiera es que me mostrarais pinturas que representen algunas de esas escenas de la vida diaria de palacio. Escenas en las que aparezcan las concubinas, por ejemplo.

Zhao-Mengfu empezó a desplegar ante sus ojos rollos y más rollos de seda exquisitamente pintada. Las concubinas aparecían en sus quehaceres diarios: paseando junto a un estanque, tocando algún instrumento musical, charlando entre ellas, contemplando a los saltimbanquis, sus manos ocultando tímidamente sus delicadas risas…

—¿Y de Xiang-Hua? ¿No podéis mostrarme alguna?

Con un gruñido, el pintor extrajo otro fajo de rollos del fondo de un arcón.

—Había pensado quemarlos, me daba miedo conservarlos —sus ojos se vidriaron—, pero finalmente no tuve el valor de hacerlo.

Marco se inclinó sobre la mesa, contemplando las pinturas. Xiang-Hua leyendo un libro. Xiang-Hua escribiendo o pintando sobre un rollo de papel. Xiang-Hua contemplando un luo-pan, el artefacto que los europeos llamaban brújula. Xiang-Hua junto a Kublai Khan, conversando.

Dannato vecchio bugiardo

Zhao-Mengfu abrió mucho los ojos.

—¿Cómo habéis dicho, señor Po-Lo? —preguntó.

—Nada, nada —se apresuró a responder Marco—. Es una expresión de mi tierra. Significa “loados sean los antepasados”. Muchas gracias, maestro Zhao-Mengfu. Nos habéis sido de gran ayuda.

Cuando salieron del taller, Wang-Sun le preguntó maliciosamente:

—¿Qué vamos a hacer ahora, señor Po-Lo? ¿Vamos a irrumpir en los aposentos de otro cortesano o mejor volvemos a insultar al Gran Khan, esta vez delante de alguien que sí entienda el italiano?

—Un poco de las dos cosas —contestó Marco—. Vamos a hacerle una visita a la emperatriz Chabi Khatun.


20100513

Ya está aquí (Per)Versiones...

En los próximos meses algo llamado (Per)Versiones va a dar mucho de qué hablar. Pero, ¿qué es (Per)Versiones?

(Per)Versiones es un colectivo de jóvenes escritores habituales de los foros de Sedice que un día, sin saber muy bien qué hacían, decidieron unirse para crear un proyecto común. Una plataforma que les permitiera explicar historias, compartirlas y, sobretodo, pasárselo en grande.

(Per)Versiones es una antología de relatos. Bueno, en realidad son tres. De momento. En la primera encontraremos versiones de los cuentos populares de toda la vida que han sido retorcidos, alterados y mutados hasta hacerlos irreconocibles. Perversamente irreconocibles.

(Per)Versiones es un experimento editorial, una fiesta literaria, una gamberrada muy seria... Cuenta con su blog, su manifiesto y su grupo en facebook. Y si sentís curiosidad, podéis leer un pequeño adelanto, en un formato sencillamente magnífico.

Ya sabéis lo que es (Per)Versiones. Luego no digáis que no os lo advertí...


20100510

El sentido de escribir ciencia ficción

En el prólogo a la antología del II Premio Ovelles Electriques, Enric Herce, uno de los jurados, se pregunta acerca de qué sentido tiene escribir ciencia ficción hoy día, estando sumergidos en una cotidianeidad hipertecnológica cada vez más vertiginosa. Sus palabras exactas son estas:

Si el futuro es hoy y como comenta Barceló «podríamos vaticinar la muerte de la ciencia-ficción por disolución en el contexto». Muchos se plantearán: ¿qué sentido tiene practicar la ciencia ficción literaria a día de hoy?

Ignoro qué contestarían a esta pregunta los autores galardonados en esta segunda edición del Ovelles Elèctriques (...). Aunque la verdad es que siento cierta curiosidad por saber qué opinarían del tema.

Supongo que respecto a este tema hay tantas opiniones como autores (o lectores) de ciencia ficción. La verdad es que esta idea suele aparecer bastante a menudo: La CF está en crisis o moribunda o incluso muerta a causa de que ha sido superada por la realidad. ¿Para qué fabular acerca de robots, ingeniería genética, inteligencia artificial... si ya forman parte de nuestro mundo real? ¿Tiene sentido?

Yo creo que sí, que cuanto más se acelera el desarrollo tecnológico, más sentido tiene escribir o leer ciencia ficción. Es más, creo que como género sólo tiene sentido en contextos de desarrollo acelerado. La CF nació en el S. XIX, siendo Frankenstein la primera obra considerada de este género. Antes de ese siglo la tecnología se desarrollaba de una forma muy lenta. Los cambios apenas podían ser percibidos de una generación a otra. No fue posible advertir los cambios en el curso de una sola vida hasta el XIX, con la Revolución Industrial. Es entonces cuando el hombre se dice: "Eh, esto realmente se mueve. ¿Adonde nos lleva?". Y el siguiente paso es ponerse a escribir sobre eso. Ponerse a escribir ciencia ficción.

En el fondo es una práctica muy sana. Casi se podría decir que socialmente positiva. Imaginemos un experimento. Salgamos a la calle y preguntemos a cualquiera que opina acerca de, por ejemplo, los organismos genéticamente modificados, o del desarrollo de Inteligencias Artificiales, o de cualquier otra tecnología que previsiblemente se desarrolle en los próximos veinte años. La mayoría de personas no tendrán una opinión formada. Sin embargo, un lector de ciencia ficción probablemente sí la tenga. Lleva años leyendo (y en el mejor de los casos reflexionando) acerca de ello. Ésa es la función social de la CF. Nos obliga a considerar temas que ahora quizá no son capitales, pero quizá lo sean dentro de diez años. Nos prepara para lo que quizá sea cotidiano en el futuro.

En la universidad yo estudié Historia. Fue a finales de los noventa. En aquellos años estaba de moda la teoría del Fin de la Historia, elaborada por Francis Fukuyama. Resumiendo mucho, venía a decir que, después del colapso del Comunismo en 1989, la Historia había acabado. Habían ganado los buenos, a partir de entonces todos felices para siempre. Fin de la Historia. Recuerdo a un profesor que nos decía: "Yo no creo que la Historia haya acabado. Porque mientras haya conflicto, habrá cambio. Y mientras haya cambio, habrá Historia". Por supuesto, tenía razón, y el 11 de septiembre de 2001 quedó claro para todos.

La cuestión es que esa idea es perfectamente aplicable a la ciencia ficción. Mientras haya conflicto, habrá cambio. Y mientras haya cambio, tendrá sentido escribir ciencia ficción.


20100507

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (6 de 10)

dónde aprendisteis a hacer esto, Po-Lo?

Wang-Sun vigilaba ambos extremos del oscuro pasillo, mientras sostenía en alto una lámpara de aceite para iluminar la cerradura, que estaba siendo forzada por Marco.

—Aquí, allí —contestó distraídamente el veneciano—… Es lo bueno de viajar mucho. Acabas aprendiendo cosas de muchos sitios. Pásame otra.

El eunuco extrajo una orquilla más de su elaborado moño, que ya empezaba a deshacerse, y se la dio.

—¿No sería mejor avisar a algún mayordomo de palacio para que nos abriera la puerta?

—No, es muy tarde y no quiero molestar a nadie. Además —Marco enarcó una ceja y la cerradura emitió un chasquido—, esto ya está. Adelante.

Entraron en los aposentos que habían pertenecido a Xiang-Hua, una serie de amplios salones y habitaciones. La decoración era exquisita: mobiliario de madera lacada, jarrones de fina porcelana, enormes rollos de seda pintada representando espectaculares paisajes…

Avanzaron por el recinto hacia el dormitorio de la concubina. La pequeña llama de la lámpara hacía bailar ominosas sombras a su alrededor. Allí la decoración era más elegante, más sobria. Los paisajes seguían estando presentes, pero aquí no eran exuberantes, sino serenos. En la intimidad de su alcoba, Xiang-Hua había mostrado su verdadero espíritu, más mesurado.

—¿Qué es esto, Wang-Sun? —preguntó Marco, iluminando una lámina de papel, cubierta de ideogramas elegantemente trazados.

—Es caligrafía. La dama Xiang-Hua practicaba el arte de la escritura.

—¿Esto lo escribió ella? —Marco acercó más la lámpara—. ¿Qué pone?

—“Los seres de la Naturaleza —leyó Wang-Sun susurrando— tienen una causa y unos efectos. Las acciones humanas tienen un principio y unas consecuencias. Conocer las causas y los efectos, los principios y las consecuencias es aproximarse lo más cerca posible al método racional, con el cual se llega a la perfección”.

—Eso no suena muy taoísta.

—No lo es, Po-Lo. Son palabras del maestro Kung-Fu-Tse, de su libro Ta-Hio, el Gran Estudio.

—¿Confucio? Aunque bien pensado, eso le cuadra más que el Quan Tao a una aristócrata Song…

Una pintura llamó la atención de Marco. Estaba ejecutada en un estilo claramente diferente del resto, rompiendo la armonía estilística que reinaba en la habitación. Pudo reconocer en ella a Kublai Khan presidiendo un banquete junto a una dama, una de sus esposas principales, a juzgar por su alto tocado.

—Se trata de Tegulen Khatun —le informó el eunuco al reparar en su interés—, la esposa del Khan que también murió aquí.

—Esta pintura es diferente del resto.

—Claro, Po-Lo. Fue pintada hace veinte años. El estilo del pintor de la corte, el maestro Zhao-Mengfu, ha cambiado desde entonces. Fijaos en las demás pinturas, más modernas. Ahora su pincelada es más suelta, más sutil. Además, sus temas han derivado hacia paisajes y escenas más cotidianas…

Una repentina ráfaga de aire apagó de improviso la llama de la lámpara, dejándolos en la oscuridad absoluta. Marco sintió unas manos que se engarfiaban en su pecho, inmovilizándolo. Las agarró por las muñecas y empezó a forcejear para liberarse.

—¡Wang-Sun, ayúdame! —gritó.

—¡No puedo, Po-Lo! —respondió la sombra que luchaba con él—. ¡El fantasma de Tegulen me tiene atrapado!

—Soy yo, bobo —comprendió de pronto, soltándole las manos—. Deja de agarrarme de esa manera.

Las garras aflojaron su presa.

—Lo siento, Po-Lo. Me asusté y creí que…

—No importa —le cortó rebuscando en sus bolsillos—. Ahora no te muevas, estoy buscando mis palos de fuego. ¿Sabes de dónde ha venido esa corriente de aire?

—¿Del Inframundo? —sugirió el joven.

Marco abrió la boca para responder, pero un ruido sordo congeló las palabras en su garganta.

—Wang-Sun —dijo lentamente—, te he dicho que no te movieras…

—No he movido ni una ceja, Po-Lo —contestó con voz temblorosa—. Te juro por mis antepasados que yo no he sido.

Ahora podían sentir unos pasos apagados que recorrían la habitación. Eran muy tenues, como el siseo de la seda, pero claramente audibles. Marco siguió buscando sus huo-chai, pequeños palitos de madera de pino impregnados en azufre. Nuevos sonidos se sumaron a los pasos. Un ruido seco, como una desgarradura. Y después un aparatoso estruendo. Encontró, al fin, sus palitos y los frotó con fuerza. Nada. Otra vez. Nada. A la tercera parecía que se iban a encender, pero una nueva corriente de aire los apagó. Finalmente se encendieron, llenando el aire de emanaciones sulfurosas.

Examinaron la estancia a la luz de la lámpara. No encontraron a nadie, pero un hermoso biombo con incrustaciones de laca tallada yacía en el suelo, volcado. Además, el texto caligráfico que habían estado contemplando había desaparecido.

—Vámonos ya —dijo Marco al fin—, aquí no queda nada más que ver.

—Y bien, Po-Lo, después de lo que acaba de suceder, ¿aceptáis ya la existencia de los espíritus?

Marco le miró de reojo y sonrió.

—Los espíritus, Wang-Sun, no chocan contra los muebles.


20100503

Eyjafjallajokul, en Prospectiva

La Televisión, la Prensa y todo ese conjunto de altavoces que llamamos los Medios tienen la curiosa capacidad de otorgarse credibilidad a sí mismos. Como ya se ha demostrado muchas veces, esa confianza que depositamos en ellos quizá sea inmerecida. A veces parece que Orson Welles organiza una nueva de emisión de La Guerra de los Mundos cada tres meses.

El último episodio de Espectáculo Histérico Colectivo se dio hace un par de semanas, con la erupción en Islandia de un volcán que paralizó totalmente el tráfico aéreo europeo durante una semana. Luego resultó que, a lo mejor, no era para tanto.

Pero, ¿y si en realidad todo fue una maniobra de distracción? ¿Un nuevo capítulo de ese libro llamado La Gran Mentira?

¿Y si lo que realmente pasó fue esto?