20100507

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (6 de 10)

dónde aprendisteis a hacer esto, Po-Lo?

Wang-Sun vigilaba ambos extremos del oscuro pasillo, mientras sostenía en alto una lámpara de aceite para iluminar la cerradura, que estaba siendo forzada por Marco.

—Aquí, allí —contestó distraídamente el veneciano—… Es lo bueno de viajar mucho. Acabas aprendiendo cosas de muchos sitios. Pásame otra.

El eunuco extrajo una orquilla más de su elaborado moño, que ya empezaba a deshacerse, y se la dio.

—¿No sería mejor avisar a algún mayordomo de palacio para que nos abriera la puerta?

—No, es muy tarde y no quiero molestar a nadie. Además —Marco enarcó una ceja y la cerradura emitió un chasquido—, esto ya está. Adelante.

Entraron en los aposentos que habían pertenecido a Xiang-Hua, una serie de amplios salones y habitaciones. La decoración era exquisita: mobiliario de madera lacada, jarrones de fina porcelana, enormes rollos de seda pintada representando espectaculares paisajes…

Avanzaron por el recinto hacia el dormitorio de la concubina. La pequeña llama de la lámpara hacía bailar ominosas sombras a su alrededor. Allí la decoración era más elegante, más sobria. Los paisajes seguían estando presentes, pero aquí no eran exuberantes, sino serenos. En la intimidad de su alcoba, Xiang-Hua había mostrado su verdadero espíritu, más mesurado.

—¿Qué es esto, Wang-Sun? —preguntó Marco, iluminando una lámina de papel, cubierta de ideogramas elegantemente trazados.

—Es caligrafía. La dama Xiang-Hua practicaba el arte de la escritura.

—¿Esto lo escribió ella? —Marco acercó más la lámpara—. ¿Qué pone?

—“Los seres de la Naturaleza —leyó Wang-Sun susurrando— tienen una causa y unos efectos. Las acciones humanas tienen un principio y unas consecuencias. Conocer las causas y los efectos, los principios y las consecuencias es aproximarse lo más cerca posible al método racional, con el cual se llega a la perfección”.

—Eso no suena muy taoísta.

—No lo es, Po-Lo. Son palabras del maestro Kung-Fu-Tse, de su libro Ta-Hio, el Gran Estudio.

—¿Confucio? Aunque bien pensado, eso le cuadra más que el Quan Tao a una aristócrata Song…

Una pintura llamó la atención de Marco. Estaba ejecutada en un estilo claramente diferente del resto, rompiendo la armonía estilística que reinaba en la habitación. Pudo reconocer en ella a Kublai Khan presidiendo un banquete junto a una dama, una de sus esposas principales, a juzgar por su alto tocado.

—Se trata de Tegulen Khatun —le informó el eunuco al reparar en su interés—, la esposa del Khan que también murió aquí.

—Esta pintura es diferente del resto.

—Claro, Po-Lo. Fue pintada hace veinte años. El estilo del pintor de la corte, el maestro Zhao-Mengfu, ha cambiado desde entonces. Fijaos en las demás pinturas, más modernas. Ahora su pincelada es más suelta, más sutil. Además, sus temas han derivado hacia paisajes y escenas más cotidianas…

Una repentina ráfaga de aire apagó de improviso la llama de la lámpara, dejándolos en la oscuridad absoluta. Marco sintió unas manos que se engarfiaban en su pecho, inmovilizándolo. Las agarró por las muñecas y empezó a forcejear para liberarse.

—¡Wang-Sun, ayúdame! —gritó.

—¡No puedo, Po-Lo! —respondió la sombra que luchaba con él—. ¡El fantasma de Tegulen me tiene atrapado!

—Soy yo, bobo —comprendió de pronto, soltándole las manos—. Deja de agarrarme de esa manera.

Las garras aflojaron su presa.

—Lo siento, Po-Lo. Me asusté y creí que…

—No importa —le cortó rebuscando en sus bolsillos—. Ahora no te muevas, estoy buscando mis palos de fuego. ¿Sabes de dónde ha venido esa corriente de aire?

—¿Del Inframundo? —sugirió el joven.

Marco abrió la boca para responder, pero un ruido sordo congeló las palabras en su garganta.

—Wang-Sun —dijo lentamente—, te he dicho que no te movieras…

—No he movido ni una ceja, Po-Lo —contestó con voz temblorosa—. Te juro por mis antepasados que yo no he sido.

Ahora podían sentir unos pasos apagados que recorrían la habitación. Eran muy tenues, como el siseo de la seda, pero claramente audibles. Marco siguió buscando sus huo-chai, pequeños palitos de madera de pino impregnados en azufre. Nuevos sonidos se sumaron a los pasos. Un ruido seco, como una desgarradura. Y después un aparatoso estruendo. Encontró, al fin, sus palitos y los frotó con fuerza. Nada. Otra vez. Nada. A la tercera parecía que se iban a encender, pero una nueva corriente de aire los apagó. Finalmente se encendieron, llenando el aire de emanaciones sulfurosas.

Examinaron la estancia a la luz de la lámpara. No encontraron a nadie, pero un hermoso biombo con incrustaciones de laca tallada yacía en el suelo, volcado. Además, el texto caligráfico que habían estado contemplando había desaparecido.

—Vámonos ya —dijo Marco al fin—, aquí no queda nada más que ver.

—Y bien, Po-Lo, después de lo que acaba de suceder, ¿aceptáis ya la existencia de los espíritus?

Marco le miró de reojo y sonrió.

—Los espíritus, Wang-Sun, no chocan contra los muebles.


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