20100622

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (10 de 10)

así acabó todo. Wu-Bao fue cruelmente ajusticiado, al igual que los monjes y sacerdotes del Quan Tao. Pero ni la emperatriz ni ninguno de los cortesanos conocieron ningún castigo por sus vilezas. Su alta posición los hacía inmunes a la justicia, incluso a la del monarca más poderoso del mundo. A los pocos meses mi padre y mi tío regresaron de Yangzhou y, tras explicarles la situación, decidimos que no era seguro quedarnos en la corte. Así que solicitamos permiso al Gran Khan para regresar y volvimos a Europa, a nuestra amada Venecia.

La voz de maese Polo calló abruptamente, como si de repente se hubiese dado cuenta de que había hablado demasiado. Hacía rato que había oscurecido y ahora nuestra mazmorra estaba totalmente a oscuras. El silencio se prolongó, tanto que creí que se había dormido. Pero de repente volvió a hablar.

—He viajado más lejos que ningún otro hombre de la cristiandad. He contemplado las tierras más lejanas, las costumbres más exóticas, las maravillas más extraordinarias… Y sin embargo, hay algo que permanece siempre igual, por muy lejos que se consiga llegar.

—¿Qué es, maese Polo? —pregunté—. ¿Qué es eso que nunca cambia?

—La oscuridad que habita en el corazón de todos los hombres —contestó Maese Polo, y ya no dijo nada más hasta la mañana siguiente.


20100608

Marco Polo y el misterio de la concubina imperial (9 de 10)

ublai Khan se inclinaba sobre un tablero de chatarang mientras retorcía el extremo de su largo bigote. En la otra mano sostenía una copa de oro llena de kumis, licor de leche de yegua fermentada. Un ruido apagado le hizo volverse.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, autoritario.

Dos siluetas surgieron de la oscuridad y entraron en el estrecho círculo de luz que arrojaba la lámpara de aceite perfumado. Marco Polo y Wang-Sun hicieron una reverencia.

—Somos nosotros, majestad.

—Ah, venid, sentaos —les invitó—. ¿Cómo habéis llegado a mis aposentos?

—A través del pasadizo secreto que une la habitación de Xiang-Hua con esta parte del palacio. Después de salir del túnel cruzamos el jardín del estanque de las carpas doradas, dejamos atrás el recinto de vuestras esposas y llegamos hasta el jardín de la parte trasera de vuestras habitaciones.

Kublai bebió un sorbo de kumis, intentando disimular una maliciosa sonrisa.

—Sabía que eras la persona adecuada para este asunto, Po-Lo. Nada se te escapa. ¿Cómo descubristeis el pasadizo?

—A causa de la pintura que lo ocultaba. Era una pintura antigua, que desentonaba con el estilo de las demás en la habitación. Me chocó que una persona con un gusto tan exquisito como Xiang-Hua la mantuviese allí, discordando con el resto de la decoración. Supuse que la conservaba porque era imposible de retirar sin mostrar algo que era preciso ocultar, pero no sabía el qué. La corriente de aire que apagó nuestra lámpara mientras examinábamos las habitaciones me hizo pensar que quizá se trataba de un túnel secreto.

—Lo hice construir hace mucho tiempo, cuando levanté este palacio. Gracias a él podía visitar a mi esposa Tegulen sin que nadie lo supiese…

—Pues alguien lo supo, majestad —interrumpió Marco—, y se sirvió de él para asesinar a vuestra esposa Tegulen y, veinte años después, a Xiang-Hua.

—¿Y de quién se trata? ¿Quién las mató, Po-Lo?

Kublai Khan agarraba su copa con tanta fuerza que sus nudillos empalidecieron. Su mirada terrible se clavaba en Marco, esperando la respuesta.

—Las mató la única persona que conocía su existencia, aparte de vos, claro está. Me refiero al eunuco Wu-Bao. Wang-Sun me informó de que hace años sirvió a Tegulen Khatun. Supongo que fue en esa época cuando tuvo conocimiento del túnel. Esta noche, cuando visité a Chabi Khatun en sus aposentos, observé que Wu-Bao tenía barro seco en sus sandalias y manchas de polvo en su túnica. Estoy seguro de que se ensució al volver de las habitaciones de Xiang-Hua por el pasadizo, después de robar el texto caligráfico. El barro pertenecía sin duda al jardín del estanque, por el que tuvo que pasar al regresar a los aposentos de la emperatriz.

—¿Y el polvo en su hombro? —preguntó Wang-Sun.

—Bueno —respondió Marco encogiéndose de hombros—, como muchos eunucos de su edad, Wu-Bao es un hombre bastante corpulento. Sin duda es difícil para alguien de su talla circular por ese estrecho pasadizo sin rozarse contra las paredes…

Marco observó cómo Kublai y Wang-Sun asentían, siguiendo su razonamiento.

—Así que Wu-Bao —continuó— utilizó el pasaje para deslizarse en los aposentos de Xiang-Hua en medio de la noche y estrangularla con sus propias manos mientras dormía. El monje que preparó su cadáver para la ceremonia funeral observó los moratones dejados por sus manos. También vio un pequeño arañazo, provocado seguramente por su sortija. Esos eunucos van cubiertos de alhajas.

—¿Pero por qué lo hizo? —saltó el Gran Khan—. Ese eunuco goza de una posición envidiable entre los sirvientes de palacio. ¿Por qué querría matar a una concubina?

—Pues para asegurar su posición, majestad. Sin duda cometió el asesinato impulsado por la persona que le concedió esos honores y que es capaz de arrebatárselos. Me refiero, por supuesto, a la emperatriz Chabi Khatun.

Un gran silencio se hizo entre los tres, mientras las palabras de Marco, y lo que implicaban, iban calando en el rostro del emperador. El veneciano esperó a que Kublai dijera algo, pero éste se limitó a mirar fijamente el tablero que tenía ante él. El siseo de su respiración llenaba la habitación.

—Wu-Bao debió de explicar a Chabi la existencia del túnel cuando pasó a su servicio —continuó Marco— y ella le persuadió para asesinar a Tegulen. A cambio, lo convirtió en uno de sus sirvientes favoritos. Veinte años después, volvió a hacer lo mismo, esta vez para eliminar a Xiang-Hua.

—¿Pero por qué? —preguntó Kublai con voz ronca—. ¿Por qué?

—Por motivos diferentes en cada ocasión. A Tegulen la mató por celos. Las dos eran vuestras esposas, pero sólo una engendraría a vuestro heredero, el futuro Gran Khan. Chabi quiso asegurarse de que iba a ser ella. Y os aseguro que es algo que se toma muy en serio. Lo he comprobado personalmente.

—¿Y Xiang-Hua? Chabi es mi esposa principal desde la muerte de Tegulen. Nuestro hijo Chingen-Temur es el heredero del Imperio Mogol. No tenía nada que temer de ella. ¿Por qué la hizo asesinar?

—Por su influencia sobre vos. No, majestad, no intentéis disimular. Ya sé que me mentisteis al decirme que no os unía a ella ninguna relación especial. He visto las pinturas del maestro Zhao-Mengfu. En ellas aparecéis junto a Xiang-Hua haciendo algo que la emperatriz juzgó tan amenazador que decidió acabar con ella.

—Sólo hablábamos, tan sólo eso —ahora el Gran Khan parecía a punto de echarse a llorar—. Paseábamos y hablábamos. Éramos… amigos.

—Supongo que eso fue lo que alarmó a vuestra esposa. Por el escaso conocimiento que tengo del carácter de Xiang-Hua, deduzco acerca de qué conversabais: las enseñanzas del maestro Confucio, el poder de la razón para desentrañar los misterios del mundo, los nuevos inventos, las tierras de más allá del mar… Si lo pensáis bien, todas ellas ideas intolerables para los seguidores de una secta que se dedica a realizar sacrificios, prácticas adivinatorias y otros ritos oscurantistas.

De pronto, Kublai Khan comprendió.

—El Quan Tao

—Una facción que acumula tanto poder en esta corte gracias a la superstición no podía permitir que el monarca albergase ideas tan contrarias a las suyas.

Kublai Khan se puso en pie, derribando la mesita que estaba frente a él. Las piezas de chatarang rodaron por el suelo, sobre el licor derramado.

—Serán castigados —siseó—. Lo juro por Tengri, el señor de los cielos. Esos sacerdotes y el eunuco serán castigados.

—¿Y Chabi Khatun? —preguntó tímidamente Marco—. ¿Ella también será castigada?

Wang-Sun lo fulminó con la mirada y negó con la cabeza todo lo discretamente que pudo. Pero Marco no pareció darse cuenta e insistió.

—¿Y bien, majestad? Contestad. ¿Será la emperatriz…?

—¡No! ¡No será castigada, maldita sea! —estalló Kublai—. Ya me gustaría poder escarmentar a esa bruja, pero no puedo, Po-Lo. Es la emperatriz, mi esposa principal, la madre del heredero. No puedo hacerlo.

—Dijo el maestro Confucio que es cobardía ver la justicia y no hacerla.

—También dijo que se debe respetar al soberano como si fuera el propio padre.

Kublai Khan y Marco Polo se miraron a los ojos durante unos instantes, hasta que finalmente el veneciano apartó la mirada y realizó una humilde reverencia.

—En ese caso, permitid que me retire, majestad.

—Marchaos. Fuera de una vez. ¡Marchaos!

Marco y Wang-Sun se fueron por donde habían venido, dejando al Gran Khan solo en el pequeño círculo de luz, que parecía estrecharse cada vez más.