20120913

Avance de Planes B

Como ya prometí hace unos días, os voy a adelantar una pequeña parte, la inicial, de El hombre que inventó Libertalia, el relato que está a punto de aparecer en el número 1 de la antología retrofuturista Planes B. Los dibujos han sido realizadas por Kadeco, una estupenda artista mexicana que ha ilustrado el relato. Podréis ver más muestras de su obra en la antología.

Y me callo ya. Silencio. La representación está a punto de empezar. Fuera luces. Arriba el telón. Con todos ustedes...

EL HOMBRE QUE INVENTÓ LIBERTALIA


Una espectacular lámpara de araña colgaba del techo del salón de baile. La luz de decenas de lámparas de gas se reflejaba en sus brazos dorados y sus innumerables lágrimas de cristal bodonio. Bajo ella, las parejas de bailarines se deslizaban sobre el suelo de madera encerada, bailando al compás de los valses que interpretaba un cuarteto de cuerda. Atacaban las piezas con un grado de intensidad ligeramente vehemente, llegando a fortissimo, para hacerse oír sobre el denso rumor formado por las risas, las animadas conversaciones y los rugientes motores del Flèche Dorée. Los camareros se movían entre los invitados, sutiles como fantasmas, portando bandejas de plata repletas de copas de champagne.
Pascal observaba la velada desde un rincón de la sala, donde la luz de las lámparas se atenuaba y todo quedaba en una discreta penumbra. Su mirada escrutaba a todos los invitados mientras fumaba tranquilamente un largo cigarro. No le interesaban los orondos industriales que retorcían sus bigotes mientras reían, ni los elegantes oficiales de brillantes uniformes, ni las jóvenes casaderas que lanzaban miradas ávidas esperando cazar un buen pretendiente. Buscaba dos personas concretas entre el caleidoscopio de rostros.
Ahí estaban. Los divisó en el centro de un pequeño grupo que hablaba animadamente, junto a uno de los grandes ventanales que se abrían a la suave noche estival. Pascal se alisó escrupulosamente el frac y retorció las puntas de su bigote engominado. Se dirigió hacia ellos dando un pequeño rodeo. A su alrededor todas las conversaciones parecían girar entorno al Despertar de Bodonia: el levantamiento patriótico que había sorprendido al Imperio y que había estado a punto de triunfar antes de ser sofocado de forma sangrienta hacía tan solo unos meses.
El pequeño conciliábulo reunido alrededor de Klaus Bojanek no escapaba a esta preferencia. En ese momento era él quien hablaba, atentamente escuchado por los demás.
—…Es inadmisible para un Imperio que se declara Ilustrado desoír de una manera tan desdeñosa la voluntad de todo un pueblo —decía irguiéndose en toda su altura y sacudiendo su cabeza coronada por una melena de cabellos blancos—, expresada de una forma tan heroica, tan sacrificada, ofreciendo al altar de la libertad el sacrificio más grande que se pueda dar, que es la propia vida…
Sus interlocutores, todos ellos jóvenes patriotas bodonios, que, como él, marchaban al exilio escapando de la represión imperial tras el aplastamiento de la rebelión, se agarraban las solapas de las levitas y asentían vehementemente. Tan solo una joven parecía no estar de acuerdo con las inflamadas palabras del célebre literato bodonio y sacudía la cabeza, como reprobando su excesiva locuacidad. No tendría más de veintidós años, pero ya era poseedora de una sofisticada belleza clásica, subrayada esa noche por un vestido de seda de color crudo, de líneas sencillas pero elegantes. Se trataba de Alexandrine Bojanek, hija única del escritor.
—Por favor, padre, conteneos —dijo la joven Alexandrine recostándose en su antebrazo—. Ya habéis tenido suficientes problemas con el Imperio a causa de vuestro apoyo a los rebeldes.
—A los patriotas, querrás decir —corrigió severamente Klaus, para luego añadir, mucho más cariñoso—. No te preocupes por eso, Xandry, en el lugar al que nos dirigimos nadie nos perseguirá por pensar de una manera u otra. Pelagia es el País de la Libertad, el lugar donde cada uno puede pensar y ser como quiera.
—Sí, Alexandrine, muchos bodonios viven allí ahora, después de escapar de la tiranía del Imperio —intervino uno de los jóvenes, un pelirrojo con la cara llena de pecas—. Incluso dicen que en Novelork, la ciudad más grande y moderna de Pelagia, hay un barrio entero habitado por bodonios, y que sus calles están adornadas con la bendita bandera verde y naranja, y que se habla libremente la lengua bodonia.
—Además, ¿de qué preocuparte estando con nosotros? —añadió otro, con el pelo revuelto según la moda que el propio Klaus había hecho popular veinte años atrás—. Te defenderemos con nuestras vidas, si hace falta. Si los esbirros imperiales quieren acercarse a ti o a tu padre, deberán derramar antes hasta la última gota de nuestra sangre y pasar por encima de nuestros cadáveres.
—Espero que para invitar a la señorita a bailar no debamos llegar a eso —dijo Pascal introduciéndose en el círculo y mirando directamente a los ojos color miel de Alexandrine.
Un silencio estupefacto cayó sobre el grupo mientras todos estudiaban minuciosamente al recién llegado. Pascal esperó a que acabase el escrutinio sin dejar de mirar a Alexandrine, que le sostuvo la mirada audazmente.
—Disculpe, ¿usted es…? —preguntó Klaus alzando una ceja.
—Mi nombre es Pascal Drago —contestó inclinando ligeramente la cabeza—. Y solicito su permiso para acompañar a la dama a la pista de baile.
El anciano frunció el ceño ante la idea y empezó a idear excusas para negar el permiso solicitado.
—Bueno, pues…
—Será un placer —interrumpió Alexandrine, tomando la mano que le ofrecía Pascal.
Ambos abandonaron el grupo y se dirigieron hacia el torbellino de bailarines, sintiendo en sus espaldas miradas de rencor y vanidad ultrajada. Pascal la tomó por la cintura y empezaron a girar bajo la gran lámpara de araña.
—¿Hacéis esto a menudo, monsieur Drago? —preguntó ella con una sonrisa extraña en los labios.
—¿El qué? —respondió él alzando exageradamente las cejas, fingiéndose sorprendido—. ¿Bailar con bellas señoritas? Nunca con una tanto como vos.
Alexandrine sonrió aún más, agradeciendo el cumplido.
—No, monsieur Drago. Me refiero a raptar jovencitas delante de sus padres y de un pequeño ejército de apasionados admiradores.
—Ah, eso —Pascal se encogió de hombros—. Mi intención no era raptaros. Yo creía estar rescatándoos de la amenaza de un terrible ataque de aburrimiento mortal.
El rostro de la joven se tornó severo de repente.
—¿Estáis llamando aburridos a mis amigos, monsieur?
—Sí —contestó con una sonrisa—. Y pedantes. Y engolados. Un poco pomposos también. Y rematadamente insoportables, totalmente inadecuados para una joven como vos.
Alexandrine rió brevemente, descubriendo su flexible y sensual cuello. Siguieron bailando, ahora en silencio, estudiándose mutuamente con los ojos entrecerrados y media sonrisa en los labios. Al cabo de un rato, el flujo de las circunvoluciones los llevó junto a una de las puertas que se abrían al exterior. Justo en ese momento, Alexandrine trastabilló y tuvo que aferrarse a los brazos de Pascal para no caer.
—Disculpadme, monsieur. Estoy un poco mareada de dar tantas vueltas.
—Salgamos un rato a tomar el fresco, mademoiselle.
Escaparon del ambiente cargado de la sala de baile y pasearon por la cubierta del Flèche Dorée, dejando que la brisa desordenara sus cabellos. Sobre ellos gravitaba el inmenso globo de hidrógeno, enorme y ligero como una ballena voladora. Hacia popa los motores martilleaban machaconamente dejando en el cielo un rastro de vapor plateado. Se apoyaron en la barandilla y observaron la maravillosa noche estival. El dirigible navegaba entre grandes macizos de nubes, que se alzaban a su alrededor como montañas. La luna, casi llena, se reflejaba en el Océano, mil metros bajo ellos.
—¿Qué es lo que pretendéis, monsieur Drago? —inquirió repentinamente Alexandrine, girándose hacia su acompañante.
—Me temo que no entiendo vuestra pregunta, mademoiselle —contestó él con una deslumbrante sonrisa.
Ella se giró hacia la noche, acodándose en la barandilla.
—He estado observándoos toda la noche, monsieur. Os he visto dar vueltas alrededor de nuestro grupo, esperando el momento de atacar. No sé qué clase de mujer creéis que soy, monsieur, pero os aseguro que, en cualquier caso, yo no soy de ésas.
—¿Así que habéis estado observándome toda la noche? —Pascal sonrió divertido.
Alexandrine enrojeció repentinamente.
—Oh, no me refiero a eso…
—¿A qué os referís, entonces? —preguntó él, acodándose junto a la joven.
—No sé cuáles son vuestras intenciones, monsieur. Ni siquiera habéis preguntado mi nombre.
—No es necesario, mademoiselle. Todo el mundo sabe quién es Alexandrine Bojanek, la hija de Klaus Bojanek —Pascal siguió acercándose a ella, bajando la voz—. Todos saben que hace tres meses, cuando el pueblo bodonio se levantó contra el opresor, desobedecisteis a vuestro padre y escapasteis de casa disfrazada de chico, para acudir a las barricadas y combatir codo con codo con los luchadores por la libertad —se aproximó un poco más—. Pero…
—¿Pero? —susurró ella.
—Pero no me hace falta saber todo eso —continuó— para ver en vuestros ojos que sois la mujer más hermosa, valiente y perspicaz que he conocido nunca…
La rodeó con sus brazos y se inclinó sobre ella. Cuando sus labios ya casi se rozaban, ella giró bruscamente la cabeza.
—¡Oh, mirad eso! ¡Una tormenta!
A unos mil metros a estribor una imponente nube refulgía, iluminada desde su interior por innumerables relámpagos. Unos segundos después, les llegó el lejano retumbar de los truenos.
—Eso no es una tormenta… —empezó a decir Pascal, frunciendo el ceño.
Justo en ese momento, el horrendo estruendo de un proyectil de 80 libras impactando contra el casco del Flèche Dorée sofocó sus palabras. La sacudida los arrojó al suelo, aún abrazados.
—¡Sagrado Arquitecto, son los imperiales! —gritó Alexandrine, aterrada—. ¡Nos atacan!
        —No son imperiales —dijo Pascal observando cómo un dirigible surgía del interior de la nube y ponía proa hacia ellos—. Son piratas.



Y esto es todo, de momento. Si quereis saber como continúa la historia de Pascal, Alexandrine, Klaus y los piratas, no os perdáis el primer número de Planes B. Allí encontrareis desenfrenada aventura steampunk, sin olvidar las profundas meditaciones políticas y una exuberante historia de amor.



20120906

Portada de Planes B nº 1

Se va acercando el momento en que el número 1 de la antología Planes B vea la luz. Como ya dije anteriormente, esta publicación incluirá, entre otros, un relato mío titulado El hombre que inventó Libertalia. Aún no sé exactamente la fecha concreta, pero parece que la publicación será a finales de este mes.

Mientras esperamos, podemos deleitarnos con la que será su portada. Aquí está:






Y también quiero deciros que esteis atentos a este blog, porque en breve colgaré parte del relato, a modo de avance. ¡Estad atentos!